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Viejo suspenso, intacto


Edgard Tijerino

Antes del aterrizaje de Fidel Castro en el poder, Cuba nunca tuvo un encarnizado rival fijo en el béisbol amateur. Podía ser cualquier equipo del Caribe que atravesaba por un buen momento.
Cuba siempre fue poderoso, antes y después de Fidel. Tan es así, que resulta terriblemente complicado establecer diferencias entre un All Star cubano antes de 1960 y otro elaborado después.
¿Cuándo fue que comenzó a tomar forma la rivalidad entre Cuba y Estados Unidos en los torneos de béisbol? Tiene que ser en 1967, cuando los norteamericanos con pitcheo de John Morris le arrebataron el oro Panamericano a Cuba en Winnipeg.
Aquello fue una tragedia como las graficadas por Esquilo o Sófocles. En el campamento cubano se les olvidó que como delegación habían registrado una colosal actuación sin precedentes, y lloraron la derrota en béisbol.
En 1969 Cuba y Estados Unidos estaban enfrascados en una feroz batalla por ganar el Mundial efectuado en Dominicana. Larry Osborne realizaba un gran trabajo monticular en duelo con Gaspar “El Curro” Pérez, a quien el joven manager Servio Borges dejó batear en la recta final logrando conectar el hit de oro.
Al año siguiente en el Mundial de Colombia, Burt Hooton trabajó sin hit estrangulando a los antillanos con su curva de nudillos, pero en la serie extra por el banderín, Cuba salió a flote y retuvo la supremacía.
En los Panamericanos de Cali, en 1971, Estados Unidos llegó con un gran equipo encabezado por Fred Lynn, pero no pudo frenar el ímpetu cubano, en tanto en 1972, aquí en Nicaragua, con un jonrón inolvidable de Agustín Marquetti Cuba arrebató un juego sensacional a los norteamericanos.
Pese a Dick Wortham, Cuba ganó el oro Panamericano en 1975 en México, derrotando a Estados Unidos, y repitió la historia en 1979 en Puerto Rico, mientras el suspenso se mantenía inalterable.
Estados Unidos le ganó a Cuba la Copa Intercontinental que se realizó en Edmonton en 1981, pero se hundió con todo y McGwire, Billy Switf, Tim Belcher y Cory Snyder en los Panamericanos de Caracas, quedando detrás de Nicaragua.
En 1987, otro equipazo norteamericano no pudo sujetar a Cuba en los Panamericanos de Indianápolis, en tanto en 1988, en Italia, Jim Abbott los estuvo blanqueado hasta el último instante, cuando Cuba se salió del hoyo espectacularmente volteando la pizarra.
En Sydney 2000, Ben Sheets, en una noche mágica, robó con su pitcheo la furia de los cubanos para que Estados Unidos conquistara el oro olímpico.
Hoy en la final del Mundial de Taipei, nuevamente Cuba y Estados Unidos reactivaron ese viejo suspenso que cada vez que se enfrentan comprobamos que permanece intacto.