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Cuba en pie de guerra


Edgard Tijerino

dplay@ibw.com.ni
Como siempre, al ponerse en marcha un Mundial de Béisbol Cuba es el rival a vencer. Quienes creímos que el equipo cubano, perenne campeón, se vería severamente afectado al abrirle espacio a los profesionales, nos equivocamos. No imponen la vieja superioridad, pero su favoritismo se sostiene.
Y es que no los conocíamos tan bien como creíamos. Ellos significaban “algo más” y lo comprobamos en el Clásico de 2006, cuando demostraron ser capaces de batear el pitcheo de Grandes Ligas, disponer de brazos lo necesariamente hábiles y valientes para enfrentar a los más feroces artilleros del planeta, apretar las tuercas con una defensa funcional y atormentar a los adversarios con su velocidad desconcertante.
Claro, el nivel de competencia es ahora más exigente, y Cuba, sangrando profusamente por las fugas de tantos peloteros y el cuido de otros en los últimos años, ha respondido sudando y sufriendo contra viento y marea, defendiendo su reputación de temible en un campo minado. Hay que reconocer que los cubanos, aun en medio de las complicaciones actuales, pueden sacar un título de béisbol del pozo de las serpientes
Hace unos años, Cuba nos envió una señal fajándose bravamente con los Senadores de San Juan, el flamante campeón boricua debidamente reforzado con big leaguers. La victoria cubana 3x2 dio mucho para especular.
En 1999, los cubanos jugaron dos veces con los Orioles sobre media temporada. Cierto, no estuvo todo el personal de 88 millones de dólares del equipo grande, ni buscaban excederse mientras ganaban el primer juego, pero el segundo enfrentamiento realizado en Baltimore atrajo legiones de scouts y obligó a la fabricación de un palco especial de prensa en las tribunas derechas para atender la demanda. Cuba triunfó cómodamente.
En Sidney 2000, el entonces gran prospecto Ben Sheets toreó eficazmente a los cubanos encabezados por Linares y Kindelán hasta cortarles orejas y rabos, arrebatándoles la medalla de oro que ganaron en el 92 y en el 96.
Fue un golpe para los cubanos después de una doble advertencia: sus dos derrotas en los Panamericanos de Winnipeg en 1999, antes de salvar angustiosamente el oro y la pérdida frente a los australianos de la Copa Intercontinental.
Derrotar a los antillanos sigue siendo una proeza porque permanecen en pie de guerra, pero se está logrando con más continuidad y con diferentes uniformes. Ya no se ven tan grandes y lejanos, como cuando se les consideró instalados en la cima del Everest del béisbol, con una impresionante arrogancia, siendo destructivos e invencibles.