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¿Volverá a vivir el Bóer?


Edgard Tijerino

Boerismo fue por mucho tiempo sinónimo de sufrimiento, de pasión, de amor y de ilusiones. Recuerdo mis años de mal estudiante y buen fanático de los Indios. En medio de las encendidas discusiones, no nos perdíamos ni los entrenamientos y estábamos al día en las cifras, escuchando los programas deportivos y recortando crónicas y box scores.
En 1956, la pelea por el título de bateo entre el cubano Rolando Olmos, del Bóer, y el dominicano Domingo Vargas, del Cinco Estrellas, era el tema de cada amanecer, continuaba en las aulas, crecía en los recreos y alcanzaba su punto de ebullición de regreso a casa. Defender al Bóer fue para muchos un asunto hasta de puñetazos, y de lágrimas.
¡Qué alboroto emocional era ser fanático del Bóer! Ese hit de Calvin Byron garantizando un campeonato de la vieja, inolvidable y quizás insuperable Profesional, elevó emocionalmente hasta el cielo a esas legiones de seguidores siempre crecientes. ¡Viva el Bóer!, independientemente de éxitos y fracasos, era un grito que se llevaba en el sangre, que inflamaba nuestros corazones, que erizaba la piel.
En los años 70, mientras atravesábamos ya como cronistas, la nueva etapa del béisbol amateur pinolero, el boerismo continuaba intacto. No importaba el lugar en la tabla de posiciones ni el análisis de posibilidades. El Bóer siempre estaba vivo.
Y eso continuó en los 80, cuando el béisbol casero era para nosotros en medio de las limitaciones imperantes el espectáculo más grande del mundo. Fue la época en que se inició el liderazgo de Nemesio Porras, tras las huellas dejadas por Calixto, Calín, Cuarezmita y tantos otros.
De pronto, poco a poco, el boerismo fue perdiendo fuerza, como una llama apagándose. El equipo jugaba con las tribunas casi vacías y la fiebre sólo regresaba en las finales. El amor y las ilusiones se debilitaron. Las nuevas generaciones, las de nuestros hijos y nietos, no se sintieron atraídas y el boerismo dejó de ser hereditario.
Este año, en los últimos días de enero, Clyde Williams provocó un gran impacto impulsando al Bóer a la conquista del título en el tercer torneo de la Profesional moderna. Williams está de regreso y ojalá contribuya desde muy temprano a la recuperación de la pasión y la locura, al volver a vivir del fanatismo por la tribu.
Ser manager del Bóer, algo que ya debe saber Lourdes Gourriel, equivalía a sentarse en una estufa caliente. Tranquilo Lourdes, ahora eso se ha reducido drásticamente. Si el equipo es eliminado no hay drama, pero si clasifica reaparece el júbilo, vuelven a crecer las expectativas y el público termina volcándose.
Es entonces que sentimos que el grito circula por nuestras arterias, hincha los corazones y hace explosión. Una señal inequívoca de que el Bóer todavía vive, aún sin el impulso de antes.

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