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La bravura fue sepultada


Edgard Tijerino

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Ese “cadáver” todavía caliente y dando la impresión de querer seguir en movimiento es el de León, un equipo fieramente batallador que estuvo a pocos pasos de completar una imprevista barrida frente al favorito Granada.
Lo siento por Diógenes, pero en béisbol, desde el strike de Andrés Castro acertando la cabeza del filibustero, no hay nada escrito.
¿León debidamente “amortajado” después de haber ganado los tres primeros juegos empujando a los Tiburones hacia la pileta del pánico? No, no es posible que hayan sido derrotados cuatro veces seguidas. No ellos, dueños de una bravura eriza pelos.
Para someter a un bravo se necesita otro más bravo, y eso fueron los Tiburones, saliendo del hoyo para proyectarse a través de una recuperación impensable, sacar de las brasas esa resonante y decisiva victoria en el sexto juego, forzando ese duelo crucial que Domingo Álvarez inició con un jonrón frente a Olman Rostrán, que obligó a los rugidores a doblar las rodillas desde muy temprano.
Diego Sandino regresó a la grandeza casera ganando el cuarto juego, en lo que fue la primera señal de vida de los Tiburones, y logró sostenerse lo suficiente toreando dificultades en la batalla de vencer o morir cuidando “el botín”; el inagotable Bayardo Dávila funcionó eficazmente con la magia de su guante y la correcta aceleración de su swing, logrando adueñarse de la triple corona en la serie; pero la acción cumbre, revitalizadora y finalmente destructiva fue la de los jonrones consecutivos de Juan Carlos Urbina y Yáder Hodgson contra el pitcheo de Marvin Zelaya, volteando a última hora un marcador desfavorable 4x2, para empatar dramática, electrizante y meritoriamente la serie 3-3.
El contraste frustrante fue la recta final del séptimo juego. La ofensiva granadina hizo tal erupción que la intrigante ventaja de 2x0 se transformó en un aplastante 15x0, escapando a todos los cálculos ensayados y masticando el poder de la imaginación.
Aunque no esperaban un milagro, los aficionados leoneses que vieron actuar por última vez como parte de una alineación a ese pelotero símbolo que es Henry Roa, permanecieron a la orilla de su equipo, sin preocuparse de lo ruidoso que fue el funeral con el “cadáver” sin los spikes puestos después de terminar jugando al desnudo.
Davis Hodgson, manejando un equipo no favorito, se sintió en el infierno luego de haber estado a la orilla de la proeza; Hubert Silva, quien se había visto desarmado y estaba naufragando estrepitosamente, volvió a nacer y saltó hacia las nubes con la resurrección de sus hombres.
Ciertamente, no hay nada escrito.