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Estas marcas asombrosas


Edgard Tijerino

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¿Cuál de todos los récords establecidos en la etapa moderna de nuestro béisbol, ésa que se inició en 1970 con Bob Feller lanzando la primera bola y Joe DiMaggio al bate, es el que más impresiona por su grado de dificultad para ser derribado?
¡Diablos!, son tantas las que producen asombro, que no es tarea sencilla establecer un orden.
¿Cómo fue posible que en la temporada de 1984, ese “as de espadas” que siempre fue Julio Moya sólo haya permitido dos carreras limpias en 128 entradas. Ha pasado tanto tiempo, 23 años, y el impacto de ese 0.14 en efectividad continúa. ¿Cuándo volveremos a ver un pitcher tan dominante como para reducir a la oposición a menos de un quinto de carrera limpia por juego de nueve entradas?
Con el bate de madera exigiendo swings más violentos, el récord de 41 jonrones establecido por Ernesto López en 1977 parece estar fuera de toda amenaza. Todavía tuvo aliento “El Tiburón” para otra temporada de 40 jonrones al año siguiente. ¿Qué les parece más de 80 jonrones en campañas consecutivas? Primero construyen aquí una de las Pirámides de Egipto, antes de ver a otro bateador tan destructivo.
En 1973, Antonio Chévez logró tres juegos sin hit ni carrera en la Liga Clemente mientras ganaba 20 juegos perdiendo sólo uno. Las dos marcas constituyen retos tan grandes como cortar las cabezas de la Medusa.
¿Cuándo otro bateador con la furia suficiente para ganar la Triple Corona? Pedro Selva logró la proeza cuatro veces, registrando alardes ofensivos en los años 71, 72, 73 y 75. El último caso fue Ernesto López en 1977. Después, nadie más.
¿Ha escuchado hablar sobre Rafael Valle? Posiblemente no sería recordable sin aquellos cinco jonrones en un juego el 2 de mayo de 1978 en Estelí. ¿Cinco jonrones en un juego? Sí amigos, pueden creerlo porque ocurrió. Actualmente, sin el aluminio, muchos pretenden conectar cinco en una temporada, no en un juego.
Puedes descansar tranquilamente Martín Bojorge sobre tu récord de 16 victorias consecutivas superando a Chévez y Juan José Espinoza. En la temporada del 91-92, Bojorge estuvo invencible desde la colina del Rivas. Durante la fabulosa racha, abrió catorce juegos y realizó cuatro relevos. Ganar dieciséis juegos consecutivos parece ahora tan improbable como robarse un cuadro en el Museo de Louvre.
En 1983, lanzando para los Tiburones, Diego Ráudez ponchó a 220 adversarios. Más de 200 kaes en un béisbol de tan poco recorrido como el nuestro es un esfuerzo casi titánico, pero sólo dos hombres lo han logrado: Ráudez con sus 220 y Andrés Torres con 203.
Éstas son algunas de las marcas más deslumbrantes en las mil y una noches de nuestro béisbol.