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De Cirilo a Henry Roa


Edgard Tijerino

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En su libro La ciencia del bateo, Ted Williams explica que atacar el pitcheo enemigo es un arte tan difícil, que incluso los mejores no pueden hacerlo correctamente. “Si fallas seis de cada diez turnos, ¿qué tan efectivo puedes ser considerado?”, se preguntaba en vida el último bateador de .400 puntos en 1941.
El retiro de la Selección Nacional de Henry Roa duele, porque cuesta la “fabricación” de un bateador con ese tacto y capacidad de producción, constantemente en crecimiento.
Bueno, Justo Rivas nos grita: ¡Hey, aquí estoy!
Cuando alguien se va, siempre aparece otro, aunque en ocasiones tarde un rato.
En 1970, cuando se puso en marcha la etapa moderna del béisbol pinolero, Cirilo Herrington era el mejor bateador de tacto disponible.
Fue el único bateador de .300 puntos en la primera liga, y su descarte por indisciplina antes del Mundial de 1972 provocó encendidas discusiones. Cirilo tenía un swing largo acelerado por la rapidez de sus muñecas.
Desde 1971, Pedro Selva se instaló en la cima de los bateadores con la combinación de poder y destreza que le permitió conseguir cuatro triples coronas, todo un alarde. Selva estuvo compitiendo con Ernesto López, Calixto Vargas --el mejor de todos los ambidextros que hemos visto-- y Pablo Juárez, un zurdo efectivo y destructivo.
Entró en acción David Green en el cierre de los 70 y comenzó a agigantarse, pero firmado por los Cerveceros de Milwaukee, salió del terruño con proyecciones insospechadas, finalmente recortadas.
En los 80, con el regreso de Ernesto y el surgimiento de Julio Medina, Ariel Delgado, Genaro Llanes, Freddy García, Polín Cruz, Nemesio Porras y Próspero González, las peleas por cada cetro de bateo se diversificaron y eso le inyectó mayor atracción al béisbol casero.
Llegaron los 90, con Nemesio Porras y Próspero González alcanzando su mayor nivel y Panal funcionando, aparecieron retadores Henry Roa y Norman Cardoze, hasta llegar a ser pilares fundamentales en las selecciones nacionales.
Roa, como apuntó ayer el compañero Martín Ruiz, transitó por la carretera de la espectacularidad construyendo cifras grandiosas en el exigente concierto internacional, consecuentemente reemplazarlo es un fuerte reto.
Justo Rivas es ahora el hombre en pantalla. Sin haberse podido establecer en el béisbol organizado, ha demostrado tener el potencial requerido para hacerlo en nuestra pelota, y ser el factor explosivo del equipo pinolero.
La filosofía de Henry Roa fue siempre tan sencilla como demoledora: “Nunca me trazo metas. Sólo trato de aprovechar cada oportunidad al bate para conectar de hit. Eso me permite la máxima concentración”.
En el cajón de bateo, descifrando pitcheos, quitándole misterio a esa pelota de nueve pulgadas de circunferencia, anticipando quiebres, Henry Roa se sintió siempre como Bramante elaborando los primeros trazos para la construcción de la Basílica de San Pedro.
El ¿cómo pitchearle?, sigue siendo un gran enigma, como la sonrisa de la Gioconda.