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Bonds, un titán


Edgard Tijerino

dplay@ibw.com.ni

¡Apártate Hank Aaron! La persecución terminó.

La nueva gran cifra es 756 y continúa. El nuevo rey del jonrón, contra viento y marea, es ahora Barry Bonds.
Amigos, no hay algo más impresionante que ver a un titán moviendo el planeta.
Salvaje y aguerrido, mostrando su coraje bajo fuego, así lució Barry Bonds en su turno del quinto inning contra el zurdo Mike Bacsik, con el conteo completo, como planificado en Hollywood.
La multitud se estremeció y saltó de sus butacas para ovacionarlo y bañarlo de afecto mientras le daba la vuelta al cuadro. En ese instante de desborde emocional, incluso los que no estaban en el parque trataban meterse en los televisores para abrazarlo, olvidando las controversias, sus desplantes y su vieja arrogancia.
Por favor, gritaban, déjennos tomar un pedazo de Barry.
Persiguiendo la hazaña con ansiedad controlada, soportando con cierto estoicismo una serie de factores adversos, necesitado del impulso de todos, incluyendo por supuesto el de su esposa, su madre, sus hijos y sus compañeros, el anochecer del martes en San Francisco estaba emitiendo una nueva luz sobre Bonds.
¡Qué resplandeciente se vio al conectar el jonrón 756!... Por fin superaba a Hank Aaron, una misión que se consideró imposible desde 1976. Los ojos de Barry brillaron como los de César cuando cruzó el Rubicón.
“¿Qué haría un hombre consigo mismo si nada se interpusiera en su camino?”, preguntaba Chesterton, no propiamente pensando en Barry Bonds, pero el slugger que conectó doblete y sencillo antes de su explosión en el quinto episodio debe tener una buena respuesta.
Después de todo lo borrascosa que ha sido la relación con sus compañeros, con el público, con el periodismo y el problema con los esteroides, el artillero seguramente se sintió en las puertas del cielo.
Babe Ruth será siempre el más grande; la admiración y el cariño por Hank Aaron no decrecerán; Barry Bonds ha sido impactante y por supuesto inolvidable, pase lo que pase.
Anoche Bonds se sintió querido. Quizá creyó estar literalmente desalojado del presente. Posiblemente cayó en la cuenta que un momento sólo es verdaderamente grandioso con el componente del afecto, aunque éste no haya sido pacientemente cultivado, como lo hicieron Jordan, Alí, Ripken, Sampras y Joe Montana.
No pudo evitar las lágrimas. Ahí estaba junto a Willie Mays agradeciendo el apoyo de un público totalmente volcado.
A los 43 años, Bonds descubrió una emoción indescriptible. Puede estar sintiendo la necesidad de decir como Miguel Ángel: Señor, concédeme que siempre pueda desear más de lo que he logrado.