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Barry Bonds: ¿un gran héroe de la decadencia?

* Algunos afirman que no rompe, sino corrompe marcas

Edwin Sánchez

El mundo de hoy lo resume bien ESPN Deportes: “El 2003 fue el año que Jason Giambi admitió haberse inyectado esteroides. Éste tuvo una temporada monstruosa con 41 jonrones y 107 impulsadas”.
Hoy sé que el espectáculo debe continuar y que el Gran Circo está para divertir y no para mejorar a la humanidad. La mayoría de los cronistas deportivos, incluidos los de Nicaragua, estaban demasiado entusiasmados a la espera del derrumbe de una marca: el mágico 755 de Hank Aaron.
Pero la marca no se viene sola abajo. Se trae consigo los altos valores que antes nos preciábamos de mantener, aunque fuera del diente al labio. Ahora, cada día más impunes en nuestras vidas, más divorciados de la sana conducta, cuando la moral es una pieza del museo donde se guardan las buenas costumbres para acordarnos que alguna vez fuimos más humanos que ahora, celebramos a un hombre que al desparpajo se ha tragado quién sabe cuántas unidades de esteroides anabolizantes. Es el nuevo héroe.
Bonito va el mundo. Barry Bonds se hace célebre a punta de drogas para superar un récord. Me dicen, quienes lo admiran, que no se sabe si Aaron hizo lo suyo, y que el Bambino de los Yanquis, Ruth, era un gran picado.
Como los gobiernos nicaragüenses, siempre se cree que el anterior es el culpable de todas las desgracias de nuestro país y lo que haga el siguiente, por muy desastroso que sea en el manejo de la cosa pública, el antecesor sí era peor. Ya no buscamos al mejor hombre o la mujer más intachable para compararnos. Preferimos igualarnos con el lodo en vez de la grama verde y limpia.

Las cercas tumbadas
He leído el entusiasmo de los cronistas al contar sus hazañas deportivas, claro, absolviendo los pecados del tumba cercas: botó la hermosa barda de la ética del deporte, derribó la cerca del ejemplo a los jóvenes, destruyó la valla del buen comportamiento. En fin, con los 755 jonrones se vienen al piso algo más que simples estadísticas.
En las emisoras y la TV se destacan sus cifras como los 500 jonrones y 500 robos. Bonds, toda una máquina para destrozar lanzadores, alcanzar títulos y reconocimientos, también despedazó los últimos escrúpulos de la vergüenza deportiva.
Seguramente, el viejo Hank vio por televisión el batazo que completó una historia de cifras que deslumbran al mundo. Pero Bonds no me asombra. No es un héroe moderno al cual yo quisiera mostrar en voz alta a mis hijas y a mis pequeños sobrinos Josué y Johan: Barry es un gran héroe de la decadencia. Por eso no lo aplaudo. Por eso es difícil que me conmuevan sus numeritos tan cantados por los nuevos Homeros que no quieren educar a nadie sino simplemente entretener: los dioses que dirigen el espectáculo, también organizan la diversión, fabrican el frenesí y administran el delirio de los efímeros.

Un semidiós
A Bonds ahora lo presentan del tamaño de un semidiós que se quedará su rato en el Olimpo de los Box Score, en el Guiness, en Cooperstown, en las pláticas de los bares, y será exhibido por la industria farmacéutica como una evidencia de que sus productos son efectivos para componer el rendimiento atlético y por ende contribuir a la pasión colectiva, no importa los medios usados. Claro, en tanto viene otra estrella esteroídica a derribar con sus cuadrangulares químicos la nueva marca registrada.
Todos conocen que ciertos atletas abusan de los esteroides anabólicos para mejorar su rendimiento y apariencia física. El peor de los cines nos acostumbró a sentirnos orgullosos de conductas que hace algunos años nos avergonzaban, mientras aceptamos la violencia como el idioma oficial de la actualidad.
Cuando apareció la masa muscular de “Rambo”, tras levantarse la censura, muchos se fueron a los gimnasios a emular a Stallone, sólo que aquel era un hombre disfrazado de mole humana. Así, hemos llegado a la época del artificio, donde la gente quiere ser cada día menos original para imitar los cautivantes diseños de la fabricación en serie.

De Tarzán a El Exterminador
Los jonrones ahora se venden en los laboratorios y se muestran al público en los estadios. El Gran Circo funciona a las mil maravillas: conociendo el engaño, se alaba, se ofrece, y, lo peor, se cree y se compra. Detestamos a la verdad y nos dejamos seducir por la mentira.
Los extrabases de Bonds son producto de la ficción rentada como la de Silvester y Arnold “El Exterminador”, dos mutantes célebres que superaron con su falsa corpulencia a Charles Atlas, y que hacen ver la natural musculatura de Johnny Weismüller, “Tarzán”, como anticuada, fofa, y, lo peor, en blanco y negro.
Más que una tragedia griega que sufre la humanidad, estamos ante una tragedia ciega que nos adelanta el rumbo que llevará el siglo XXI, con más gente que preferirá ir engañando y siendo engañada, antes que leer las epístolas de un legítimo héroe de la verdad, el apóstol San Pablo.
El mundo de hoy lo resume el Comisionado de las Grandes Ligas, Bud Selig: “No importa lo que piense alguien sobre la controversia alrededor de este suceso. El logro del señor Bonds es notable”.
Sin embargo, si yo fuera un editor deportivo, hoy, después del jonrón sintético número 756, titularía: “Barry Bonds no rompió la marca: sólo la corrompió”.