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El mejor Mundial con el peor fútbol

* La organización ha funcionado estupendamente en Alemania, mientras que para los jugadores es como si se hubiera detenido el tiempo

Berlín / El País
Ha sido el mejor Mundial con el peor fútbol. Aunque pueda parecer una conclusión extremista, hay la sensación de que el campo ha sido excesivo para una pelota tan pequeña. Mejoran las infraestructuras y, en cambio, retrocede el valor del juego. La mayoría de las cuestiones que atañen a la organización han funcionado estupendamente en Alemania, mientras que para los futbolistas es como si se hubiera detenido el tiempo, entregados todos a figuras ya legendarias más que a las nuevas promesas, esclavas del entramado comercial, muy distantes del balón.
Apenas ha habido malas noticias. Los incidentes han sido mínimos y la fiesta de la Copa del Mundo ha transcurrido en paz y alegría tanto en los bares como en las calles, empeñados como estaban los alemanes en parecerse todos a Jürgen Klinsmann. La imagen amable del seleccionador ha sido decisiva para que la gente regrese a casa contenta por el trato recibido de un país que se suponía distante. Alemania no ha sido esta vez arrogante ni su carácter avinagrado. Resultó ser el mejor de los anfitriones y aceptó la ley del fútbol, que, por una vez, no jugó a su favor.
Las cosas han estado todas en su sitio y los alemanes parecen más dichosos y resultan más simpáticos siendo terceros que cuando quedaban campeones.
En un Mundial tan austero en la cancha, por lo demás, Alemania ha sido de las pocas selecciones que ha evolucionado futbolísticamente. Nadie le podrá reprochar, en este sentido, que no apostara por un juego atrevido, sobre todo en comparación con muchas de las otras participantes, mucho más estraperlistas.
La mayoría de datos justifican la dicha del país anfitrión. La asistencia a los estadios ha sido igualmente importante, porque supone la segunda media más alta después de la registrada en Estados Unidos: 52,500 espectadores por partido en 2006 respecto a 68.991 en 1994.
Ningún futbolista ha dado de momento positivo en los controles antidopaje y ha sido el Mundial en el que menos lesiones se han contado. Los médicos de la FIFA aseguran incluso que menos de la mitad de las lesiones se produjeron por faltas. Y, aunque es imposible evitar la controversia arbitral, sobre todo cuando intervienen Italia --aún se discute sobre el penalti a Grosso ante Australia-- e Inglaterra --la expulsión de Rooney ha provocado la lapidación de Cristiano Ronaldo--, no ha sido tampoco un campeonato marrullero. La tangana tras el partido entre Alemania y Argentina, saldada con cuatro partidos de sanción a Cufré y dos a Maxi Rodríguez, constituye la excepción a la regla.
Tampoco el torneo ha sido rupturista. Más que de las jóvenes promesas, ha sido la Copa de los personajes venerables. Las despedidas de futbolistas como Kahn, Figo o Zidane han pesado más que las presentaciones o confirmaciones de Ronaldinho, Ballack o Drogba. Equipos como Brasil o Inglaterra se han devaluado enormemente por su incapacidad para protagonizar siquiera alguno de los momentos del torneo. Y a selecciones prometedoras como España les ha faltado un palmo y un kilo para estar en la disputa del podio. Aunque eliminada, la hinchada de la roja continúa mirando a la selección de Luis Aragonés como una de las más saludables y de más progreso a medio plazo.
El problema es que no ha habido justamente un término medio, de ahí la sensación de vivir una competición con polos opuestos. A Alemania y España les ha faltado tiempo, mientras que a otras como Argentina quizá les faltó valor. Todavía hoy la afición albiceleste se sigue lamentando de por qué José Pékerman no dio bola a Messi más que durante un cuarto de hora que valió por todo el campeonato de muchos otros jugadores. Fracasó Suramérica, que no coló a ninguno de sus equipos en las semifinales: Brasil necesita renovarse muy a fondo, tanto como Paraguay, que desfalleció antes de tiempo; Argentina debe apostar por Messi, Maxi, Saviola, Tévez, Mascherano o Lucho González, y sólo Ecuador se siente a gusto después de alcanzar los octavos.
Tampoco le fueron mucho mejor las cosas a África. Al protagonismo de Camerún en Italia 90 y de Senegal en Corea y Japón le siguió el de Ghana en Alemania. Las demás, con Costa de Marfil a la cabeza, pasaron inadvertidas, circunstancia que deberán corregir rápidamente porque el próximo Mundial se disputa precisamente en Sudáfrica. Retrocedió igualmente Asia, sobre todo por la temprana eliminación de Japón y Corea, semifinalista en la pasada edición y exclusivamente respetada por su empate en la fase inicial con Francia. Echó en falta seguramente a Guus Hiddink, que entrenaba en esta ocasión a una sorprendente Australia, eliminada de mala manera en octavos por Italia. Y los representantes de la Concacaf tuvieron a México, abatido sólo por Argentina en la prórroga.
Necesita el fútbol regenerarse después de que los más veteranos hayan tenido la mejor de las salidas en una Copa del Mundo tan bien organizada como mal jugada. Mejora el envoltorio con el tiempo y empeora el caramelo. Una ola de conservadurismo invade el terreno de juego cuando en el palco se ha apostado por el negocio. A más dinero, menos fútbol. Los últimos tiempos han producido jugadores que funcionan individualmente, como si fueran estrellas del pop, pero que tienen poca repercusión colectivamente. No es extraño, por tanto, que las selecciones se resientan tanto y añoren a futbolistas que influían más en el equipo y en la cancha que en las tiendas.