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Sabana Grande ya utiliza energía solar


Leoncio Vanegas

TOTOGALPA, MADRIZ

Mujeres y hombres de la comarca de Sabana Grande, jurisdicción de Totogalpa, extraen energía eléctrica y preparan sus alimentos diarios utilizando la mayor fuente de energía que se encuentra a más de 149 millones de kilómetros de la Tierra: el Sol.
Doscientos paneles solares de entre 30 y 70 watts ya están sobre techos en casas en diferentes lugares de Las Segovias. Todos fabricados en esta comarca, bajo la dirección del campesino y ex cachorro del Ejército, Marcos Antonio Pérez, coordinador de diseño de los sistemas fotovoltaicos que los trabajan cinco hombres.
Pérez se inició como técnico en electricidad residencial y tuvo siempre curiosidad por la energía solar. El grupo manufacturará sistemas de sólo 70 watts, que tienen un costo promedio de 900 dólares, un año de garantía y lo ofrecen con mano de obra para su instalación.
Este técnico dijo que ya hizo experimentos con bombas comerciales para hacerlas sumergibles y movidas con el fotovoltaico, y las pruebas son prometedoras. Sus conocimientos, en gran parte, los agradece al estadounidense y doctor en Física, Richard Komt, quien desde su país garantiza algunos elementos primarios para fabricar los paneles.

También aprendieron a hacer adobes
Veinte hogares de la comarca ya no consumen leña de la enralecida vegetación del valle, tampoco utilizan gas propano ni electricidad para la cocción de los alimentos. Lo hacen atrapando las kilocalorías que producen las radiaciones del astro rey, es decir, en cocinas solares; todas manufacturadas por ellos mismos y bajo la dirección de la joven Nimia López, oriunda del lugar.
Y para ser coherente con la ética ecológica, el último miércoles inauguraron un edificio estructurado con adobe mejorado y teja de barro, moldeados por manos femeninas, las cuales han sido adiestradas por la especialista en este tipo de materiales autóctonos, la arquitecta Dulce María Guillén. Una veintena de mujeres participantes en la construcción, acumularon 150 horas de trabajo y se pagaron con una cocina solar, que cuesta 150 dólares.
La edificación de color blanco y de abundantes columnas sobresalientes en el exterior, luce radiante en el llano de la comarca, a orillas de la Carretera Panamericana, a la altura del kilómetro 212. Se llamará Centro de Investigación, Promoción y Producción de Energía Renovable (Cipper).

Un paradigma en la adquisición de ciencia
El atípico proyecto surgió en 1999, con el soplo inspirador de Susan Kinne, Directora del Programa de Fuentes Alternativas de Energía (PFAE) de la Universidad Nacional de Ingeniería ( UNI), y en el marco del desminado y atención a las víctimas por estos explosivos militares de la guerra de los años ochenta.
Ella recordó que en ese año, la idea de explotar la energía solar desde la visión de pequeñas comunidades, era una utopía en la región. En la UNI había surgido el Grupo Fénix, nombre que escogieron los universitarios, al figurar que el país con todo lo que ha pasado “estaba en cenizas”, pero algo se debía hacer para levantarlo.
Y gente dispuesta a levantar un nuevo país, estaba en Sabana Grande. “Encontramos aquí gente muy interesada en conocer más de ciencia, de cómo funciona la energía solar y qué era fotovoltaico, porque se sintió la necesidad de leña y hay que responder al problema; en el mundo hay dos mil millones de personas que cocinan con leña”, expuso.
Kinne recordó que la idea era compleja, pues resultaba difícil imaginar la generación de empleos con la energía solar; tampoco tenían alguna referencia en el país que les sirviera de apoyo.
De los comités que se formaron en Madriz, sólo el de Sabana Grande logró sostenerse sin fondos, y ahora que el proyecto está en pleno desarrollo, apenas los aportes externos representan un tercio, lo que indica que el Cipper ya es rentable.
Algo que Kinne calificó como de “mágico” es el contraste del centro y sus personas con los que lo visitan. Las mujeres sin haber pasado por una universidad han impertido clases a expertos nacionales y extranjeros, “muchos de ellos profesionales hasta con maestrías”, acotó.
Nimia López, líder del grupo fabricante de cocinas solares, explicó a EL NUEVO DIARIO las características técnicas de los artefactos, cuyos ejemplares están desplegados en el patio del Cipper.
No acostumbrado a ver esta tecnología artesanal, pero eficaz, le preguntamos cómo era posible que sin fuego se cocieran los alimentos debajo de unas tapas de vidrio y en cajas forradas de aluminio. Para que saliésemos de la duda, ella mostró el termómetro que cada cocina tiene en su interior, y mostró uno que marcaba 150 grados centígrados, cuando eran las 03 de la tarde. “Un pollo se puede cocer a los 70 grados”, acotó.
Añadió que los beneficios son invalorables, porque con el uso, tanto de las cocinas solares como de los sistemas fotovoltaicos, se estaba aportando al descalentamiento global del planeta, que augura grandes desastres para la humanidad. “Además, paramos la deforestación, no hay humo que perjudique la salud de la mujer, no gastamos dinero porque el Sol es gratis, y nos permite un ahorro para otras necesidades de la familia”, concluyó Nimia.
No obstante, la ausencia de fuego en esas cocinas ha sido un factor para cambiar la cultura en las mujeres campesinas, acostumbradas a tener candentes sus fogones. “Comenzamos con cuatro mujeres que también costó convencer, aún ellas mismas fabricando las cocinas, pero poco a poco se fueron convenciendo de la utilidad, y ahora, hay muchas que se van sumando”, comentó.
Los experimentos son exitosos, hay equipos que tuestan café, cacao, secan plantas medicinales y deshidratan frutas. Las propias galletas que nos brindaron en el refrigerio habían sido hornadas con la radiación solar en uno de esos aparatos.