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El ambulante trabajo de “parchar” bisutería

* Compartir materiales y técnicas con artesanos del mundo mejora diseños y afina estilos * El arte revive viejas tradiciones prehispánicas como el nomadismo y el trueque * Aseguran sentirse discriminados e irrespetados, pero viven dignamente

En algún momento de la mañana, uno a uno se van arrimando a la esquina noroeste del Parque Central. Sin nadie que controle sus llegadas, sin prisa, levantan sus mesas y exponen su mercadería acabada. Recostados a la sombra de algún laurel indio, unos reanudan un trabajo pendiente o empiezan sencillamente a seleccionar semillas, piedras y metales para iniciar otro collar.
Es el oficio del “artesano de la alpaca”. Mal visto por unos y encantador para otros, entre la afluencia turística, desde hace algunos años, estos artesanos también llegan a la ciudad de Granada para ofrecer sus creaciones.

Nicaragua preferida por ser aún legal la venta ambulante
Compuesto de nacionales y extranjeros, en su mayoría jóvenes, “el parchero”, como también se le conoce, pertenece a una comunidad en movimiento que trasiega por el corredor turístico de América Latina en busca de esos escasos lugares en los que aún se permite vender de manera ambulante.
El “artesano de la alpaca” para ser más ágil viaja con poco, aunque obviamente no olvida sus herramientas de trabajo y su materia prima, compuesta de semillas comunes o exóticas, como son las de jojobo, malinche, coco, nagal, guapinol, semilla de palma africana, o cualquiera con algo de estética y que pueda ser perforada.
Las piedras más utilizadas, por su rentabilidad, casi siempre son las semipreciosas, como la turmalina, el granate, o incluso la esmeralda, y los cuarzos cetrinos, cuando es posible adquirirlos y que alguien esté dispuesto a comprarlos de inmediato.
No obstante, una de las adquisiciones más preciadas entre el gremio es el jade guatemalteco, el cual muchos van a buscarlo o esperan que alguien baje de esas tierras para ofrecerlo al resto. Y eso sucede con regularidad, pues en Guatemala, desde hace algunos años, este oficio de la “economía informal” ha sido prohibido por decreto municipal, indicó el chapín Wilfredo Lanuza, quien por tal razón asegura venir a Nicaragua, en donde encuentra comodidad y legalidad para su venta.
“Estás en un lugar donde creés que te puede resultar mejor, pues tu país no te da la oportunidad de trabajar”, manifestó Lanuza, estudiante de Ciencias Políticas y próximo a volver a su país para reintegrase a la universidad.

Compartir técnicas y materiales los especializa
El oficio del artesano que fabrica pulseras, collares, aretes, etc., incorpora fineza y va encontrando su estilo; en gran medida se da gracias al constante tráfico de nuevos materiales introducidos por gente proveniente de otros países del mundo, que además comparte sus técnicas entre el gremio.
Según todos los artesanos que conversaron para EL NUEVO DIARIO, en los últimos tres años el arte se ha visto intensificado, y se ha popularizado cada vez más entre la gente, pues además de ser rentable, en los viajes se aprende y se comparte mucho.
“Tenés que adoptar una vida nómada, en la que viajás de país en país y te encontrás con grupos de artesanos”, manifestó el nandaimeño Edmundo Leets, quien inició en el oficio hace dos años, inspirado por sus estudios de Antropología, que le hicieron ver el arte de “parchar” como una subcultura emergente, con el que incluso se rescatan antiguas tradiciones prehispánicas, como son el nomadismo y el trueque.
“Estás retomando algo que nuestros indígenas hacían, pero ahora como una nueva subcultura, que es la artesanía”, continuó Leets, quien reitera que entre los artesanos es común que en los viajes se vayan confeccionando piedras y otros accesorios con los que posteriormente se hacen trueques entre el gremio.
Para Leets, “esto (parchar) no es una moda, es un trabajo más que existe en la tierra”, y asegura que está haciendo algo que lo llena como individuo, pues aunque no se excluye de todos, al menos “se libera de muchas normas sociales”, por lo que espera continuar viviendo de esa manera y, si es posible, enseñar en un futuro el oficio a sus hijos.

El enriquecedor viaje del “parchero”
“Pasé mucho tiempo entendiendo mi cultura a través de la invasión que hicimos aquí hace 500 años”, opina por su parte la española Maritza Mena, quien desde hace dos años renunció a su trabajo como diseñadora de escaparates para tiendas de marcas en las costas del Mediterráneo e inició su itinerario desde México, en donde se incorporó a la comunidad de artesanos impartiendo talleres para hacer veladoras y papel orgánico.
“No sabía adónde iba, sólo sabía que tenía que ganarme la vida”, recuerda Mena, para quien es importante diferenciar la vida del viajante artesano de la del regular viajero mochilero occidental, pues si bien casi siempre ambos cohabitan los mismos lugares, el factor tiempo diferencia sus objetivos.
“Los mochileros van corriendo, cohibidos por el tiempo, pues tienen la meta de llegar a un punto para coger nuevamente un avión que los regrese. Pero cuando no tienes vuelo que tomar y nada que perder, lo único que tienes que hacer es ser un buen observador, compartir y aprender”, dijo Mena, agregando que con los artesanos granadinos había recibido un gran apoyo para promover sus talleres, los que piensa seguir impartiendo por América del Sur.

La reventa y la discriminación los amenaza
El granadino César Augusto Urbina hace dos años se vio interesado por lo que los jóvenes hacían en el parque, por lo que les pidió que le “dieran una mano”, y entonces aprendió a “parchar”.
Pero según Urbina, no siempre le va bien en el negocio, pues se presentan algunas amenazas, a veces por el abaratamiento de los costos que los revendedores al por mayor hacen de sus productos, olvidando a la clientela para la cual el “parchero” hace trabajos genuinos y de mayor calidad, al trabajar la piedra y perforar las semillas, pero “muchos (clientes) no saben el sacrificio que hacemos para que ellos luzcan algo que nosotros elaboramos, y lo quieren barato”, expresó indignado.
Los artesanos también creen que los guías turísticos, antes de menospreciarlos y de tildarlos de “vagos y ladrones”, deberían apoyarlos y fomentar la idea de que es un producto nicaragüense hecho a mano, sin embargo, evitan acercar a los turistas a sus mesas, aseveran.
“Nos discriminan por estar todo el día en el parque, sentados en el suelo, haciendo un trabajo con las manos. Creo que eso es denigrar al artesano... falta de respeto... y estudio”, manifestaron Urbina y Leets.
En algunos lugares donde básicamente inició esta subcultura entre los jóvenes, como fue en el lago de Ati-
tlán, en Guatemala; el Zócalo en México, o la Plaza de la Cultura en Costa Rica, es cada vez más difícil vender de manera ambulante, pues “desde que los políticos vieron la cantidad de dinero que la economía informal manejaba, ahora lo quieren para ellos y te quitan de la calle”, opinó Lanuza.
Y eso es precisamente lo que los artesanos ambulantes nicaragüenses que se mueven por otras tierras y también venden en León, la UCA, Granada o San Juan del Sur, no quieren que suceda, pues eso no sólo significaría quitarles su forma de subsistir, sino también censurarles una digna opción de vida.