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Azotado por enfermedad, Abelardo se niega a llorar

* Cincuenta años de apasionante periodismo provinciano * “A veces me le suelto a la diabetes y me sale un poema”, declara

Leoncio Vanegas

“Tengo hambrita”, dijo a su hija Urania, profesional de la Medicina, quien está al frente de la gestión hospitalaria para su padre.
Ella le explicó que sus colegas del centro asistencial estaban valorando su padecimiento, con la probabilidad de intervenirle con una cirugía, por lo que debía estar en ayunas. El último miércoles, amaneció sin una parte del miembro inferior derecho. Tiempo atrás, le habían cercenado unos dedos del pie del mismo lado, y le cultivaron un injerto dérmico.
Abelardo Sánchez, legendario periodista norteño, se encuentra azotado por la diabetes que ya le ha rasgado parte de su alta estatura. Convalece en el cuarto No. 1 del pensionado del Hospital “Alfonso Moncada Guillén”, desde el 11 de septiembre. Con tono nostálgico expresó sentirse abandonado por el gremio periodístico, y agradeció la visita de este corresponsal.
A sus 75 años y con la tribulación que atraviesa en estos momentos, Abelardo no se achanta y se le ve con una alta autoestima. Aún en la cama, “a veces hay momentos que me suelto (de la enfermedad) y ¡fla!, me sale un poemita”, dice, como una forma de reanimarse y de sentirse sano y energético en lo espiritual.
“Tranquilo. Es que también las grandes almas se amasan y se purifican en el barro de la amargura”, explica su gravedad con uno de las aristas singulares de su modo de hablar.
Siente sed de charlar, de repasar con su narrativa el camino intrépido por el que ha recorrido su vida, con 50 años en el periodismo escrito, en la época en que era un alto riesgo ejercer este oficio.
Un ejemplar autodidacta
En una ocasión anterior, este corresponsal le visitó en su casa totogalpina. Le esperé en el vestíbulo, y cuando su esposa, Rosita Cardoza, percibió mi presencia, le gritó entre los pasillos, inundados de música instrumental: “Abelardo, te busca Leoncio”.
Después de unos minutos salió de uno de los cuartos, y tras apretar mi mano, dijo: “Discúlpame, es que estaba conversando con Platón y Sócrates, mientras Beethoven nos ofrecía una de sus sabrosas sinfonías”.
En esa oportunidad, Marcos, uno de sus cuatro hijos, dijo que su padre nunca había visitado una universidad y que su alto techo intelectual se debía a su permanente apetito por la lectura y el deseo constante de escribir. De ahí su rico léxico y su estricto corregir de la gramática y ortografía.
“Aquí estamos los placeres corruptivos que atraen, pero no matan como las telarañas, ja, ja, ja… Tenemos que aceptar los dolores y los sufrimientos. La vida tiene unas cosas… que no le entiendo. Tiene un poco de bemoles; lo que es bueno para uno es malo para el otro”.
Una pluma de acero
En los años setenta, Sánchez fue un controvertido corresponsal del diario La Prensa en este departamento, que sin tapujos “chorreó” la tinta de su pluma para denunciar los vejámenes, represión y muerte que humildes familias sufrieron de parte de la guardia somocista.
Era quien informaba al país sobre el tableteo de las armas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en su enfrentamiento con la Guardia Nacional que escudaba a la dictadura de Anastasio Somoza Debayle.
Entre los reportajes que tiñen su orgullo, está el que se refirió al derribo de un avión de la guardia y que logró aterrizar en unos tabacales de Condega, sin bajas en su tripulación. La carrocería de la aeronave quedó varada como museo histórico en la loma del cementerio del pueblo de alfareros. “Tras que cayó, me di el lujo de subir a él, mientras unos guardias, me miraban desde unos cercos de piedra, maneados por el miedo. Desde el avión los enfoqué con mi cámara que tenía un poderoso lente”, relata.
Defensor de los derechos humanos
Por defender los derechos humanos, en esa época, fue encarcelado en varias ocasiones en esta ciudad, con sus defendidos. También sufrió cárcel durante el gobierno sandinista de los años ochenta, cuando se le acusó de tener supuestas armas para la contrarrevolución.
“Una persona, que omito su nombre, me dijo que si no tenía miedo de vivir solo en mi casa (en Totogalpa). Le contesté: Qué va. Tengo buenas armas”, frase que le motivó “el soplo” para que la extinta Seguridad del Estado le registrara sus bienes y le sometiera a interrogatorio.
Explicó que con lo de las armas, quiso decir, tener la razón y la confianza en Dios, al que en estos momentos aboga para que le ayude a recuperarse, y así continuar saltando unos días más, pariendo más poemas, cuyo repertorio aún es inédito, lo mismo su autobiografía.