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Se impuso con los ojos del corazón

* Ha recorrido todo el país, y todavía siente en carne propia la insensibilidad de quienes tienen el poder

Moises Centeno

Las Minas, Raan
Si para la guarachera Celia Cruz la vida era un carnaval, para Nicolás Cruz Muñoz, un personaje muy conocido en la Costa Caribe, la vida es un bregar con horizontes bien definidos: sensibilizar a la sociedad para ser aceptados como seres con capacidades diferentes.
A pesar de no contar con los órganos visuales se enfrenta como cualquier otro a dilemas y adversidades para sobrevivir.
Sus amigos lo llaman “Nico”, por abreviar su nombre, el que no es para honrar la doctrina libertina gnóstica del siglo II, ni la doctrina contraria al celibato eclesiástico.
Ciego desde niño
Su vida cambió de forma drástica y dramática a los 12 años. Quedó ciego tras pasar su mirada hacia un fulgurante sol, cuando elevaba un hermoso barrilete en una loma del ahora barrio “Lucía Montoya”, en Rosita, Región Autónoma del Atlántico Norte.
En su momento consideró no seguir viviendo, porque todo se le dificultaba. Hasta una novia lo abandonó. Y por si fuera poco, los infortunios familiares siguieron después.
Su padre, que laboraba como electricista en la compañía minera, se cayó de un poste y murió. Su madre, también se cayó, pero de un palo de naranjas, y quedó parapléjica, falleciendo siete años después.
Nicolás, para sobrevivir, tuvo que vender naranjas bajadas por sus hermanas, caramelos y hielo. También pidió limosna, dándose cuenta de la maldad de muchas personas.
Hojas, piedras y un diputado
Un hombre le dio una hoja de árbol por billete en su mano extendida, y otro le dejó caer una piedra en sus palmas. Los chavalos lo guiaban verbalmente para que cayera en los huecos.
“Nico” recuerda, cuando descalzo y con una camisa rota, llegó a la casa del entonces poderoso de Rosita, Rall Moody, quien era diputado somocista.
No le ayudó y tampoco lo quería ver. En una de las tantas llegadas para pedir ayuda, Nicolás se aferró al retrovisor de la camioneta del referido político, para que lo atendiera, pero el diputado como si nada.
Familia Lee y la Revolución
La ayuda para Nicolás llegó a través de la familia Lee, de ascendencia china, que tenía una miscelánea en Rosita.
Wilman Lee, hijo de doña Concha Lee, y amigo de Nicolás, lo trasladó a Managua con el propósito de buscar especialistas, para poder saber si aún había posibilidad para devolverle la vista. Fue operado, pero no le ayudó mucho, debido a la rotura del vaso sanguíneo interno y obstrucción del nervio óptico.
Nicolás dice que las oportunidades se le abrieron con la Revolución.
Con el sistema Brayle culminó su primaria y bachillerato en la organización “Marisela Toledo”, en Managua.
Conocido aquí y afuera
En Rosita ha dado clases de confección de preciosas hamacas de manila y mecate, lo mismo en Puerto Cabezas. En este último municipio fue flechado hasta convertirse en padre de dos niñas, una de ellas falleció.
Radica en la ciudad de Rosita, pero es conocido casi en todo el país, incluso lo conocen en Estados Unidos por las hermosas hamacas que ha vendido.
Con la voz conoce a todas sus amistades. Es muy querido en Las Minas, y donde llega inspira amor a la vida y esperanzas de superación, aunque confiesa que todavía hay personas que se burlan de su condición.
En su pueblo natal vende duquí o chance, una especie de lotería local. También guía a sus compañeros no videntes que llegan al municipio.
En medio de las limitaciones físicas y económicas se considera feliz, porque ha superado todas las barreras que la sociedad le impone.
Agrega que muchas personas los ven como individuos inútiles, sin embargo, “somos sujetos que trabajamos de sol a sol, y con nuestras capacidades diferentes fortalecemos la interculturalidad y la visión de una Nicaragua mejor”, apuntó.
Según Nicolás, el día que un gobierno los incluya, que también tienen derecho a las oportunidades, entonces serán tiempos en que podrán ver la luz de la sensibilidad, que tanto hace falta en la patria.