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Gran carpintero muere al pie de sus ideales

* “Hay que reivindicar a la clase obrera porque se está desclasando, con líderes tentados por el dinero”, dijo antes de morir * Fue un innovador, hizo su propio catálogo de muebles inventando hechuras con toda clase de madera * A los 84 largos años aceptó dirigir y trabajar en la restauración de una vieja construcción

Valeria Imhof

Sólo la muerte lo doblegó. Nunca se despegó de la mesa de la carpintería hasta veinte días antes de su partida. Fue sindicalista, fundador del Partido Socialista en Jinotega, pero sobre todo un férreo defensor de la clase obrera. Don Reynaldo Francisco Centeno Rizo, conocido cariñosamente como “El Peludo”, murió trabajando. Sus 86 años no fueron motivo suficiente para dejar el oficio que lo acompañó toda su vida.
Fue fundador del Sindicato de Carpinteros, Albañiles y Similares (Scaas) de Jinotega, ocupando últimamente el cargo de vocal. Además de maestro de carpinteros, ebanista y artista.
“Estoy jodido”, decía, y aunque se quejaba de sus dolencias, nunca --durante sesenta años-- dejó de llegar a la carpintería.
Nació el 18 de mayo de 1919 en Jinotega. Estudió la primaria en el Colegio de los Salesianos. En su época de adolescente, su padre, Francisco Centeno Rivera, originario de La Concordia, y el maestro Luis Chavarría le dieron las primeras lecciones de carpintería. Pero no se quedó sólo con las enseñanzas: fue un innovador, hizo su propio catálogo de muebles, e inventó hechuras con toda clase de madera.
Comenzó haciendo “rumbitos”, hasta que instaló su propio negocio con el nombre de “Flor de Jacaranda”. En las décadas del 50 y 60 llegó a tener 30 trabajadores, pero posteriormente, el alza de la materia prima, el deslizamiento de la moneda y la escasez de madera acabaron con su pequeño emprendimiento.
Maestro y artista
Las manos de don Reynaldo moldearon miles de piezas. Hizo desde artesón hasta ebanistería. Su refinamiento era tal que en vez de utilizar tornillos de metal, él mismo creaba tornillos de madera de ébano para darles más resistencia a las piezas. Su arte consistía no sólo en fabricar muebles sino en darles el más fino acabado.
“Él fue un artista de la madera, de la raíz más rústica hacía las mejores figuras. Casi todo Jinotega tiene un recuerdo de él, le trabajó 40 años a don Asunción Molina, le hacía los tornillos de madera fina de ébano para camastros de camión y barcos, él componía la piezas más difíciles que otro carpintero no podía hacer”, recuerda su hija María Teresa Centeno.
Hasta los últimos días de su vida, don Reynaldo trabajó la madera de manera artesanal, con el ingrediente de su experiencia, capacidad y prolijidad. Uno de sus últimos trabajos fue la remodelación de la casa de la familia Castro, conocida como La Casita, ubicada en el casco urbano de Jinotega. Para esta fecha, don Reynaldo contaba ya con 84 largos años, sin embargo aceptó la propuesta de Arturo Castro Frenzel para su restauración. Hoy La Casita conserva su forma original con artesón de madera típica de la época y la idea es convertirla en un centro cultural y de tradición local.
Arturo Castro Frenzel, quien actualmente reside en Alemania, señala: “A fin de mantener el apego a la tradición arquitectónica, busqué a uno de los mejores carpinteros de la ciudad, quien a la vez es uno de los más experimentados y conocedor de la arquitectura tradicional de nuestro pueblo”.
“Don Reynaldo, maestro de maestros de carpintería, de artesón y ebanistería, a sus 84 años, asumió no sólo la dirección sino que él mismo puso mano a la obra”.
Pero no sólo se limitó a trabajar, sino a enseñar. Su carpintería fue una escuela por donde pasaron una infinidad de jóvenes que bajaban de las montañas a aprender el oficio.
Uno de sus pupilos, Juan Carlos Herrera, lo recuerda como un maestro exigente, paciente y a veces “con mal genio”.
“Él me decía que la carpintería no era un oficio cualquiera, que era un oficio bonito, decente y que debía hacerse a la perfección, porque en la carpintería se ve el defecto. Me decía que el arte de ser carpintero estaba en no equivocarse nunca en las medidas”, dice Herrera.
Ahora, ya convertido en todo un carpintero, expresa que don Reynaldo practicaba el arte de la carpintería y era, además, un maestro en albañilería. “Cuando yo llegué me dijo: ‘Qué lástima que no viniste antes, ahora yo estoy muy viejo para enseñarte’”.
Murió reivindicando la clase obrera
El último primero de mayo, don Reynaldo preparó unas papeletas sobre el significado de esa fecha para repartirlas entre los trabajadores. El escrito hablaba sobre los mártires de Chicago. El se encargó personalmente de escoger la síntesis del texto. Además, preparó unas pancartas y salió a encontrarse con sus colegas carpinteros. Sólo unos pocos llegaron. A sus 86 años, y con la enfermedad a cuestas, quedó en la soledad. Nadie lo acompañó más que su convicción de que era un día muy importante que celebrar. “Regresó a la casa enojado y triste, lo dejaron con las pancartas hechas y las papeletas que iba a repartir”, dice su hija María Teresa.
Unos días antes de morir, en su lecho de enfermo, manifestó: “Hay que reivindicar a la clase obrera porque se está desclasando, ahora no hay verdaderos dirigentes obreros y todos están perdiendo sus principios por el dinero”.
En los últimos años, las demandas de don Reynaldo se centraron en dos cosas fundamentales: la escasez de madera para los carpinteros y la falta de empleo a la mano de obra jinotegana. El pasado mes de abril, en nombre del sindicato de los carpinteros, albañiles y afines, denunció que las grandes empresas extranjeras se estaban llevando la madera al exterior dejando sin materia prima a los carpinteros locales. “La madera se está yendo de Jinotega”, decía.
Don Reynaldo era un asiduo lector de los periódicos. A pesar de la dificultad en su vista, nunca dejó de informarse, leía a como podía con sus grandes anteojos y pegado a las páginas de los diarios. Le gustaba mucho hablar de política, de todo lo que pasaba en el país y el mundo, pero su tema recurrente era la clase obrera: conocía de memoria los líderes sindicales de todo el mundo. Últimamente se lamentaba de ver cómo los trabajadores estaban divididos y habían perdido combatividad.
“Mi papá fue un intelectual de nacimiento y sabía mucho de política exterior. Se mantenía al tanto de la política nacional e internacional, pero sobre todo conocía los movimientos de la clase obrera a nivel mundial”, dice su hija María Teresa.
Desde joven, simpatizó con las ideales liberales, pero en la guerra de insurrección apoyó a la Revolución Sandinista al lado de su esposa doña Francisca, única colaborada histórica del Frente Sandinista que queda en Jinotega. Por su casa pasaron un sinnúmero de guerrilleros, entre ellos, el comandante Germán Pomares.
“Mi madre reclamaba a los sandinistas presos y él la apoyaba. Ella los iba a traer a la cárcel… los dos se dieron por completo dándoles casa y comida a los guerrilleros”, cuenta María Teresa.
Una de las otras pasiones de don Reynaldo fue el béisbol, de ahí el apodo de “Peludo”. Se lo pusieron sus compañeros del equipo donde jugó durante treinta años como catcher. Admirador de Carlos Gardel y del escritor colombiano José María Vargas Vila, don Rey fue católico devoto de las Purísimas, participante activo de los actos culturales y fundador de los Alcohólicos Anónimos (AA), en Jinotega. Con don Reynaldo se fueron otros carpinteros ilustres como Agustín Soto.
“Sólo quedo yo”, comentó cuando le avisaron que su compañero había muerto.