Departamentos

Los enterradores vida con la muerte

Lo primero que se pierde en un trabajo como éste es la sensibilidad, pero tienen la seguridad de que “la plaza”, nunca; además, que nadie los envidia. “Empleados de la parca” les llaman, y de alguna manera lo son, con un salario que ellos mismos llaman de “mala muerte”. Los enterradores de muertos han encontrado vida donde sencillamente no la hay y como pocos desearían ganársela.

Roberto Collado

Han asistido a tantos entierros que han perdido la cuenta. No visten de luto, pero conviven con él, es más, dicho en su propio lenguaje: “viven de él”. “Uno no es feliz haciendo este trabajo, pero, ¿qué opción tenemos?”, dice Emilio Espinoza, mientras hace una pausa para que su compañero Oliver Roiz Aguilar, mida la profundidad de una fosa que le han encargado para el día siguiente.
“Ya va, falta poco”, añade al minuto Roiz Aguilar, con la cinta métrica a mano y los gestos de un meticuloso ingeniero de “pies descalzos”. Espinoza tiene 23 años y hace diez que trabaja como enterrador en el Cementerio General. Cuando llegó, Roiz Aguilera ya era todo un sepulturero graduado. “Es que cuando ya cumplís un año aquí, podés decir: ‘Puedo con este trabajo’”, añade, con 27 años de edad y 11 de ser enterrador.
Los dos llegaron cuando aún eran niños en una época en que entre juegos y en serio les ayudaban a sus padres a levantar bóvedas y a enterrar a uno que otro difunto. “Éramos más albañiles que enterradores, pero la gente ya no tiene ni para pagar una bóveda, así que renta más ser enterrador”, dice Espinoza.
A más de una década de distancia no les es difícil recordar, lo que sintieron la primera vez que les tocó bajar a alguien al fondo de una fosa para el descanso eterno. “Yo aquí no trabajo ni que me paguen como diputado”, dicen que se dijeron. Pero el tiempo pasó y hoy ven el oficio como el de cualquier otro.

Vida en la necrópolis
EL NUEVO DIARIO los encontró en plena faena, en horas en que un sol de mediodía cae como plomo sobre todo Managua. Allí estaban, uno con la coba y el otro con la pala. A pocos metros, otro par de enterradores se refugiaban bajo un árbol de tigüilote e imperturbables, hacían “el nombre de Dios” con arroz, frijoles y queso. Del otro lado, una jardinera dejaba caer su pesado cuerpo en “una bóveda de su jurisdicción”. “Ahí se echa su pelón siempre a esta hora”, nos alertan los enterradores.
Mientras los vivos les tenemos fobia a los cementerios, esta gente pasa allá sus horas cotidianas. Entran a las 8:00 de la mañana y salen a las 5:00 pm. El día se les apaga en la necrópolis. “Este piche que viene para acá, dicen que fue infarto”, revelan indiscretamente los dos enterradores, mientras nos internamos en un diálogo cuyas líneas son para leerse vestidos de “riguroso luto”.
¿Uno se acostumbra a este trabajo?
“A unas cosas sí, a otras no. Cuando toca a enterrar a alguien de tu edad, es triste. O cuando es una madre y ves a los hijos desconsolados, o al revés. Pero te vas acostumbrando”, responde Espinoza. Roiz Aguilar dice que se pierde la sensibilidad con el tiempo, pero hay entierros que todavía los impactan. “Es que los difuntos se ven todos iguales, a eso uno ya está acostumbrado, pero no al dolor de las personas. A veces uno se conmueve”, agrega.
Fuera del cementerio, la imagen que se tiene de los enterradores es diferente a la que se ve dentro. Uno cree que son personas sin familia, alcohólicas y que allá han llegado porque no pueden con una vida bien conducida. Error. En el Cementerio General, la administración ha erradicado a “los enterradores bohemios”. “No se puede tolerar, porque éste es un camposanto, no un campo para zánganos”, señala Elías Zapata el administrador municipal.

Trabajando con la muerte
“Hay quienes necesitan un traguito para hacer un entierro, yo no, pero se entiende, es el tipo de trabajo”, se adelanta a decir Espinoza. “Puede ser para tener valor, o quién sabe si es para acalambrar el estómago”, agrega su compañero en tono jocoso. Aunque no pensemos lo mismo, para ellos su vida es absolutamente normal. Tienen esposas que les llevan el almuerzo “al trabajo”, y aunque vean y palpen muertos frescos y viejos, duermen sin conocer lo que son las pesadillas.

¿Nace uno para este trabajo?
“Te vas haciendo. No creo que alguien nazca para esto, ni creo que haya alguien que sueñe con hacerlo. Me da de comer, pero si pudiera dejarlo, lo dejo. Lo que pasa es no hay nada de dónde agarrar, no hay trabajo afuera”, responde Espinoza. “Yo creo que hay que tener cojones para hacer este trabajo. He visto que han venido, entierran el primer muerto y nunca más regresan. Aquí, ‘brother’, se trabaja con la muerte”, agrega Roiz Aguilar.
Pero, ¿cuánto gana un enterrador? Aunque en los cementerios no hay una tabla de precios fijos y todo depende de la negociación que se haga entre los dolientes y ellos, se conoce que una inhumación en fosa cuesta 600 córdobas, que si es en bóveda hasta 200 córdobas menos, lo que en la jerga del camposanto se llama “sellada” y que si es una exhumación o una reducción (reducir la osamenta para liberar espacio en una fosa) puede rondar los 800 y hasta los mil córdobas. El costo de cada servicio se divide entre dos y hasta cuatro enterradores.
“Es que eso depende” --explica Roíz Aguilar--, “aquí agarro en la semana uno o dos hoyos, o sea una o dos sepultadas. Son entre 200 y 400 a la semana, como no lo hago solo, hay que repartirlo”, agrega. En el Cementerio General se cuentan cerca de 70 trabajadores, la mitad son enterradores, una parte son jardineros y el resto contratistas, albañiles y pintores. “Ese es otro problema, hay mucha competencia dentro, tenés que saber negociar con el cliente, o se te va otro arriba”, dice Espinoza.
Ingrata labor

¿Cuántos entierros han hecho?
“Son tantos que ya perdimos la cuenta”, se jactan. Las estadísticas del Cementerio General señalan que allá ingresan un promedio de 100 finados al mes. El año pasado hubo 1, 576 entierros, y hasta agosto de este año se contaban 811. Los enterradores han llegado a contar hasta 20 entierros en un solo día.
“Es difícil que no haya entierros, siempre hay… y si hay, pues hay trabajo aquí”, dice Espinoza. “Mirá qué ingrato este trabajo, uno se pone triste si no hay muertos, y otros están tristes porque se murió, así de feo es”, señala con una sonrisa agridulce Roiz Aguilar.

¿Se puede comer después de un entierro?
“Cuando comenzás no, el día que hice mi primer entierro no quería ni tocar el plato. Incluso ese día ni siquiera pude dormir, cerraba los ojos y miraba la imagen del señor que habíamos enterrado”, dice Espinoza. La experiencia fue parecida para Roiz Aguilar: “Tampoco pude cerrar los ojos toda la noche. Ese día volví triste a la casa. Aguanté el hambre hasta las cuatro de la madrugada, me levanté y comí sin pensar en nada. Al día siguiente no quería volver, pero bueno, había que ganar”, recuerda.
Las familias que tienen un médico en casa saben que es un buen recurso en momentos de apuros. ¿Es igual cuando se cuenta con un enterrador?

¿Les ha tocado cobar para algún familiar?
“Todavía no he tenido esa mala suerte. Tampoco estoy ansioso, y creo que si llegara a pasar, no sé si lo haría”, dice Espinoza. “Ahí están los compañeros que creo lo harán, yo lo preferiría, porque yo lo haría para ellos, es una cuestión de solidaridad”, agrega Roíz Aguilar.

“Somos profesionales”
Dicen que la primera vez nunca se olvida, y en el camposanto la regla dobla su valor. Roiz Aguilera tiene bien presente la primera vez que hizo una exhumación. “Fue buena”, dice en tono excitado. “Nos pidieron exhumar nueve cadáveres, éramos tres, y nos tocó tres a cada uno. Entramos a la cripta, cuando derrumbamos la pared y salieron los olores quería salirme, pero no debía, había que aguantarse porque la familia de los difuntos estaba ahí viendo los restos. Uno no debe mostrar asco a la pestilencia, por respeto y porque también somos profesionales”, expresa. “Es cierto y ves que aquí hay gente que dice: ‘yo lo hago’, pero con la boca todo se hace”, le agregó Espinoza.
Después de un día de trabajo normal, uno comenta en casa los acontecimientos de la oficina. A veces, mientras estás a la mesa. Los enterradores, según sus mismas confidencias, tienen prohibido ese privilegio. “Imposible, mi esposa me ha dicho que nada de eso quiere saber”, dice Roiz Aguilar, quien además agrega que a sus hijos les ha dicho que es albañil y que trabaja en construcción. “Espero nunca poder decirles que soy enterrador de muertos”, agrega con un tono melancólico.

Ventajas que “no tientan”
Sería descabellado pensar que pueda haber buenas anécdotas en el camposanto. Los enterradores lo tienen más que claro: “Aquí todo es triste y no hay muchas cosas buenas que contar. La gente viene triste aquí, no hay quien no entre con una cara larga”, dice Espinoza. Roiz Aguilar, le ha encontrado su lado bueno al asunto. “Esto tal vez no es anécdota, pero es una verdad, yo me costeé mi bachillerato a punto de entierros”, dice.
El enterrador fue más allá: “Una vez una muchacha nos arrebató una pala y amenazó con darnos si no sacábamos a su padre. Todo volvió a la calma, cuando otros familiares lograron sujetarla. Entonces fue amargo, pero hoy nos reímos”, cuenta. Recordó que en otra ocasión, otra mujer dolida por su compañero de vida, se lanzó al hoyo y amenazó con quedarse ahí si no los sacaban a los dos”, relató. “A veces no sé si estas cosas son para reír o llorar, pero bueno, sucedieron en este trabajo”, agregó.
Los enterradores están conscientes de que las ventajas que ellos le hallan a su oficio “no tientan” a ningún ser vivo. Pero, ¿tiene este oficio alguna ventaja? “Bueno al menos sé que lo que se siente estar en el hoyo, me salgo y vivo para contarlo”, responde Espinoza. ¿Y qué se siente? --le preguntamos--. “Es raro estar ahí vivo. No hay aire y está húmedo, además, es más raro aún saber que un difunto va a estar ahí”, explica.

Labor insalubre
Otro drama que deben enfrentar en este oficio es que no cuentan con ningún equipo de protección, pese a que la tarea que realizan es de insalubridad comprobada. No ha sido uno el que ha tenido que dejar el empleo por alguna infección, una fuerte alergia de piel y hasta una fractura de hueso.
Roberto Calero es un contratista en el camposanto. Dice que hace algunos años hubo un intento por dotarlos de guantes y mascarillas. “El problema a veces es el recurso, apenas se gana para medio comer”, dice. “Lo que hemos logrado es que el Minsa (Ministerio de Salud) nos garantice una vacuna contra el tétano una vez al año. No es mucho, pero peor es nada”, agrega.
Por su lado, los enterradores “torean” los males echando cal alrededor de los restos y lavándose las manos con alcohol después de exhumarlos o reducirlos. Otra estrategia son dos baños al día, el de la mañana y uno al finalizar la tarde. El último lo hacen con un balde de agua que ponen al sol todo el día. “Es que uno quiere bañarse después de un entierro, entonces, el agua puesta al sol evita el resfrío”, dice Espinoza.
Elías Zapata dice que la administración municipal no tiene ninguna responsabilidad con los enterradores. “Es que ellos no son empleados de la comuna, yo creo que esa es una responsabilidad de los contratistas, son sus trabajadores después de todo”, se limita decir.
“Te decíamos que es un oficio ingrato”, señala Roiz Aguilar. “Si hay miedo a una enfermedad, que es peligroso, aquí hay derrumbes” dice.

¿Vos dejarías este oficio?
“Sin pensarlo dos veces”.