Cultural

Vida Perdida


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Estaba hablando de la iglesia de Solentiname, y ahora me acuerdo de esta historia. Empezábamos ya a cambiar las maderas malas, como había dicho Eduardo Chamorro. El trabajo lo hacía un albańil de Solentiname, el único que había en Solentiname, un viejo al que le faltaba una pierna, y había sido de los que construyeron la iglesia, hacía veinte ańos más o menos. Y me llama el albańil y me hace ver que las paredes están todas llenas de comején. Inútil cambiar las reglas malas porque seguiría siempre el comején. No había más remedio que demoler la iglesia. Adiós iglesita campesina, planeada con Eduardo. Debíamos tener la iglesia moderna después de todo. Le digo pues que vaya aserruchado los postes que sostienen las paredes y el techo, para que la iglesia se desplome. Con mucho dolor mío, y de él que había ayudado a construirla. ;


Empezó a hacerlo, y ya había cortado algunos cuando pasó por allí un huésped que venía de bańarse en el lago: Arturo Portocarrero. Estaba allí acompańando a su esposa Lyla que había llegado a asesorarnos en la artesanía.;


Y al pasar por la iglesia vio la aserruchada de los postes, y me pregunta que por qué. Le cuento. Y exclama: “¿Por qué no me has consultado a mí si soy el mayor experto en comején en todo Nicaragua?” y él era además el distribuidor en todo Nicaragua de Comejenol, un producto eficacísimo. Corremos a la iglesia, paramos la aserruchada, y empieza él a examinar las paredes. Encuentra que tienen remedio; mandamos a pedir a Managua a su casa comercial un barril de Comejenol; nos explicó él todo el proceso que había que hacer, bastante complicado y que no vale la pena detallar aquí; y el comején fue eliminado y no ha vuelto a haber en la iglesia desde entonces. Los postes aserruchados fueron sustituidos por otros, cambiándolos de uno en uno para que no se desplomara la iglesia.;


Qué gran casualidad ¿verdad?. Esa pasada de Arturo Portocarrero en ese momento.;
¿Y qué decir del hecho (no reconocido por mí en un comienzo) de que voy a comprar una tierra en Solentiname, y al llegar a ella, oculta entre el monte, estaba ya una iglesia esperándome?;


Pidiendo un sacerdote para Solentiname;


Enfrente de Solentiname, en tierra firme hay unos ríos que desembocan en el lago y vienen de Costa Rica. En las márgenes de uno de ellos, adentro, muy adentro, ya casi en la frontera con Costa Rica, vivían arrinconados dos viejos, don Rafael Arana (don Rafáil) y dońa Adelita su esposa, campesinos que habían tenido una finquita en Solentiname y la habían perdido, y se habían tenido que refugiar allí. Los potreros eran pantanos; los caminos, lodazales donde se hundían hasta la rodilla; y había tal zancudero que hasta los perros aullaban por los zancudos. Ellos siempre recordaban Solentiname. Y a dońa Adelita se le ocurrió hacer una oración muy loca: que llegara un sacerdote a vivir en Solentiname. Tan sólo San Carlos tenía sacerdote, ninguna de las otras ciudades del departamento tenía sacerdote ¿y cómo iba a tener uno la población minúscula de esas islas? A Solentiname sólo llegaba un sacerdote una vez al ańo, cobrando un montón, para la fiesta patronal, y a lo sumo podría llegar otra vez en el ańo por algo muy especial. Pero dońa Adelita seguía pidiendo que llegara un sacerdote a vivir allá. Preguntaba por el estado de la iglesia, si siempre la cuidaban. Y llegó a hacer una promesa: que cuando llegara un sacerdote a Solentiname, ella iría a servirle gratis de cocinera.;


Un día supo que un sacerdote había llegado a vivir a Solentiname, y fue entonces que ella se presentó donde mí (no teníamos mucho de haber llegado) y me contó sus oraciones y su promesa. Fue una bendición de Dios tener a dońa Adelita de cocinera, inigualable para la comida sencilla, popular y campesina, que era la de nosotros; y nos costó hacerla recibir un sueldo. Y fue una bendición de Dios don Rafael, con sus consejas y leyendas de Solentiname y de todo el lago que le oíamos por las noches. Y sobre todo fue una bendición de Dios el que en aquella remotidad, río Pizote arriba, dońa Adelita pidiera un sacerdote para una iglesia incompleta, rodeada de maleza en Solentiname.;


Les parecerá increíble que hubiera una seńora pidiendo que llegara a Solentiname un sacerdote. Pero no hubo una, fueron dos. Dońa Martina es otro caso que todos los viejos de Solentiname pueden atestiguar, aunque yo no la conocí. Era dueńa de una finca muy linda, El Guabo, y sus hijos le dilapidaron el dinero y la vendieron, y tuvo que salir de Solentiname. Me cuentan que sus hijos la embarcaron a la fuerza de noche, y ella iba en grandes llantos. La llevaron muy adentro en el río Papaturro, otro de los que desembocan enfrente de Solentiname, a un territorio ya en Costa Rica, donde ella quedó ciega. Allí en su ceguera recordaba siempre la iglesia de Solentiname, de la cual ella había sido la “mayordoma”: la encargada de la limpieza, y poner adornos en la iglesia. Preguntaba si siempre cuidaban de ella. Y rezaba por la llegada de un sacerdote a Solentiname. A la iglesita que ella había cuidado mucho.;


Adonde llegué con William y Carlos Alberto un domingo 13 de febrero por la mańanita.;


Desembarque en Solentiname;


Pero no llegamos solos sino acompańados de algunos amigos que querían conocer aquel lugar extrańo escogido para nuestra aventura. Y llegamos también con mucha carga, todo lo que se podía necesitar para una vida de comunidad en un lugar donde no había nada.;


Llegamos con arroz, frijoles, azúcar, galletas, harina, anzuelos, una mesita plegable y sillas plegables, hamacas, lámparas de kerozín, conservas, ropa, libros, árboles frutales en sus bolsas, vino de consagrar, una maquinita para hacer adobes, escobas, lámparas de mano, venenos para insectos, sopas condensadas, platos, vasos, tazas, cocina de kerozín, sal, rifle 22, cartillas para alfabetizar, ollas, pailas, jabón, aceite de cocinar, colchas, guitarra, fósforos, guacales, jícaras, petates, carretilla de mano, tijeras de lona para dormir, palas, botas, un bote que nos habían regalado aunque sin el motor, serrucho, martillo, sombreros de palma, medicinas, máquina de escribir, café, palas, hachas, machetes, agujas, barril para almacenar agua, jarra, palangana, ornamentos de misa, piedra para moler maíz, azadones, cucharas, pero mosquiteros no, aunque me insistieron, porque yo dije que allí no había zancudos.;


ĄY Merton que pensaba que con unos pocos implementos agrícolas, unos trastes de cocina, y unos libros, nos establecíamos en las Islas Vírgenes o en Corn Island! Eso si hubiéramos tenido un nivel de vida como el de San Pablo el Ermitańo.;


En el comité de preparación los encargados del avituallamiento fueron principalmente los hermanos Mántica, quienes suministraron ellos mismos muchos de los artículos porque su padre era el dueńo de los supermercados; sobre todo Chale que lo hizo con tanto celo como si fuera a ser el padre Abad o al menos el Prior de la fundación. Para esa carga se contrató una lancha expresa, La Ola, de las que hacen travesías en el lago. Además íbamos a ir también en el yate de Pedro Joaquín y Xavier Chamorro. Xavier planificó el desembarco, para lo cual construyó un muelle flotante, que era una balsa sobre barriles vacíos, porque si no, no podrían bajar la carga más que metiéndose al agua. El muelle sería llevado en la cubierta de la lancha y era lo primero que habría que desembarcar, y ya nos quedaría de muelle en Solentiname.;


Por dicha Carlos Alberto y William eran unos muchachos jóvenes en aquel tiempo, y la víspera del viaje ellos estuvieron metiendo toda esa carga en una bodega hasta muy noche. Al día siguiente ellos se fueron con la carga en La Ola, por una ruta más directa aunque donde el lago es más bravo. Los otros nos fuimos en el yate de Pedro Joaquín y Xavier bordeando Chontales. El viaje de la lancha no fue sin incidente aunque éste lo supimos después.;


En la noche se oyó que alguien le dijo al capitán: “Se zafó uno”. Era un borracho que allí iba, y tal vez se acercó a la borda a orinar, mientras la lancha se zangoloteaba mucho. Ya había quedado lejos, no se sabía en qué lugar había caído, y de noche no lo podrían ver. El capitán no hizo parar la lancha.;
Al acercarnos nosotros a Solentiname al amanecer, el lago estaba muy sereno; la bellísima vegetación reflejada en los espejos de las bahías y ensenadas; garzas y patos aguja y patos chacho volaban sobre nosotros como si hubiesen salido a recibirnos. La lancha ya había arrimado junto a la iglesia y la estaban descargando. Habían llegado José Coronel y la María y don Julio Centeno, y la María dirigía la operación de desembarque. Varios chavalos de las islas también ayudaban alegres a bajar las cosas, que se iban acomodando ordenadamente dentro de la iglesia como se había planificado.;


El primer día en Solentiname;


Allí estaba la Olivia con sus hijas, la Natalia, y algunas otras personas más de las islas vecinas, que habían llegado a ver qué pasaba. La María Kautz organizó el almuerzo para todos, un arroz con pollo, con la ayuda de las muchachas. Traíamos un ingeniero, mi primo Julito Cardenal, al que ya mencioné con El Nancital, para que nos escogiera el lugar donde sería la casa. El puso a unos campesinos con machetes a hacer abras en diferentes direcciones, para ver adónde era más alto el terreno. Encontró un lugar alto no lejos de la iglesia, y dijo: “Aquí”. La María también contrató a unos trabajadores que empezarían a rozar la maleza al día siguiente. Se repartieron refrescos y cervezas a todos.;


Recuerdo que la Olivia le preguntó a la María si había sido somocista antes, y contestó: “ĄNo! Mi marido fue”.;


Contó la María que Coronel había estado teniendo unas asfixias; pero Coronel dijo que no era nada de cuidado, que simplemente se había emocionado algunas veces que había estado leyendo en voz alta su prólogo al Estrecho Dudoso, donde hablaba de mi llegada a Solentiname. Era un prólogo largo y hasta ahora lo había terminado. Le dije que quería que me leyera ese prólogo, y me dijo que no, porque le podía coger otra vez la asfixia.;


Se fueron a Managua los del yate. Coronel, la María y don Julio se quedaron a pasar la noche con nosotros para irse al día siguiente muy temprano. Con ellos y el pequeńo grupo de Solentiname, que aún estaba, tuvimos en la tardecita una misa en la iglesia, con la tercera parte ocupada por todo lo que habíamos traído, y donde previamente habíamos barrido las cagadas de murciélagos que cubrían el piso (había mucho hedor a cagadas y meadas de murciélago; la iglesia era una cueva de murciélagos).;


Había una luna grande. La Olivia aún se acuerda de la luna grande que había cuando llegamos. William sacó su guitarra.;


Coronel, la María y don Julio durmieron con nosotros en la iglesia, ellos en hamacas colgadas en los pilares; y nosotros en nuestras tijeras de lona. ;


ĄDormir! ĄSi no se podía dormir por los zancudos! Zancudos en una cantidad y ;
con una ferocidad que en tu vida has visto. Se oían todo el tiempo maldiciones y quejidos.;


En la madrugada todavía oscuro, exclamó Coronel: “ĄQué lástima!” “¿Cuál lástima?” preguntó la María. “Que no hay gallos”. En efecto, estábamos tan aislados que no se oía ningún gallo. Dijo Coronel que en el campo siempre se debía oír gallos, y de las primeras cosas que debíamos hacer era comprarnos un gallo.;