Cultural

La Toalla del Papa


— Fernando Ravelo (Cubano) —

Puede que sea cierto, ni lo niego ni lo afirmo.;


El autor.;


- Las ventanas del tercer piso están llenas de polvo -comentaba el Director de la Biblioteca Nacional, reunido con su Jefe de Mantenimiento.;


- Hay cuatro cortinas rotas en el lado derecho -prosiguió.;


- Conseguimos un andamio- le informó Adalberto- el problema está a partir del décimo piso.;


-Los jardines, los jardines y el patio por allí van a entrar las guaguas con los seiscientos visitantes del sótano.;


- Bueno, ya arreglamos los bańos del sótano - dijo Adalberto.;


- El clero cubano no tiene recursos, no nos apoyarán, así que todos estos arreglos tenemos que hacerlos solos-.;


El Padre José, trigueńo, flaco y de mediana estatura, decía con timidez aprendida, recostado contra una de las paredes de mármol del amplio vestíbulo a la entrada del edificio.;


- Con el teatro para los cardenales y el Séquito y ese gran salón para los obispos, se garantiza la Sacristía, tendríamos que ver el sótano, allí deben estar los 600 sacerdotes, seminaristas y diáconos que llegan de todas partes del mundo-.;


El Papa, no vendrá a la Biblioteca- dijo el Padre Mauricio, arrastrando la r, mientras abría y cerraba levemente las fosas nasales de su enorme nariz aguileńa- arriba directo a la sacristía que estará en la parte trasera del altar; desde aquí lo veremos-.;


- El Papamóvil se estacionará frente al edificio, luego el Santo Padre se baja, entra en la pequeńa sacristía donde se lava y toma el ascensor que lo lleva al altar- intervino el Padre José.;


La Biblioteca se usará por poco tiempo, agregó el Padre Mauricio, -sólo será la mańana del domingo 25-.;


Entraron al teatro pasando entre las grandes vitrinas horizontales, encabezados por Ferrán, viejo funcionario de la Biblioteca Nacional y designado para atender al grupo.;


- Aquí en el estrado, con esta mesa larga y poniendo a los costados contra las paredes mesas más pequeńas, es suficiente para que se cambien los Cardenales con comodidad, -comentó Enrique, miembro laico del grupo, ajustándose los espejuelos de miope-.;


- Hay que recordar que, aunque son pocos también estarán los miembros del Séquito- agregó el Padre José.;


- ¿Cuántas lunetas hay en el teatro? -pregunto Enrique. -Alrededor de 250- respondió Ferrán.;


- Son ochenta cardenales y los obispos que van al frente, en el salón, andan por los 115- comentó el Padre Mauricio.;


Enrique se alejó y avanzó hacia el fondo del teatro, entró brevemente en el bańo y al regresar comentó -todavía le falta, tiene mal olor, creo que no se debe usar por ahora-.;


- El bańo no se usa -respondió Ferrá, -lo que ocurre es que todavía las pipas de agua no han venido a llenar las cisternas y por otro lado estamos esperando los desinfectantes;_;


- Vamos a ver la otra área -dijo el Padre Mauricio, con su -re-a cuesta, -salieron nuevamente al vestíbulo, lo atravesaron y entraron al salón.;


- Aquí- dijo Ferrán, -retiraremos las vitrinas y muebles y pondremos mesas a los costados, también pondremos algunas sillas, por si algún Obispo está cansado-.;


- ¿Qué se les dará de refrigerio?, preguntó Ferrán.;


- Casi nada respondió el Padre José: café y agua.;


El Padre Leonel, con una miopía infame y una calvicie escandalosa que hasta ese momento había permanecido callado, exclamó -Ąsólo café y agua!- ;


- Sí, - dijo lacónicamente el Padre José.;


En el costado derecho del salón, un patiecito interior, servía de escenario para el montaje de dos sanitarios portátiles, con sus casetas, tanques de agua y puertas metálicas.;


- Debemos poner como especie de una rampa en ese escalón de la entrada, y así evitar que algún Obispo tropiece, recuerden que hay muchos de edad avanzada -comentaba el Padre José.;


Ferrán asintió y expresó -también hemos pensado colocar una pequeńa vitrina en el centro del salón, con una exposición de libros raros y valiosos y mientras se visten pueden ver algo interesante.;


- No, no, dijo Enrique, Ąqué se entretienen!, no deben tener nada que los demore, esto es muy rápido-.;


Eran los primeros días de enero, soleados y sin ese calor agobiante de los meses anteriores. El Papa viene a Cuba, era el comentario en la calle, las puertas de muchas casas exhibían un afiche con su imagen.;


Era la primera vez en 500 ańos que la máxima representación de la Iglesia Católica visitaba el país. El Presidente del Gobierno Cubano había estado en el Vaticano donde se reunieron a solas, los elogios mutuos abundaron: Las condiciones estaban creadas para una visita de esa envergadura.;


- Entonces Terrán, tenemos que ajustar los últimos detallas -decía el Director de la Biblioteca, -reunirnos con el pequeńo grupo de apoyo y ponerlos en contacto con los jóvenes católicos que traerá Enrique.;


- Hay que estar antes que amanezca en la Biblioteca, -Yo vengo a las cuatro- argumentó Ferrán.;


El día 21 el Papa arribó a la capital cubana, fue recibido por las máximas autoridades con todos los honores; besó la tierra e hizo un recorrido en su Papamóvil, vitoreado por decenas de miles de habaneros.;


Comenzó el intenso programa de trabajo, misas en Santiago de Cuba, Camagüey y la Ciudad de Santa Clara, encuentro en la Universidad de La Habana, conferencias de prensa, etc. Por último la misa en la Plaza de la Revolución el domingo 25 por la mańana antes de partir.;


La Plaza de la Revolución había sufrido una gradual transformación en los días previos a la visita del Papa, un gigantesco mural del Sagrado Corazón de Jesús, con el lema ŤJesucristo en ti confíoť cubría el frente del edificio de 17 plantas de la Biblioteca Nacional. Casi justo a la entrada de la Biblioteca, con solo la avenida de por medio y de frente al Teatro Nacional, al extremo opuesto, el enorme altar en forma de una blanca paloma con las alas extendidas, miraba el espacio que se llenaría de público ese domingo.;


Desde el miércoles 21, la radio y la televisión recogían con gran destaque sus actividades y encuentros, se televisaban las misas y homilías. Las declaraciones le daban las vueltas al mundo, gracias a la presencia de centenares de periodistas que desde los cuatro puntos cardinales habían venido a cubrir la visita. Algunos de ellos aventuraban juicios sobre un posible giro de la Revolución, producto de la influencia que el Papa iba a ejercer en la Dirección Política del país y en la opinión del pueblo, otros más audaces informaban sobre dos épocas, antes y después de la visita.;


El domingo 25 por la madrugada, las estrictas medidas de seguridad estaban tomadas: los corredores por donde debía caminar el público en la Plaza, los desvíos del tránsito, el cierre de ciertas calles, en la misma medida que avanzaba la luz del día, los anillos de seguridad se iban cerrando y los controles se fortalecían con más personal.;


Ferrán llegó a las cuatro, siempre exageradamente puntual, pero como a esa hora el control no era tan férreo, hizo el recorrido con más facilidad. El resto del grupo empezó a llegar a partir de las cinco y treinta y se completó a eso de las seis cuando apareció Lorenzo, ex sacerdote y principal especialista en documentos antiguos, designado segundo de Ferrán y por sus vivencias el más apropiado para atender en el vestíbulo a cardenales y obispos, amén de ser conocido por la Curia Cubana y otros muchos dignatarios de la iglesia.;


A las siete y treinta, comenzaron a llegar los jóvenes católicos y como a las ocho aparecieron Enrique y los Padres José, Mauricio y Leonel cargados de cajas repletas de albas, casullas y mitras.;


Los Padres se fueron y Enrique quedó atendiendo a sus muchachos y trasladándose de la Biblioteca a la Plaza y viceversa.;


La gente arribaba en racimos a la Plaza, eran torrentes de personas avanzando por los corredores para entrar al área delimitada frente al altar.;


La Seguridad del Papa, llegó a la Biblioteca e inspeccionó brevemente el lugar, uno se quedó en el recinto, con su equipo de comunicaciones portátil, los otros fueron a establecer anillos de control alrededor del altar.;


La Seguridad Cubana, reforzó sus cordones, intercalándolos con los de la Seguridad del Papa, un anillo cubano, uno del Vaticano y así sucesivamente.;


El acceso fuera de control era prácticamente imposible; el tránsito desviado, las calles cerradas, sólo podían pasar los transportes por el recorrido fijado y con los permisos establecidos.;


La Plaza bellamente adornada, las cámaras de televisión instaladas, los periodistas internacionales en sus puestos y por los alrededores, enviaban las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y el altar, alrededor del planeta.;


Dentro de la biblioteca, cada área tenía su servicio de agua, café y jugo de frutas, bellas jóvenes de cuerpo escultural y vestidos ajustados, se encargaban del servicio ¿sería casual?, los sanitarios olían a pino y fresa.;


Pequeńas zorras cargadas de libros de literatura universal y de América, pertenecientes a los Fondos de la Institución, permanecían en un rincón, para después de la misa obsequiarlos a los visitantes.;


Comenzó la llegada, las guaguas en el parqueo trasero del edificio desembarcaban por cientos, a sacerdotes, seminaristas y diáconos, más de seiscientos se juntaron en el espacioso sótano, moviéndose entre la Biblioteca Infantil y Juvenil, la sala de libros espańoles y circulante y el amplio pasillo al que se le habían colocado sillas para el descanso.;


Obispos y cardenales entraban a borbotones, Lorenzo estaba como pez en el agua, los identificaba enseguida y orientaba dentro del tumulto formado en el vestíbulo. Solícito y activo, su aire sacerdotal era agradablemente identificado. Había un hervidero de entradas de dignatarios de la iglesia, algunos pasaban de largo y había que alcanzarlos, otros entraban sin preguntar en el área equivocada, muchos salían de sus respectivos recintos con el alba y la casulla puesta y terminaban de colocarse la mitra con gran habilidad, en medio del vestíbulo.;


Al poco tiempo desapareció el bullicio, sólo las cajas vacías dispersas por los rincones.;


Los jóvenes católicos se fueron a la Plaza. El pequeńo grupo de la Biblioteca seguía los acontecimientos por radio y televisión.;


Fueron llegando los dirigentes del país. Unos minutos después se acercó lentamente el Papamóvil y se colocó cerca de la pequeńa sacristía detrás del altar. Había una gran expectativa; dirigentes, periodistas del mundo entero, decenas de miles de asistentes a la gran misa y el pequeńo grupo de trabajadores de la Biblioteca Nacional sentados en el vestíbulo frente al televisor.;


El Papa no salió de su auto blindado, estaba sentado como meditando, pero fueron pasando los minutos.;


- Qué pasará, -preguntó en voz baja el Director de la Biblioteca, mirando a Ferrán.;


Pasaron diez minutos que parecieron horas, mientras el Papa seguía sin bajarse de su Papamóvil.;


Veinte minutos y nada, no ocurría nada, pero era seńal de que algo estaba pasando, algo andaba mal, algo había fallado.;


En ese momento entró en el vestíbulo Enrique, totalmente transformado, pálido y agitado, llamó a un lado a Ferrán y casi le suplicó -Ferrán, por favor esto es muy urgente, hace falta una toalla para que el Santo Padre pueda lavarse, fallamos y ahora no tenemos tiempo, Ąes una catástrofe!-;


-Espera, voy a ver si tenemos alguna toalla decente-.;


-Adalberto, urgente ¿tienes una toalla limpia? -le preguntó Ferrán al Jefe de Mantenimiento.;


-Ni limpia ni sucia, lo que tengo son dos trapos manchados y rotos-.;


-ĄAnda-! Exclamó Ferrán.;


-Enrique, no tenemos toalla en la Biblioteca- le dijo rápido Ferrán.;


ĄTenemos que hacer algo!, exclamó Enrique, -la misa se ha retrasado, urge conseguir una toalla-, dijo gritando.;


-Calmate, déjame pensar -le dijo Ferrán, -Espérame aquí-.;
Margarita era la secretaria del Director y por suerte estaba en el grupo de apoyo.;


-Margarita necesitamos una toalla para el papa, urgente- le urgió Ferrán.;


-ĄCómo! ¿Una qué-? Preguntó atónita.;


-Aquí no hay toalla, -respondió Margarita -Y qué podemos hacer-balbució Ferrán.;


-Buenooo... si me llevan a casa, puedo traer una, recuerda que no vivo lejos-.;


-Perfecto- dijo Ferrán y salió matándose a buscar a Enrique.;


-Enrique, si pones un carro con libre acceso, llevamos a la secretaria del ;
Director a su casa para que traiga la toalla- dijo atropelladamente Ferrán.;


-Llámala- y salió disparado a buscar el auto.;


-Ferrán, voy a estar por aquí esperando la toalla- dijo Enrique.;


El papa seguía inmóvil, la gente expectante ignoraba lo que ocurría detrás del gigantesco y bello altar. Se aproximaba la media hora de espera.;


-¿Qué pasa?- Preguntaban algunos por los alrededores de la Plaza y de la Biblioteca, que habían visto salir veloz un auto Mercedes Benz negro con Ťlibre tránsitoť y una seńora de pelo largo con espejuelos bifocales en su interior -;
El papa no aparece- decían en voz baja muchos de los presentes en la plaza, mientras trataban de escudrińar algo a los costados del altar.;


-¿Se habrá sentido mal?.-decía una seńora a su esposo.;


-Es que todavía no debe haber llegado- comentaban otros.;


-El no puede hacer esperar a los dirigentes del Gobierno-refunfuńaba un viejo ;
como de setenta y cinco ańos.-;


-ĄMedia hora! Exclamó Ferrán-;


En ese momento descendió presurosa Margarita, con una pequeńa bolsa de nylon en la mano.;


-ĄFerrán-la toalla!-le dijo.;


-Gracias Margaret, que Dios te lo pague-, le dijo sonriendo.;


-Ferrán se paró de inmediato en la entrada de la Biblioteca, preguntó por Enrique, o algunos de los Padres del grupo de enlace.;


-Enrique ,¿lo han visto? No, salió pero no ha regresado.;


-ĄBúsquenlo, es urgente!-;


-Treinta y cuatro minutos, Ąes insólito!- decía Ferrán mirando el reloj.;


-Enrique se perdió, Ąque bárbaro! -Tengo que tomar una decisión urgente-;


-Lorenzo ven acá, tienes una misión histórica que cumplir, eres el más indicado, hay que llevar esta toalla hasta la sacristía del Papa o no comienza la misa, pero rápido ¿comprendes?.;


-Claro-, afirmó Lorenzo.;


-ĄAvanza Lorenzo, valor, que no te detengan los cordones de seguridad. -le dijeron-;


Ferrán lo acompańó hasta la mitad de la calle, a pocos metros de comenzar el primer cordón de la seguridad cubana. Al flaco Lorenzo con sus espejuelos de oro y su incipiente calvicie no le hacía falta ponerse los hábitos para que le dijeran padre.;


Entabló el primer diálogo con el oficial cubano.;


-Mire compańero, yo trabajo en la Biblioteca, esta es la toalla del Papa, sino la recibe, no comienza la misa; usted lo ve sentado en el Papamóvil, sólo está esperando por esta humilde toalla, tiene que dejarme pasar, - dijo con convicción.;


-Compańero aquí la seguridad está compartida, por mi lado lo puedo dejar pasar, yo lo registro y lo dejo pasar, pero el problema son los italianos, ellos tienen también gran responsabilidad-;


-Pues regístreme y déjeme pasar- ańadió Lorenzo.;


-No, pase hasta el cordón italiano-;
No había terminado de decirlo y ya Lorenzo se encaminaba veloz hasta el Oficial italiano.;


-Mire oficial, yo llevo la toalla del Papa-, afirmó Lorenzo con más energía de la usual, mostrando la pequeńa bolsa de nylon.;


El italiano lo miró de arriba abajo, abrió los ojos, dijo una exclamación ininteligible para Lorenzo, lo agarró de un brazo y caminó con él varios metros.;


-Estoy preso - pensó Lorenzo, -hasta aquí llegó mi misión-;


-ĄAvanti, ! ĄAvanti!- le gritó el oficial de la Seguridad del Vaticano, seńalándole con el índice que siguiera hasta el otro cerco.;


Lorenzo se sintió más aliviado, aunque el corazón le deba unos latidos tan fuertes, que creía que si se le acercaban, podían notar los brincos que tenía en el pecho. ;


-¿Hey, adónde va?. Lo interceptó un oficial de la Seguridad Cubana.;


-Mire compańero, yo traigo la toalla del Papa, si no se lava, no puede oficiar la misa, esa es la causa por la cual todavía no ha empezado-.;


-¿Tu estás seguro?.;


-Si compańero yo trabajo ahí en la Biblioteca y me dieron esta tarea de Patria o Muerte-.;


-Espera, voy a preguntar- se alejó de Lorenzo y comenzó a hablar por la radio portátil, -me autorizan que lo acompańe hasta la Seguridad del Papa, ¿Bien?.;


-Lorenzo miró la sacristía y el Papamóvil, ya estaba tan solo a treinta metros, ;


-puedo lanzar el bulto con la toalla para que caiga cerca de la sacristía, pero es una locura-. Musitó.;


-Llegó junto al italiano que hablaba un espańol perfecto.;


-Mire seńor- comenzó Lorenzo.;


-Dice que tiene una toalla para el Papa- intervino el oficial cubano -y que si no la entrega no puede comenzar la misa.-;


-Déme usted urgente esa toalla- casi se la arrebata de las manos a Lorenzo y en fracciones de segundos, llegó a la pequeńa caseta de la sacristía.;
Lorenzo miró al Papamóvil y creyó ver un saludo como si supiera lo que él había hecho.;


-Más nadie le hizo caso a Lorenzo, que feliz se dispuso a regresar después de haber cumplido una de las misiones más importante de su vida como fiel católico.;
Nadie registró la bolsa de nylon que contenía una toalla, según afirmaba el portador.;


-Oiga ¿a dónde va?, lo interceptaron dos oficiales cubanos y uno italiano.;


-Bueno, mire yo entré porque traía una toalla para su Santidad.;


-ĄQuééé...! no, no puede ser; T-1 a T-4... T-1 a T-4... aquí tenemos un ;
sospechoso que dice...;


El Papa, apareció en el altar, la misa comenzó;


PD.-Días después se recibió un pequeńo paquete, con la toalla para entregar en la Biblioteca Nacional. La compańera Margarita guarda en un lugar destacado de su casa, la toalla que el Papa usó para celebrar la última misa en cuba.;
Fernando Ravelo;


Nota.- Este cuento se ha podido hacer, gracias a las orientaciones del cro. Lázaro Hernández, funcionario de la Biblioteca Nacional ŤJosé Martíť;
Fernando Ravelo ;