Cultural

Día mundial de la traducción

San Jerónimo. o cuando la metáfora traduce la duda

— Christian Balliu —

traducido del francés por Ana Paula Miranda;


Todos sabemos que el oficio de traductor se inició desde tiempos remotos y el Génesis nos da suficientes muestras de que la traducción fue un remedio contra el orgullo de los hombres y su vicisitud más grande, la torre de Babel.;


Ante esta tarea peligrosa, marcada por la desconfianza plurimilenaria, el traductor consciente de su función de mensajero interlingüístico, se encontró con numerosas dudas en cuanto a la posibilidad de transmitir un mensaje con todos sus contenidos, ya fueran éstos semánticos o estilísticos. Las innumerables persecusiones, de las cuales fueron víctimas los traductores, acentuaron esta duda en el transcurso de los siglos, a fortiori en materia de traducción bíblica, en la que el emisor es el Verbo Divino. ;


Ningún traductor riguroso, agobiado por las dificultades de su oficio, puede sustraerse responsablemente de la serie de tormentos del alma que son, sin embargo, la clave indispensable en su búsqueda del Otro. ;


Cuando, con justa razón, evocamos la duda como compańera de fortuna - y, a veces, de infortunio - del traductor, estamos refiriéndonos directamente a una concepción de la actividad traductora, que, más allá de las meras preocupaciones lingüísticas que afloran después de un primer análisis, entra de lleno en el mundo fascinante de la sociolingüística. En otras palabras, si bien la obra original es evidentemente el producto de una época y de sus preocupaciones más profundas, el traductor a su vez está íntimamente ligado a los contextos socioculturales en los cuales ejerce sus talentos. Basta decir que él trabaja para un público - un receptor - que va a influenciarlo, no solamente en sus opciones estilísticas, sino también - y sobre todo - hasta en la selección del tema y del autor que se se deberán adaptar al idioma extranjero. ;


Nada nuevo bajo el sol, me reclamarán algunos, y con justa razón. Sin embargo, esta primera verdad se olvida a menudo cuando se trata de las Santas Escrituras, como si la naturaleza y la textura misma de los textos sagrados escaparan de las huellas del tiempo y se refugiaran en una verdad eterna e intangible, ajena a los caprichos de las épocas siguientes. La naturaleza misma del texto bíblico y el molde doctrinal en el cual se fundió parecen impregnar la actividad de sus traductores, quienes debían sustraerse de las tentaciones de una traducción libre y limitarse a la reproducción fotográfica de los textos originales. La Iglesia se ha mostrado siempre muy escrupulosa en materia de traducción bíblica, alegando que una traducción debe equivaler al original. A decir verdad, este es el sueńo inaccesible de cualquier traductor. ;


Así fue cómo la Iglesia Católica, en el Concilio de Trenta (1546-1548), reconoció oficialmente la Vulgata, versión latina de la Biblia realizada por San Jerónimo. Aquella época estaba fuertemente estigmatizada por las guerras religiosas : el catolicismo buscaba cómo asentar el dogma para rechazar el avance de los protestantes en Europa y de los Huguenotes en Francia.;


Lo que menos se conoce - sin pretender establecer una comparación absoluta - es que el siglo XVI presentó, en el plano religioso, algunas características que no dejan de recordarnos las vicisitudes del cristianismo en el Imperio Bizantino.;


Bajo el reinado de Constantino (306-337), el Imperio Romano encontró nuevamente la unidad que había perdido durante 120 ańos, desde el advenimiento de Marco Aurelio (161), hasta el reinado de Diocleciano (284). A partir del ańo 324 y de su victoria sobre Licinio, Constantino se afirmó como el amo de todo el Imperio. Su conversión previa, realizada tanto por interés como por convicción, culminó con el reconocimiento legal del cristianismo. Aún más, a partir del ańo 337, solamente el cristianismo gozaba del favor imperial, mientras sólo se toleraba el paganismo, al que todavía no se perseguía. Se puede decir que, a partir de aquella fecha, las posiciones tradicionales respectivas del cristianismo y del paganismo se invirtieron irremediablemente y el corto reinado de Julián el Hereje (361-363) no logró revertir, por supuesto, esta tendencia. ;


La gran crisis del siglo III se puede atribuir, en orden de importancia, a los tres factores siguientes:;


- las invasiones bárbaras de los Persas, Germanos, y otros...;
- la anarquía militar en el Imperio: los soldados ponían y deponían a los Emperadores ;
- las epidemias y guerras que diezmaron considerablemente la población y provocaron una crisis económica muy grave, aún cuando Occidente haya resultado más afectado que Oriente, esta parte rica del Imperio donde Constantino se apresuró, además, a establecer su capital. ;


Esta gran depresión alimentó la angustia de los habitantes, desencadenando una verdadera crisis espiritual. Al prometer a sus seguidores una felicidad en el más allá, algunas religiones orientales ofrecían un paliativo a las angustias del tiempo, lo que las llevó a experimentar un desarrollo inédito. Además, el miedo condujo a muchos paganos a buscar un principio divino superior, tras la proliferación de los cultos paganos en aquella época. Este contexto muy particular favoreció el surgimiento del cristianismo, que, paulatinamente, se volvió un movimiento de masa cada vez más estructurado. ;


El cristianismo, que ante todo era una secta "triunfadora", se impuso desde la primera parte del siglo IV. Pero, casi paradójicamente, su consolidación también fue una fuente de peligro, ya que en competencia directa se desarrollaron una serie de herejías : el arianismo, el monofisismo y, además, el nestorianismo que, a través de Hunayn Ibn Ishag, contribuyó mucho al auge de la Escuela de Bagdad a partir del siglo IX. Estas herejías obligaron al cristianismo a estructurarse y fijar el dogma, a través de los grandes concilios, tales como los de Nicea, Efeso y Calcedonia. ;


Era inevitable, por lo tanto, en el doble contexto de una religión que debía imponerse y a la vez combatir corrientes rivales, que la Biblia, fermento de unidad dogmática, se tradujera de manera monolítica, para dar una homogeneidad a las versiones dispersas que circulaban en el Imperio Romano. Estas eran conocidas con el nombre genérico de Vetus Latina o Vetus Itala. En otras palabras, se trataba de eliminar la duda que podría surgir en el espíritu de los cristianos y ganar para la causa del cristianismo, tanto a paganos como a herejes.;


A este respecto, no olvidemos la importancia del contexto lingüístico, a menudo subvalorado y sin embargo vital para la época. El imperio Bizantino era bilingüe, pero los tiempos eran propicios para un trabajo de tal envergadura, ya que la lengua griega, que había experimentado mucho auge en el Imperio Romano hasta finales del siglo II d.c., estaba sufriendo un marcado retroceso desde la segunda mitad del siglo III. ;


Como consecuencia de ello, la necesidad de traducción se hizo apremiante por el retroceso del griego que había sido, como acabamos de seńalar, omnipotente hasta entonces. Es conveniente recordar que no fueron los judíos quienes introdujeron la Biblia en el mundo occidental. Estos eran muy numerosos en Roma, desde el reinado de Augusto (-63,+14). Eran helenizados, leían la Ley y a los Profetas en griego, y los convertidos al judaísmo pertenecían al mundo griego, casi tan numeroso en Roma como el pueblo meramente latino. ;


Los prosélitos, que se encontraban sobre todo en las provincias, generalmente no entendían bien el griego y fue para ellos que se tradujeron primero el Nuevo Testamento y luego el Antiguo Testamento, siendo éste la prefiguración e introducción de aquel. Así fue cómo se manifestó la necesidad de traducir en latín, para el uso de los fieles, el contenido de la Biblia, al igual que las traducciones siria, copta o armenia. ;


Se sabe además que sólo la Septuaginta, por razones mágicas que remontan a la Carta de Aristea, era depositaria de la verdad divina, contenida en el original hebraico y griego. Como consecuencia, el trabajo de San Jerónimo iba a tornarse más complejo y más ingrato que lo que un análisis superficial podría suponer.;


En efecto, la nueva versión -y utilizo esta palabra a propósito- no pretendía reemplazar o descalificar una versión griega anterior, seńalada como caduca o poco confiable, sino responder a un reto esencialmente lingüístico, en el que la mayor preocupación del traductor - ser el fidus interpres- era la de impregnarse del Verbo Divino y de su copia griega, para mantener una fidelidad a un doble original, y sobre todo a las palabras, que la pluma del traductor no debía alterar por ningún motivo.;


Nos damos cuenta de que en aquella época, y respecto al tema que aquí tratamos, la fidelidad llegaba casi hasta respetar los números oratorios, tales como los definiera Dolet, aproximadamente doce siglos más tarde. Esto se explica por el hecho de que la misión del traductor bíblico en lengua latina consistía en erradicar la duda capaz de sembrar la confusión en el espíritu de los fieles.;


Los tiempos eran entonces favorables, por no decir propicios, a una traducción latina que colmara las lagunas de la Vetus Latina y se basara, según la mentalidad de la época, en la Septuaginta. San Jerónimo había llegado en el momento oportuno o, para ser más exacto, su trabajo estaba condicionado por el contexto sociopolítico del siglo IV.;


Eusebius Hieronymus nació casi en el ańo 347 (Grützmacher dio una fecha que oscila entre los ańos 340 y 350), en los confines de Dalmacia, más exactamente en;
Estridón, como lo escribió él mismo en el De Viris illustribus, 135. Según Bulic, Estridón pertenecía a la actual ciudad de Grahovo, situada a unos 30 kilómetros al noroeste de la desembocadura del Río Kotor.;


En esta región, el cristianismo estaba muy arraigado, por no decir triunfante. Aunque el Emperador seguía siendo el Pontifex maximus del paganismo, favoreció deliberadamente al cristianismo, a partir de Constantino, de manera que se fueron fundiendo religión y Estado. Esta santa unión se consagró en el ańo 380, cuando Teodosio I instituyó el cristianismo como religión de Estado. Paralelamente, a partir del siglo II, se evidenció un traspaso gradual del poder hacia la parte oriental del Imperio. Si bien Constantino transfirió la capital de Roma a Constantinopla, por razones políticas y económicas, es preciso conocer que desde hace mucho tiempo los Emperadores ya no residían en Roma. Elegían Treveri, Nicomedia o quizás Salone, un magnífico palacio a la orilla del mar. Diocleciano era además oriundo de Naissus y Dalmacia participaba de la órbita cristiana. ;


Jerónimo reivindicó su pertenencia a una familia cristiana y se refirió a ello en una de las pocas alusiones a su infancia que se permitió en su obra : ;
(..) et ab ipsis, ut ita dicam, incunabulis catholico sumus lacte nutriti...;
y desde que nacimos, por así decirlo, bebimos la leche de la fe católica.;


Además de confesar su religión, se aprecia aquí una de las primeras metáforas físicas siempre presentes en su obra de comentador de las Santas Escrituras, y especialmente en sus Epistolae (Cartas), en total 120, en apróximadamente 3000 páginas. Escribió esta carta a Teófilo, Obispo de Alejandría, en respuesta al ataque de Juan de Jerusalén contra los monjes de Belén. La respuesta de Jerónimo se basa, por supuesto, en motivos religiosos y no en argumentos filológicos. ;


La duda que embargó a Jerónimo no tuvo que ver con su compromiso - su retiro en el desierto de Chalcis a 150 millas de Antioquía o quizás a Belén, así como los 15 ańos dedicados a la traducción de la Biblia, lo demuestran sin lugar a dudas - sino con las opciones filológicas que fundamentaron su concepción científica de la actividad traductora.;


Primeramente veamos ¿en qué consiste esta concepción científica? Primero en la decisión de no conformarse con la Septuaginte como original único. ;


No se sabe con exactitud cúando es que Jerónimo se dedicó al estudio del hebreo. Sin embargo, es seguro que dominaba el hebreo cuando llegó a Roma en 382, a solicitud del Papa Dámaso. Las informaciones al respecto son escasas y fue el mismo Jerónimo quien nos las proporcionó en su correspondencia. Aprendió el hebreo en el desierto de Chalcis donde se refugió desde el ańo 375 hasta el 378, deseoso de llevar una vida de asceta y penitente. Al parecer, la muerte de uno de sus amigos más íntimos influyó mucho sobre esa decisión. Esa cruel pérdida le inspiró otra metáfora física :;


Jerónimo nos cuenta al final de su vida - escribió la mayoría de sus Epístolas en aquel momento- cuánto le costó aprender el hebreo, esta lengua con sonidos estridentes que surge de lo más profundo de la garganta. En varias oportunidades abandonó esta labor, retomándola posteriormente, al ceder al encanto de las Santas Escrituras. La duda que lo invadía incesantemente en la soledad del desierto, se desvanecía ante los frutos cosechados (...) ;


El método de trabajo de Jerónimo fue ante todo estudiado a través de la Carta a Pammaquios, un senador romano amigo de San Agustín, que se presenta a veces como un tratado de traducción, cuando en realidad se trata de una justificación de las opciones filológicas y sintácticas de su traducción. Esta carta titulada De Optimo genere interpretandi, y en la que se basa Michel Ballard en su libro De Cicerón a Benjamín, es, según Valéry Larbaud, "la puerta monumental por la que se accede a la obra traductora de Jerónimo" (...). ;


Se puede decir que las opciones de traducción de San Jerónimo consistieron casi siempre en un compromiso entre la necesidad de fidelidad absoluta a la hebraica veritas y las dificultades propias de las diferentes fuentes y versiones que éstas contenían. Jerónimo estaba consciente de algunas dificultades en sus traducciones y reivindicaba el derecho al error. Sus propias dudas, al igual que las de sus detractores, alimentaron el sentimiento de tristeza intensa que sentía al final de su vida. (...);


Los historiadores - y el campo de la traducción no constituye una excepción - intentan muy a menudo enmarcar las ideas de los autores en un esquema teórico muy estrecho, y ello, por una comodidad articulatoria. En la realidad, el pensamiento de un autor es a menudo complejo, llegando incluso en algunos casos a contradecirse. Es la naturaleza humana, y sobre este punto al menos, ninguna duda persiste. ;
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Tomado de Le Journal du Traducteur, No 9;
París, 1996;
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