Cultural

Carlos Martínez Rivas: ¿Poeta maldito?


Erick Aguirre

Siempre que intento reflexionar sobre la vida y la obra de Carlos Martínez Rivas (y en el primer caso, el de su vida, me refiero a lo poco que conocí de ella), casi siempre llego a la conclusión de que fue una especie de místico desencantado, un hombre formado sobre valores cristianos (más bien católicos) que poco a poco se fue asqueando del orden o la forma en que el medio social o las personas que se sitúan en los diversos estamentos de su jerarquía, acomodan esos valores, distorsionándolos y manipulándolos de tal forma que acaban por herir, irrestañablemente, la profunda sensibilidad de un artista como él. De ahí, quizá, su actitud de aislamiento, de rechazo al mundo; el tono de ironía y de profunda irritación en sus poemas.
Todo esto se manifiesta en algunos aspectos fundamentales de su obra. Uno de ellos lo constituyen las referencias bíblicas constantes, cotidianizadas y extrapoladas de manera que llega a ser evidente su contraste, y a la vez su original o radical asociación con el engranaje ético-social del mundo moderno. Otro aspecto es el reconocimiento íntimo de la autodestrucción como una especie de mandato divino o de ley inexorable de la divinidad: en la medida en que envejecemos, en esa misma medida el alma y el cuerpo se nos van corrompiendo. Nuestro crecimiento, tanto espiritual como biológico, es una degeneración inexorable. Basta recordar este verso: “por más dulce que sea la llegada de los bebés, ¡por el amor de Dios!, si no han de cambiar todo, no sé a qué vienen”.
Pero este aspecto a su vez comprende diversas bifurcaciones temáticas: el matrimonio, las relaciones amorosas, el adulterio, la individualidad irritada de quien reconoce al mundo con asco; la transitoriedad e inutilidad de la inocencia; la música, la pintura, y la poesía misma como herramienta para elaborar un planteamiento solitario, pero abiertamente rebelde.
Personalmente no creo en el mito de poeta maldito que se le endilga a Carlos Martínez Rivas. Poetas malditos, según entiendo, son aquellos que trastocan (no sólo con su obra sino con la promiscuidad y las irrestricciones de su propio comportamiento) los valores sociales, éticos o religiosos con los que les toca vivir. Llegan a ser bisexuales, proxenetas, y por lo general son fundamentalmente esnobistas, y en los mejores casos esnobistas geniales. En Carlos Martínez más bien advierto la actitud de un monje rebelde, un hombre profundamente religioso pero decepcionado de la misma religión; un hombre que hasta el final de su vida dudó si creer más en Charles Baudelaire o en Jesucristo. Sentía, quizás, en su interior, el fuerte impulso de su formación cristiana (recordemos la influencia de su tutor y amigo, el poeta y cura jesuita Ángel Martínez Baigoirri) empujándolo al remordimiento; pero también el contradictorio impulso de rechazo y de asco frente a la hipocresía con que habitualmente esa religión, tan cara para él, se manifiesta en la vida cotidiana.
Si nos fijamos bien en algunos de sus poemas de juventud, quizá de las primeras secciones de “La insurrección solitaria”, sobre todo en la edición de la Editorial Nueva Nicaragua en 1982 y la de Editorial Vuelta de México en 1994, que incluyen en primera instancia su poema juvenil “El paraíso recobrado”, Carlos Martínez manifiesta cierta armonía con el mundo, con las cosas y el ambiente que lo rodean.
Sin embargo, sucesivamente, sus poemas luego se van oscureciendo, empieza a manifestarse el canto del insurrecto solitario, del hombre auto-aislado rechazando a un mundo que lo ha defraudado y al que hace objeto de su sarcasmo y su ironía.
Por eso creo que su admiración por Baudelaire no decanta en imitación o en veneración. Martínez sabía que los caminos que lo llevaron a desembocar en la rebeldía fueron distintos. No creo, por ejemplo, que hubiese prodigado mucha admiración por las “Letanías a Satán”, del poeta francés. Probablemente los preceptos teóricos sobre pintura, escritura y realidad urbana que escribió Baudelaire en alguno de sus ensayos, hallan sido tomados en cuenta por Martínez al momento de proponerse la estructura poética de su obra. Su identificación fue más estética que ética, aunque se debe reconocer que, en ambos aspectos, el influjo es notable.
Pero quiero insistir en que el caso de Martínez es el de un religioso rebelde, asqueado, decepcionado, aunque en el fondo temeroso de Dios o de la Divinidad, como quiera llamársele. Recordemos, por ejemplo, el final del poema “Pentecostés en el extranjero”: “Porque creemos en el Espíritu Santo hacemos fraude, porque aun a costa del fraude y de los juegos de vocablos, continuamos para perpetuar la amenaza, inventar la necesidad, mantener el peligro en pie, mientras retornan esos tiempos que el hombre ya ha conocido antes”. Un canto de espera, como bien dijo Octavio Paz.
Me atrevería a decir que la poesía de Carlos Martínez es casi incontaminada, al menos en cuanto a influencia temática o “filosófica”, si así podría llamársele. La veta temática de Martínez Rivas es muy particular. Sin embargo, respecto a ciertas influencias estéticas que se le adjudican, yo sólo incluiría a Darío y a Joaquín Pasos. El resto de su influencia las encontramos fuera de nuestras fronteras. Se podría mencionar, quizás, a John Milton, a algunos poetas del Siglo de Oro Español, a Paul Claudel (curiosamente un poeta católico francés), a Baudelaire, Wordswoth, Novalis, Wiliam Blake, Lord Byron, entre otros.
Por otra parte, la obra poética de Carlos Martínez, según subraya el mismo Ernesto Cardenal, está escrita en un lenguaje claro, sencillo. Un lenguaje que, según el pronóstico acertado del propio Cardenal, se fue oscureciendo poco a poco hasta lograr una de las mejores obras poéticas de Hispanoamérica. En realidad, los poetas locales que más han influenciado a las generaciones nicaragüenses de mediados y finales del siglo XX son Ernesto Cardenal y Carlos Martínez Rivas. En menor medida, también, Ernesto Mejía Sánchez y Pablo Antonio Cuadra. Pero Carlos y Ernesto son, definitivamente, quienes marcan la pauta al final del siglo.
Es claro que la poesía de Cardenal es más fácil de imitar o más proclive a la influencia sobre algunos poetas nóveles preocupados por “cambiar la vida”. Sin embargo, pese al influjo cardenaliano preponderante en cierta época, pese incluso al enorme esfuerzo desplegado en los 80 para propagar su poética a nivel nacional, no llegó a ser más que otra tendencia. De visible influencia, pero sólo una más. La otra tendencia importante la impuso Carlos Martínez.
En efecto, la poesía de Martínez por lo general es clara, no exagera en el uso de metáforas ni las utiliza innecesariamente. Sus constantes referencias intelectuales quizá confundan al lector poco avisado, pero eso no lo hace surrealista. Sus códigos están sugeridos, mostrados como claves en muchas zonas de su obra, que bien podría compararse a una especie de campo minado de enigmas personales.
En cuanto a otras constantes temáticas, y aunque no soy un gran conocedor de las artes plásticas, es una obviedad decir que la pintura es una constante evidente en la poesía de Carlos Martínez. En algunos arrebatos descriptivos (que no son pocos) de “La insurrección solitaria”, me parece estar ante cuadros de Chagall o de Van Gogh. Aunque podría ser más importante, o interesante, percibir --como acertadamente ha señalado Steven White-- la descripción de la vida urbana moderna en “Dos murales USA”, a través de un proceso de fusión descriptivo-imaginativo, formulado a partir de la observación exhaustiva del entorno, la erudición y/o vocación pictórica y la capacidad creadora.
Por otra parte, él mismo fue un buen dibujante. Las paredes de su casa en el reparto Altamira prácticamente fueron sus murales. Allí, y en algunas tintas y dibujos que repartió entre sus amigos, está la obra del Carlos pintor, o dibujante: un hombre de tosca apariencia rasgando una guitarra, dorsos desnudos de mujeres misteriosas, casi siempre sin rostro; su gato Poe jugando entre sus libros o descansando en el sillón; hombres tristes delante de sus mesas, de sus copas, en tabernas promiscuas... Casi todos los dibujos tienen inscripciones singulares, casi poemas, escritas de puño y letra. Entre esos dibujos hay uno que me impresionó enormemente: un rostro abominable, cubierto de pelos, con orejas puntiagudas, boca y cuencas oculares oscuras, las pupilas dilatadas, finísimas, al fondo de una negrura espesa, con dos pezuñas posándose en una superficie aparentemente blanda, donde se lee esta inscripción: “Así vi al Diablo anoche; posado sobre mi pecho, como un juguete horrible”.
Volviendo a la afirmación de Cardenal respecto a la claridad y sencillez del lenguaje poético de Martínez, y del pronóstico de oscurecimiento posterior, creo que fue Beltrán Morales quien dijo que Carlos oscureció tanto su poesía que casi cae en el peligro que el mismo Cardenal también señalaba para Ernesto Mejía Sánchez: el de preocuparse excesivamente por lo exacto y meticuloso de la expresión.
El propio Morales, en 1964, esperaba “con fe no exenta de cinismo”, reconocer en la poesía futura de Carlos Martínez una mixtura del dulce y adolescente “Paraíso recobrado”, y el sabio, intelectual y preciso ejercicio poético de “La insurrección”.
Un colega me comentó alguna vez que, a pocos días de su muerte, una periodista de TV entrevistó al poeta, quien prácticamente pidió perdón y se arrepintió de todo lo que en vida consideró incorrecto; inclusive, dijo que después de su muerte lo que más quería era ser olvidado. Y ahora, sigo sin entender por qué se disculpó, si acaso lo hizo. Reconocerse imperfecto es una de las cosas que rehuyen los cristianos empecinados, aquellos que creen estar en el deber de imitar a Dios. Por eso es que insisto en esa recóndita religiosidad de CMR, esa desazón por no encontrar en el ser humano (empezando por él mismo) la perfección de Dios.