Cultural

Nuevas reflexiones sobre nuestra historia


Agradezco sinceramente la referencia ofrecida por Esteban Sandino sobre la defensa que hizo el poeta Coronel Urtecho de sus propias Reflexiones sobre la Historia de Nicaragua, ante las críticas realizadas por Rodolfo Cardenal Chamorro; referencia que desafortunadamente no logré localizar durante mi reciente estadía de investigación en Managua.
El aporte de Sandino corrige mi apreciación equivocada, pero más importante aún es que manifiesta que comparte la necesidad de debatir profunda y honestamente, con altura, sobre nuestro pasado, e insisto yo, las versiones e interpretaciones que sobre ese pasado se “enseñan” en los centros educativos de primaria y secundaria a los/as nicaragüenses más jóvenes, los/as futuros/as ciudadanos/as, que era el tema central de mi escrito publicado el pasado 9 de septiembre.
En ese sentido me parece que es indispensable que construyamos un consenso sobre qué historia ha de enseñarse a nuestros escolares. De lo contrario, seguiremos en las mismas rupturas, omisiones, censuras y manipulaciones que han predominado en esta materia en las últimas décadas; al extremo que las tres últimas generaciones de nicaragüenses han estudiado y aprendido, cada una, una versión y una interpretación totalmente diferente sobre su propio pasado nacional.
Quienes estudiaron su primaria en la década de 1970, los/las que lo hicieron en la década de los 80, y quienes lo han hecho desde 1991 a la fecha podrían decir que han estudiado una historia distinta, como si se tratara de la historia de un país diferente. El asunto es de extraordinaria importancia pues de él también depende la forma cómo se imaginan y se imaginarán su nación los/as nuevos/as nicaragüenses, cómo se concebirán a sí mismos y qué concepto tendrán de su propio país.
El historiador Marc Ferro sintetizó lo importante y decisivo que resulta la enseñanza de la historia en la formación de la identidad y el carácter de los escolares, al afirmar que “la imagen que tenemos de otros pueblos y hasta de nosotros mismos está asociada con la historia, tal como se nos contó cuándo éramos niños”. Otros especialistas, como Jorge Castro, Olga Hoyos o Mario Carretero, también han resaltado el papel decisivo de la enseñanza de la historia en la construcción de lo que se ha dado en llamar la “identidad nacional”, así como en el fortalecimiento de la memoria colectiva en los grupos sociales y nacionales.
Lo anterior señala lo importante que es si enseñamos a nuestros/as niños/as que en el período colonial se vivió una paz idílica o un sistema de explotación y opresión de los pueblos originarios, o ambas cosas: paz para unos pocos y opresión para la mayoría indígena; si la república conservadora sentó las bases del Estado nicaragüense con pilares de honestidad en un período en que reinó la paz, o si fue también un proceso en que se siguió explotando a los más pobres, despojándolos de sus tierras, ahora para el cultivo del café. O si en 1990 los nicaragüenses eligieron un gobierno democrático o votaron por esa opción política ante el temor de que continuara la guerra que patrocinaba el gobierno estadounidense.
Los anteriores son sólo tres ejemplos de lo que yo llamo nudos y desencuentros en nuestra visión del pasado. ¿Cómo conciliamos esas interpretaciones tan opuestas? ¿Cómo construir un texto escolar de historia que recoja esas diferentes perspectivas? ¿Seguirá cada nuevo gobierno imponiendo su propia versión del pasado nacional --la que legitime su proyecto político--, sin importarle la formación de una sólida conciencia histórica nicaragüense; o como historiadores tomaremos en serio la enseñanza de nuestra historia?
Interrogantes como esas también deben estar sobre el tapete en cualquier debate sobre la enseñanza de nuestro pasado, y deberían ser inquietudes compartidas por todos nuestros historiadores; y desde aquí doy ya la bienvenida a nuevos aportes.
Para finalizar quiero manifestar mi desacuerdo con la opinión de Esteban Sandino cuando considera obsoleta la tesis de Cardenal Chamorro, pues considero que no lo es. Por lo menos no completamente. El trabajo de Cardenal Chamorro responde a su tiempo, pero sobre todo responde, y muy bien, a las reflexiones de Coronel Urtecho; especialmente al desbaratar esa imagen de la paz idílica que, según el capitán de la vanguardia literaria de Granada, se habría vivido durante la colonia.
Si bien Sandino no ofrece las razones de por qué califica de obsoleto el estudio del jesuita, uno podría suponer que se debe a su enfoque marxista. Considerar obsoleto al marxismo por los fracasos o las atrocidades que se han cometido en su nombre equivale a condenar al cristianismo por los crímenes --como los recientes casos de pedofilia que recientemente llevó a los tribunales a purpurados de México y Estados Unidos-- que a lo largo de su historia han cometido miembros del clero católico.