Cultural

Isolda Rodríguez en la Academia


El martes 18 de septiembre, en la sede de la Academia Nicaragüense de la Lengua (Las Colinas), se realizó la ceremonia de ingreso, como individua de número, de Isolda Rodríguez Rosales, electa desde el año pasado por unanimidad. Hasta entonces, sólo dos mujeres habían merecido esta categoría: Rosario Fiallos de Aguilar (León, 1938), por su notable obra novelística, y Ana Ilce Gómez (Masaya, 1945), en virtud de su singular creación poética.
El director, Jorge Eduardo Arellano, comenzó ponderando a la recipiendaria con estas palabras: “Hoy ingresa otra mujer, esta vez muy vinculada al conocimiento del idioma desde la universidad, autora de varios cursos de lengua española; y una maestra que ha ejercido la crítica, centrada principalmente en los discursos narrativos, asimilando y aplicando las teorías modernas. Escasos son los aportes que en este aspecto fundamental de nuestra literatura podrían parangonarse a los de Isolda. Pero no citaré títulos. Julio Valle Castillo, en su momento, reconocerá sus valores.”
“Sólo quiero señalar –continuó-- que nuestra nueva colega ha demostrado en su trayectoria un constante afán de superación. Así lo revelan sus incursiones en el cuento y el relato (un par de libros dan fe de esa capacidad vocacional) y, sobre todo, tres volúmenes, casi inadvertidos en nuestro medio. Me refiero a los que ha consagrado --tras obtener la Maestría en Historia al desarrollo diacrónico de la Educación en Nicaragua, correspondiente a los períodos 1893-1909, 1910-1928 y 1959-1979. Nadie más se ha entregado a esa valiosa tarea”.
Y concluyó: “Solo quiero justificar personalmente los méritos por los que Isolda Rodríguez Rosales --la profesora, la crítica, la cuentista, la historiográfica de nuestra Educación-- se incorpora a la Academia para ocupar la silla R, coincidente con la de sus dos apellidos.
Si el discurso de la recipiendaria versó sobre Lizandro Chávez Alfaro y su labor desmitificadora de la Historia en la novela Trágame tierra (1969), el de contestación de Julio Valle-Castillo, justo y sabio, amplió el tema sobre Chávez Alfaro y precisó con exhaustividad y humor los aportes de Rodríguez Rosales a las diferentes facetas de nuestra vida intelectual.