Cultural

Las máscaras del texto


Dentro de la literatura nicaragüense contemporánea, Erick Aguirre (Nicaragua, 1961) ha sido una voz contrastante, audaz en cuanto a sus pruebas creativas, que resguardan bien a un escritor que ha sabido evolucionar estilísticamente, y por otro lado, un autor más bien parco, de pocos títulos, a pesar de una extensa y por demás apreciable producción como articulista y ensayista.
Títulos como el poemario Pasado meridiano, la colección de ensayos Juez y parte, homenaje-ajuste de cuentas a las influencias literarias o las novelas Un sol sobre Managua y Con sangre de hermanos, experimentales y experimentadas, aunque acaso no del todo resueltas, revelan a un escritor que se arriesga y tiene instinto creativo.
Las máscaras del texto --Proceso histórico y dominación cultural en Centroamérica-- (Ediciones de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Nicaragua, 2006. 240 pp.) da un paso más en la permanente evolución de Aguirre, quien se separa, pero no se desentiende, del ensayo libre, y se decide por un libro de estudios críticos sobre historia de la literatura, desde un punto de vista académico, marcadamente historiográfico e intervenido por el rigor de las ciencias literarias, e incluso por el análisis sociológico.
Dividido en cuatro capítulos, Las máscaras del texto revisa a la literatura nicaragüense en particular y a la centroamericana en general en diversos períodos de su evolución histórica, revisión que echa mano del estructuralismo y del constructivismo para plantear y plantar sus propuestas críticas respecto de la literatura y la sociedad centroamericanas. Aguirre de lleno en los terrenos de la academia.
Aunque no siempre con resultados bien consumados, Aguirre es uno de los escritores de su generación que mejor ha evolucionado. Las máscaras del texto significa en tal sentido un giro de 180 grados respecto de Juez y parte, ya que mientras en éste el escritor no esconde sus entusiasmos y reticencias, en aquel manifiesta un pleno dominio discursivo, a más de equilibrio en cuanto a sus juicios.
Las máscaras del texto pretende un acercamiento a los textos y autores canónicos en la literatura nicaragüense, entendidos como parte del proceso de establecimiento de una identidad nacional, que para bien y para mal sigue vigente.
¿Literatura canónica? La literatura consagrada como la máxima expresión cultural centroamericana, aquellos autores y textos que podemos llamar “nuestros clásicos” y que, en su mayoría, han ubicado a la literatura centroamericana en el mapa literario hispanoamericano. “Los Balcanes de América”, se insiste en llamar a las repúblicas centroamericanas, que son siete, y no cinco, por más que los puristas y puntillosos, con un pobre criterio segregacionista, excluyen del Istmo a Panamá y Belice.
La presencia activa de voces como las de Rubén Darío, Miguel Ángel Asturias, Rafael Heliodoro Valle, Salvador Salazar Arrué “Salarrué”, Rogelio Sinán o Eunice Odio, desdice, sin embargo, y con justeza, la expresión doblemente racista: hacia los centroamericanos y hacia las repúblicas balcánicas.
Un acierto por lo demás, Aguirre incluye en Las máscaras del texto no sólo a los escritores que se han ganado un lugar en las historias de la literatura, sino también a los menos conocidos, saludando con este gesto la labor ingente y constante de varias generaciones de escritores que no han mantenido en movimiento y ágil la creación literaria “bajo el nicaragüense sol de encendidos oros”.
Dividido en cuatro capítulos, como ya anoté, Las máscaras del texto aborda la evolución literaria nicaragüense, a grandes rasgos, desde la tradición indígena, tanto prehispánica como colonial, a las tendencias actuales.
La primera mitad del libro está compuesta por “Representaciones literarias del indígena. Mediación, alteridad y hegemonía” y “La Carreta Nagua. Narración mítica y dominación cultural”, mientras que la segunda se compone de “Novelas de la anarquía. El patrimonialismo como herencia histórica” y “El otro, el mismo. Discurso crítico y modernidad ideológica de Rubén Darío”.
De los cuatro capítulos, los que más llamaron mi atención fueron los dos primeros, acaso porque en ambos Aguirre deja patente su interés por atender de un modo asaz interdisciplinario, pero a la vez lleno de animosidad espontánea, la aparición de los rasgos personales del pueblo centroamericano. La mirada, el gesto, el perfil, la risa y las arrugas en la comisura de los labios, eso es lo que le interesa al también poeta y novelista al seguir las andanzas de la Carreta Nagua y del Güegüence, de la tradición oral y del mundo cerrado y hostil de la Colonia.
Aguirre aporta un respetable y bien estudiado aparato bibliográfico, en el que se reúnen autores tan distintos como Francisco Pérez Estrada, Jorge Eduardo Arellano, Sergio Ramírez, Nicasio Urbina y Leonel Delgado, y en el que no se pasan por alto las polémicas habidas respecto de las lecturas hechas al mundo indígena centroamericano.
Pero también Aguirre aporta una perspectiva particular del legado indígena, que para él no es tanto legado como presente, palabra viva que se renueva a través de los mitos, tal el caso de la Carreta Nagua –Náhuatl-, cuya imaginería despojada y brutal subyugara a la imaginería chocarrera y bizarra de los colonos españoles. Tal el caso, también, de las particularidades del español nicaragüense, sociolecto que, aun a despecho de la presencia del inglés, ha permanecido en contacto con sus raíces prehispánicas, tanto de la vena náhuatl como de la maya quiché y de la quechua.
Aunque escritos con brío y brillo, “Novelas de la anarquía…” y “El otro, el mismo…” me dejan ciertas reservas. Si bien Aguirre afronta con dinamismo la novelística nicaragüense, con todo y lo poco desarrollada que aún está --José Román, Mario Cajina Vega, Lisandro Chávez Alfaro y Sergio Ramírez han sido excepciones a la regla--, y aunque el autor de Pasado meridiano ha sido un lector abierto e inteligente de Darío, ambos capítulos me dejaron la impresión de que el escritor no se expresó plenamente.
En ambos capítulos, es mi opinión personal, debió distanciarse de la Academia y permitirle hablar al escritor que ha experimentado en pluma propia los sinsabores de escribir una novela, y del lector que ha advertido las ambigüedades y las trampas que Darío gustaba de sembrar en sus páginas. La academia es un espacio que sustenta, que ofrece solidez, pero que hace correr el riesgo de la petrificación. Un escritor perspicaz y arrojado como Aguirre, sabrá librar mejor, con el tiempo, ese riesgo.