Cultural

Los nuevos intelectuales

Muchos años después, me fue indiferente esa vieja película de terror de los años cincuenta, donde aquel hombre de dos cabezas que, no soportando la unión, se estrella violentamente contra un poste para dividirse físicamente en dos. No me dejó dormir durante muchas noches. Ahora que intento decir algo sobre los nuevos intelectuales recuerdo su figura

Son dos tipos diferentes, sin duda, pero que guardan un mismo tronco común. Los del tipo “Post”, son intelectuales que guardan en distintos grados un escepticismo en las grandes palabras, conceptos universales y macrosujetos de los que desconfían. Hay diferencias y subcategorías entre ellos, no obstante. Unos son descendientes de Nietzsche, nihilistas activos y amantes de las fuerzas creadoras de nuevos mundos y valores, y otros son pasivos, un poco como esas doctrinas mal llamadas “orientales”, que creen en la quietud y la serenidad, versión propia de la ataraxia griega. Otros más, no pocos, se dedican al cultivo del placer y de las delicias de la hora. A veces defienden al sistema, en un destello de lucidez que nos hace responsables y culpables a la vez de tal defensa, colocándolos como cínicos; otras veces, lo condenan junto a sus adversarios, pero todos señalan el secreto oculto de su eficacia: proporcionarnos comodidad, laxitud y deseos satisfechos que, más bien, son para ellos, pero que no advierten la más de las veces, esa parte común con los otros, los resemantizadores.
Los nuevos intelectuales usan técnicas audiovisuales, logrando, sin importar si vienen de contradecirse o no, imponerse con el último argumento que nos impresiona la retina, apoyándose en la memoria corta de las audiencias. También, al revés de los tradicionales, que exponen largos y complejos argumentos, para rematar con una lección o comprobar una hipótesis inicial, éstos escupen ideas categóricas, que necesitarían libros enteros para demostrarse y de los cuales prescinden, remitiendo a los lectores a Discovery, History Channel, enciclopedias electrónicas abiertas y corregibles por cualquiera o a vínculos situados en otra parte para compartir una responsabilidad que no les importa si se asume o no. Han leído las obras universales en lectores electrónicos de bolsillo, escuchado la música clásica en CD y disfrutado de las películas viejas en DVD, técnicas todas, aceleradoras de tiempo y eficacia.
Son más versátiles que la generación de intelectuales anteriores; también más pobres, porque proceden de capas medias bajas. Y más democráticos, condición, esta última, que les llega no de ser menos arrogantes y aristócratas, como sus antecesores, sino de una tecnología que siempre les representa en sí misma una competencia formidable en manos de un cualquiera, sino la manejan ellos mismos, para evitar las humillaciones y vergüenzas del caso que sufren los tradicionales.
Suelen escalar (venga la expresión que me salvará de ofender a algunos: “con honrosas excepciones”), como las arañas, con mucha rapidez en organizaciones de cualquier tipo, gubernamentales o no, tal vez por los desplazamientos que saben efectuar en las redes informáticas y presentarse como intérpretes, como los define Zygmunt Bauman, de cualquier paradigma de moda, turno o dominante, volviéndolos poco menos que ingenieros de discursos, después de venir de ser jueces universales, a destajo o con sueldo permanente, según calculen el costo de las adulaciones y el precio de las servidumbres. Quizás estas características debiliten protagonismos individuales, teniendo que efectuar más esfuerzo para destacarse sobre equipos colectivos muy competitivos, que los igualan en mañas y virtudes.
Saben moverse simultáneamente en la alta cultura y la cultura de masas, así como en las “otras” culturas no occidentales o premodernas. Sin desearlo, ni buscarlo, han terminado siendo tan universales como sus antecesores. No sé por qué estoy pensando en Umberto Eco. De ciencias duras, saben ligerezas, que les llegan de los paradigmas de moda que han considerado a las ciencias exactas y “naturales”, desde las humanidades, las ciencias sociales y las artes.
No sienten vergüenza de hablar de tiras cómicas, dibujos animados, telenovelas, música popular o películas universales saturadas de publicidad previa y de efectos especiales. Las usan no en los términos que lo hacen los intelectuales más clásicos, para hacerse oír con este truco a las generaciones más jóvenes, sino sencillamente porque crecieron con ellas. Y les parecería absurdo que nadie sepa quiénes son los Power Rangers, Condorito, El Exterminador, Tierra de Pasiones o Matrix. Acaso alguien puede resistirse a repetir una y otra vez ese estribillo de Los Backyardigans: “Náufragos, somos náufragos...”
Los nuevos intelectuales son, pues, una combinación de Woody Allen con los hermanos Wachorski. Para hablar dentro de los dibujos mismos, una combinación de ese hijo de la gallinita Patsy, de gruesos lentes y siempre leyendo cuando su mamá corre detrás del Gallo Claudio, con todos los demás amigos de Porky.
En música, ni nos pronunciemos. Los nuevos intelectuales quizás sean menos refinados, pero no es menor el buen gusto. Han elevado a rango universal obras populares en la sutura donde las ha juntado la cultura de masas. Y no es menos el disfrute que les llega de un Santana, que el de un Bach para sus antecesores.
Los otros son los resemantizadores, que regresan con las viejas categorías a darles un segundo aire y sólo consiguen, además del ridículo, frente a sus iguales, un esfuerzo inútil por explicar las cosas que suceden. Otros, más imaginativos, toman esas viejas categorías, las deconstruyen, a veces las rodean, las olfatean, las muerden, las quiebran por dentro y las devuelven revitalizadas y casi irreconocibles, sino fuera por la esperanza de esta vez sí, que invocan para ser aceptadas.
Los “intelectuales científicos”, si se me permite esta extraña redundancia, cuyo nacimiento le llega de los medios de comunicación que los han incorporado como especialistas (dentro de ellos mismos antiguamente eran conocidos como populizadores de la ciencia del tipo Assimov, Sagan, Hawking) y los ha terminado por desfigurar, el formato audiovisual que les obliga a decir verdades (cagarse de la risa aquí, porfa) en menos de cinco minutos, con un tipo detrás de las cámaras descontando los dedos de una mano. Cuando llegan a impresionar de verdad en hora y media, como Al Gore, imitando a Peter Ustinov en sus mejores tiempos (un político copiando a un actor y, ambos hablando de ciencias), se ven expuestos a cantidad de correcciones en revistas especializadas, que uno termina por descubrir una gran estafa (cagarse de la arrechura aquí, porfa).
Los viejos intelectuales han sufrido la indiferencia y hasta la compasión de los nuevos, por su ineptitud, odio y miedo no sólo ante las nuevas tecnologías, sino sobre todo ante los nuevos paradigmas, que muchos no comprenden o descalifican con facilidad desde sus esquemas centrales. Se abrió un nuevo modo de oponerse entre ellos; entre un saber alto, culto, elitista, y otro numeroso, horizontal y rebajado.
El intelectual de nuevo cuño puede sintetizar sin mayores traiciones los antiguos esquemas, pero a los intelectuales clásicos se les hace más difícil hacerlo con los nuevos. El puente que han reconstruido los continuadores de los intelectuales clásicos ha sido a base de resemantizar los viejos conceptos, dando entrada y lugar a los nuevos, pero sin desplazar la centralidad de los antiguos. Y, en el mejor de los casos, recobran una vez más ese aburrido equilibrio aristotélico, recurso de moderados y señoras que no quieren pelearse con nadie. Y consiguen el acuerdo de todo el mundo, porque nadie en su sano juicio puede oponerse a generalidades del tipo, “todos tienen derecho a presentar su punto de vista”, “nadie debe imponerse a los demás por la fuerza y la violencia”, “una discusión debe basarse en argumentos”, “lo mejor es la moderación y el diálogo”, etc.
Ambos comparten modos de vida, soportes escriturarios, tecnológicos, lingüísticos y diccionales. Son cobardes (de nuevo, llamas a mí: “Con honorables excepciones”) y profundamente engreídos. Qué más se puede esperar de quienes siempre han creído poseer algo que imaginan una “técnica” y no es más que un gran garrote: la escritura, el habla, la representación y el pensamiento. Todos estos desdichados se sienten solos, como el monstruo de esa vieja película de mi niñez, al estrellarse contra el silencio y la mudez, que no saben distinguir si es indiferencia, sabiduría, ignorancia o desprecio, y se parten los muy infelices, en dos.