Cultural

La escatología luminosa de Iván Uriarte


El único homenaje a Dios
es la palabra sola
forma repitiendo constantemente
el acto de la creación.

Iván Uriarte, Escatología

La poesía de Iván Uriarte (Jinotega, 1942) en Escatología (ANE-NORAD-CNE, Managua, 2005), goza de lo prístino de la palabra poética que reflexiona sobre la incapacidad del lenguaje para expresar sus verdades más profundas. En estos textos de Uriarte, el espíritu del poien se entrega con un sentido de trascendencia propio de lo escatológico para desarticular un discurso último sobre la naturaleza, el amor, la vida y la fe cristiana. Probablemente en estos discursos metafísicos no se alcance la verdad total, pero sí encontramos esa manera acertada de descubrir los seres, las cosas, el tiempo, el espacio, lo divino y lo humano, propia de la mejor poesía, aquella que vive su dasein (ser ahí).
Entre las perspectivas inéditas y singulares de la escritura poética de Iván Uriarte en Escatología, se descubre para nosotros sus lectores, un sentido de lo sagrado en lo profano. Dulces, breves, terribles y despiadadas iluminaciones. Por supuesto que para mí el iluminista de estos soberbios textos no podría ser el Duque de Berry, sino el mismísimo William Blake. Este develamiento de lo sagrado en lo profano ocurre más que en un tiempo poético lineal --crónico--,
acontece en un tiempo circular propio de los mitos. Vida y muerte, por ejemplo, son connotadas con una suerte de circularidad mítica donde la misma muerte y el tiempo se convierten en espacio congregado: el espacio de la vida y la divinidad. Aquí la poesía de Uriarte introduce algunas ecuaciones a despejar por la teoría de la relatividad o la física cuántica y que por supuesto, solamente anoto, porque obviamente ni soy cuántico ni relativólogo y desbordan la brevedad de esta presentación.
Asombra en el conjunto de poemas de Escatología su técnica del claroscuro, su dialéctica de oscuridad y luz sin nunca caer en el maniqueísmo. Por eso hablo de claroscuro, a la manera de texturizar de Rembrand que hace partir la luz espléndida de las profundas sombras. O para situarnos en un verdadero contexto tendría que hablar más bien, como lo codifica el hablante, de palimpsesto. Es decir, el hablante raspa, borra, deslíe, palabras, caos, mitos, muerte, vida, mezquindades, para instaurar el reino escatológico de la luz.
La poesía de Iván Uriarte en Escatología precisa de toda una hermenéutica de la luz. La luminosa pluma de Bachelard o Ricoeur. La luz trascendental sería una clave maestra para iluminar y decodificar estos textos. Así encontramos a la luz colocada en un sitial de cenit, pero indudablemente no es la luz solar, ni la lunar, ni la artificial, ni la luz postrera (la atómica), sino es una luz sagrada, trascendente, metafísica y divina. En los poemas medulares de la obra, sean los que dan cuenta de un inventario de la oscuridad humana como aquellos donde se plasma la trascendencia escatológica, o los dedicados a San Juan de Patmos, al Apocalipsis y los extraordinarios poemas cristológicos: éstos irradian luz.
No quiero penetrar más en la aurora boreal de mi hipótesis sobre la escatología luminosa de Uriarte, sin dejar de anotar la visión irónica, una característica de este poeta de la generación traicionada, sobre lo profano y lo sagrado. La ironía como método de crítica y deconstrucción de las tiesas seriedades teologales y togadas. En este sentido, encuentro sencillamente fuera de serie el poema sobre la goma de Noé. Aquí encontramos al Noé ebrio, capitán marino del arca zoológica; al Noé que se le va la juma a los pies y pasa de goma el resto de sus días. Éste es un paradigma de un poema feliz.
En la serie de retratos de escritores escatológicos y esjatológicos, por su sublimidad y luz cegadora, vale decir Keats y Wallace Stevens; o los que se hunden en la hez de la humanidad, los que trascienden en su descenso al infierno, haciendo de sus cuerpos el templo del pecado, como Hart Crane y Thomas Wolfe; Uriarte abre la interesante perspectiva del nombre propio, de la alusión individual, todo un coq a lane, un despropósito, en un discurso total sobre la escatología donde se espera que la luz no tenga apellido.
Los poemas cristológicos de Escatología de Uriarte, quizás por un problema de simpatía por la fe, son extraordinarios, bellos y trascendentales. Y en ellos la luz se apodera del texto y nos deslumbra. Así, por ejemplo, en La Cena luminosa, donde se nos cuenta de los celos de Judas porque Juan es el discípulo amado y se poetiza a la traición como un evento de cultura que marca la noche de Occidente, civilización caracterizada por lo tenebroso, lo oscuro, lo demoníaco (la superioridad verbigracia es una característica) y lo tanático... Occidente es visto críticamente por Uriarte como una cultura de incesante holocausto.
Cuando se escribe sobre la palabra de Dios se colocan como en uno de esos arrebatos escatológicos y metafísicos de Marcel Duchamp, la plenitud y el instante; la constante ocasión propicia que el ser humano tiene para escuchar a Dios y comprenderlo, para entenderse. Pero las criaturas no escuchamos ese fluir apabullante de la Gracia.
Hay más luz de esa, escatológica, cuando se interpreta la eucaristía, donde la portadora de la luz es la misma sangre de Cristo: el vino, que mezclado con el pan se convierte en el enterrado trigo. En el trigal total que es el cuerpo místico de Cristo: la Iglesia. Igual cuando se habla del cuerpo del Nazareno, que aparentemente es un texto sombrío, tétrico, pero donde el cuerpo de Cristo sencillamente resplandece en un espacial iluminado cráter, como un anti-agujero negro, un hoyo de luz.
Dentro de ese cuerpo místico se nos describe el perdón que se alcanza por la divina sangre derramada que oscurece la cola de los cometas. Aquí el cuerpo místico alcanza dimensiones colosales, cósmicas, metafísicas y brillantes. Aquí en Escatología, el mismo Apocalipsis es leído como una fenomenología de la luz, la luz de Cristo, la luz de Dios.
El libro Escatología se sostiene con una sólida unidad, signo de un magisterio alcanzado. No dejo de insistir en la extraordinaria vigencia de esta generación de los 60 con voces disímiles, únicas, potentes y donde la obra literaria de Iván Uriarte es cimera, trascendental e imprescindible.

Managua, 2 de diciembre de 2005.