Cultural

Clint Eastwood y el heroísmo derrotado


De los reportajes fotográficos sobre los frentes de batalla de la Segunda Guerra Mundial, los que más he admirado son los de Robert Capa (1914-1954), quizá porque sus fotografías reflejan el hecho y su circunstancia, despojadas de efectos dramáticos, lo que las torna en testimonios angustiantes y profundamente humanos, de heroísmo derrotado.
Todo lo contrario ocurre con la fotografía que Joe Rosenthal tomara en una colina de la isla de Iwo Jima, al quinto de los 35 días que duró la batalla por su captura, en la que se ve a seis soldados estadounidenses sembrando su bandera. La fotografía, por la que Rosenthal recibió el premio Pulitzer, es de un efectismo patriótico incuestionable, lo que fue --y aún es-- explotado de manera inmisericorde por los gobiernos de Washington para la obtención de recursos humanos y económicos para financiar sus incursiones bélicas.
La micro historia de la fotografía de Rosenthal, tal es el tema de La conquista del honor (Flags of our fathers, EU 2006), fresco que exterioriza la visión de los soldados estadounidenses que participaron en la batalla de Iwo Jima, y que forma parte del díptico sobre la guerra que Clint Eastwood ha proyectado y realizado como el trabajo cinematográfico más ambicioso de su respetable carrera.
Basada en el libro Flags of our fathers: Heroes of Iwo Jima, escrito por Ron Powers y James Bradley, La conquista del honor sigue las pesquisas que este último realizó acerca de la experiencia de guerra de su padre, “Doc” Bradley, enfermero de guerra y uno de los que alzó la bandera aquel 23 de febrero de 1945.
A través de flashbacks enlazados por medio de elipsis, disolvencias y contrapuntos con una singular maestría por parte de Joel Cox --editor de cabecera del cineasta--, el filme nos lleva por los derroteros que marcaron las vidas de los tres soldados sobrevivientes de la fotografía --los otros tres murieron a los pocos días en la batalla-- cuando el gobierno de Harry S. Truman decide utilizarlos para vender bonos de guerra en una gira por todo el país que, si comienza con un tono frívolo, se corrompe en presentaciones masivas delirantes y en angustias turbadoras.
La filmografía de Eastwood se ha caracterizado por el intimismo y el manejo de pocos personajes, a más hacerse cada vez más personal. Cintas como Los puentes de Madison, Río Místico o Golpes del destino nada tienen de complacientes con los sentimentalismos fáciles del cine comercial y sí, en cambio, tienen mucho de humanismo y de un amor arraigado por la vida.
Uno de los retos del díptico de Iwo Jima consistió en incorporar el intimismo del director a dos filmes de historias colectivas, pero este traslado se cumplió a cabalidad gracias al complejo y concentrado montaje de Cox, a la mesurada fotografía de Tom Stern, quien recurre al plano secuencia y al plano americano, a las tomas en picada y en contrapicada, para marcar la soledad intrínseca de los personajes, y a la discreta música, escrita por el propio Eastwood y orquestada e interpretada por Lennie Niehaus, otro habitual colaborador del director.
Con base en el guión adaptado por William Broyles y el curtido Paul Hagáis, Eastwood atestigua la caída interior de Doc Bradley (Ryan Phillippe), Ira Hayes (Adam Beach) y Rene Gagnon (Jesse Bradford), en la medida que avanzan por la Unión americana, mientras el recuerdo de Iwo Jima sigue presente, indisoluble de su memoria a pesar de que sus compañeros en el frente van muriendo o se van diluyendo entre recuerdos borrosos o fuera de foco.
Antes señalé que La conquista del honor es un fresco, pero debo añadir que no es una épica. A pesar de las escenas de batallas y de los grandes escenarios, las escenas parecen vistas desde el alcance visual de los individuos, y no desde el alcance de la cámara, lo que subraya la ironía discursiva, porque los soldados se descubren limitados, miopes ante una realidad que los supera y los aplasta.
A pesar de tratarse de un filme colectivo, La conquista del honor se inviste de una profundidad sicológica de los individuos que en sus mejores momentos llega a los alardes de virtuosismo. Con una desenvoltura que recuerda a la teleserie producida por Steven Spielberg Band of brothers, en el filme se entrecruzan diversos caracteres humanos que chocan o se compaginan, pero que no se pierden en el anecdotismo, y vemos la derrota de Ira, el indio pima sobrepasado por el racismo, y a la vez el heroísmo descorazonado del capitán Severance (Neal McDonough) y del sargento Strank (Barry Pepper), la tergiversación abusiva de la recordación de Hank Hansen (Paul Walker), quien es desechado cuando se descubre que no estuvo en la foto de los héroes, pero sobre todo la ingenuidad entrañable de “Iggy” Ignatowski (Jamie Bell), el asistente de Doc Bradley.
En el contexto actual, dominado por la insensibilidad humana y la ambición económica desmedida del neoliberalismo bélico y salvaje de George Bush junior y los neocons, La conquista del honor pasa por ser un filme de tintes políticos. En efecto, el discurso de la cinta ataca directamente a un sistema político que ha orillado a los Estados Unidos a embarcarse en aventuras bélicas absurdas, que han generado miles de muertos, pérdidas económicas multimillonarias, pero que sobre todo ha desatado el repudio mundial contra su gobierno, como es entendible, pero también contra el pueblo estadounidense, lo que es lamentable y ciertamente injustificable. Sin embargo, La conquista del honor supera y por mucho el contexto político actual, ya que se trata de un filme sobre la perversión del heroísmo, reducido a instrumento de intereses mezquinos e inmediatos, y sobre el heroísmo individual, el que no busca preseas ni reconocimientos sino un sentido sólido y palpable de la vida.
Las fotografías de Robert Capa han perdurado porque implican una de sus máximas en el oficio del fotoperiodismo: “Si tus imágenes no fueron buenas, es porque no estuviste lo suficientemente cerca”. El alcance de los reportajes de Capa ha llegado igual de agudo y vívido que cuando él los envió a los medios durante la Segunda Gran Guerra. Son imágenes que luchan contra la mitificación abusiva.
En agosto de 2006 murió Joe Rosenthal, el hombre de la célebre fotografía de los héroes de Iwo Jima. A diferencia de Capa, su legado fue descompuesto. El alcance del díptico de Iwo Jima, que ha reunido en su producción a dos iconos del cine mundial, Steven Spielberg e Eastwood, no puede por el momento calcularse, aunque me atrevo a decir que será duradero y que difícilmente será pervertido. El heroísmo que no se derrota, bien lo vio Capa, bien lo entiende Clint Eastwood, es el que se entraña con nuestro intelecto y con nuestra sensibilidad emocional.