Cultural

Estancias y otras consignaciones

El poeta nicaragüense Carlos Perezalonso acaba de publicar en El Salvador un nuevo libro de poesía: Estancias y otras consignaciones. El salvadoreño David Escobar Galindo nos lo presenta

El poeta nicaragüense Carlos Perezalonso ha vivido algunos años en El Salvador, dedicado a sus tareas profesionales. Una de esas tareas, de seguro para él la más entrañable, es la poesía en misión cotidiana. Testimonio de ese ejercicio del ser en el espacio y en el tiempo son estos poemas, que su autor vincula a sus estancias, poniéndole atención también a otras consignaciones.
Carlos es miembro ilustre de una extraordinaria familia: la Nicaragua poética. Todos sabemos y sentimos, porque también nos toca por vecindad que se vuelve presencia compartida, que el foco principal está en la mano de Rubén, el de siempre, el que no necesita cognomentos adicionales. Nicaragua es, sin duda, el almácigo principal de la poesía centroamericana. Y Carlos viene de ahí, con la voz dispuesta a reconocer todos sus entornos: los del alma y los de la vida.
Hemos tenido la suerte de que Carlos Perezalonso fundara querencia en nuestra comarca. Al fin de cuentas, y aunque de tanto repetirlo los que no lo sienten, ya la aseveración se haya vuelto material de fatuas declaraciones oficiales, Centroamérica es una. Una sola cañería interior, una sola energía caudal, un solo pozo y también un solo poso. Este libro lo demuestra con creces.
La poesía de Carlos es un doble tributo: a la esencia y a la cotidianidad. A la cotidianidad de la esencia. El poeta está provisto de todos los materiales e instrumentos para desarrollar su arte superior, y de pronto mira hacia los paisajes urbanos y humanos que le rodean, y pone todo lo suyo al servicio de esa función serenamente redentora de lo real. La poesía fluye entonces, entre luces y sombras, como siempre. El poeta retrata lo vivido, y así lo convierte en imaginado.
Su palabra es espontánea de tan conocida. Trascendental de tan inmediata. Uno se encariña con los versos de Carlos porque dicen lo que queremos decir, y así reverencian las virtudes sagradas del minuto que pasa.
Por estas estancias se ven pasar, al trasluz, las experiencias y las vivencias del recolector de imágenes. Desde las camisas tendidas en el alambre hasta la indescifrable actividad de los muertos. Alrededor, la luz de una conciencia que no se cansa de reconocerse entre las cosas. Y, de repente, campanas. El poeta se interroga a sí mismo: ¿Adónde íbamos, Señor?
Agradezcamos esta poesía que se deja vivir y convivir. Entendámonos con el poeta, en el convivio de los días trasegados en estampas vivientes. Y que el libro abierto transite por los lugares preferidos de la casa, para estar a tiempo cuando el lector entusiasta quiera hacerle cualquier pregunta.
San Salvador, 12-XII-2005