Cultural

El viejo del mar


Edwin Sánchez

Su barba debía ser gris, inmediata a la presencia de un sueño de mares de otros siglos. Sorbió del frasco que llevaba y un cierto vapor surgió de su aliento de infeliz, porque no estaba en el muelle querido. Unos niños se le acercaron. Le veían como un formidable héroe que se salía de las ondas, del horizonte de plomo, de algún barco anclado en alguna memoria liviana, porque luego, las mismas criaturas, al verlo indiferente, comenzaban a gritarle, a dudar de su heroicidad, de los monstruos marinos cazados, del pasado de guerras y piratas tuertos, ¡usted sólo es un viejo atado a tierra, o peor, a las tablas viejas de un viejo puerto!
Yo estaba ahí cuando apareció con el fondo ingrato del mar que todo lo hunde o lo devuelve. Podría pasar, ciertamente, como un héroe para niños. Su barba debía ser gris, inmediata a la presencia de un sueño de mares, y parecía, a poco de verlo, náufrago de un glorioso poema que ya no cabía en un siglo tan angosto como el de hoy. El viejo pareció verme intrigado, pues lo veía como se ve a un fantasma que de tanto salirle a uno se vuelve parte del ambiente y cuando ya no aparece un día el susto es mayor que la primera vez que decidió romper las reglas de la lógica y de la razón, pues su ausencia es precisamente la materia justa para crear la posibilidad del terror.
-Di, ¿qué quieres? --sonó su voz hecha de caracolas. Su barba debía ser gris, inmediata a la presencia de un sueño mayor de mares clandestinos. No hallé qué decirle. Porque todavía quedaban en mí rastros de duda, si aquel ser era de magnitud real o simplemente formaba parte de un paisaje adecuado a mi estado de ánimo salvaje.
-Mira --me dijo condescendiente. El mar se establecía infinito, lejano como si fuera tendido por una algarabía de gaviotas y pelícanos-- he tardado centurias en venir. Siglos en salir.
Su cabeza blanca la coronaba una gorra de lona de muchas inclemencias. Por su rostro también surcaban antiquísimos relámpagos, brillantes aún al sol de un recuerdo desamarrado por curiosidad: huellas nocturnas de terribles tormentas, escritas sobre el códice de su piel. Le miré el lujo de su vida sobre las muchas aguas y sé que desconfiaba de los seres de tierra firme, con sus almas domadas por el lastre de los calendarios aburridos.
Los niños que antes le admiraban ahora le detestaban más. Querían escuchar sus impresionantes historias, de cómo se impuso a leviatán, de cuando se encontró con un pez descendiente del que engulló a Jonás, del huracán mismo que empujó a Cristóbal Colón a descubrir un mapa desconocido. Él apenas abría los labios para sorber el vaso. Lo demás lo hacía el silencio, el golpeteo suave de las olas contra el muelle, el mundo sonoro de una gaviota con pico de nostalgias, las conchas cerradas y las fronteras abiertas de las espumas que escribían la primera estrofa del mar.
-Sígueme --me dijo. Los niños callaron. Me apuntaron con los ojos. El de la barba que debía ser gris caminó de nuevo hasta donde terminaba aquel brazo de madera. Le seguí con las suelas de mis dudas. Los niños me acosaban intrigados, pero pronto los dejaba y cuando daba un paso más parecían disolverse entre las otras embarcaciones atadas a los lados del puerto. ¿Para qué me llamaba aquel viejo lobo?
-Cuando se está aquí el tiempo ya no es el mismo. Las horas del mar son distintas a las de la misma costa -- dijo, sin que en su rostro se advirtiera una leve marca de vanidad. Debe estar con su filosofía. Los filósofos que conozco o son aéreos o son terrenales. Ya no se diga cuando se está tierra adentro.
Volví a ver y ya no divisaba a los muchachos. El muelle parecía solitario, a no ser por algunos estibadores que jugaban naipes. “Se fueron los chicos”, dije, para poner mi tiempo en terreno seco. Él no habló nada, pero si el gesto que elaboró al escucharme se tradujera en algún parlamento habría dicho: --Ah, los chicos. Quizás vuelvan.
El de la barba que debía ser gris tiró lo poco que quedaba de la bebida. Unas gotas cayeron entre las junturas de los tablones y olí el salitre. Lo vi luego sacar de la bolsa una pipa y acomodarle el tabaco. “Quiero que vuelvas otro día”, me dijo, dejando escapar el humo que ahora tarda de borrarse de mi historia. Desde donde estaban los niños, en línea recta, por donde ahora caminábamos, no se observaba más que el lomo de zinc del océano.
“Toma”, me dijo. Y me dio una botella de gin y luego le vi partir rumbo a una nave que se antojaba hija del tumbo o bergantín.
Antes que partiera el de la barba que debía ser gris, me dijo: “Un día, en una hora como esta, apareció, como si bajara del arrebol, un poeta antes de la puesta del sol. Decía que era de un vago, lejano, brumoso país, y lo recordaba cada día, como si fuera parte de su raíz. Yo le invité a un trago. Y después de hablar con él, de los recios tifones del mar de la China, me dijeron los vientos del confín que por ahí lo han visto bebiendo su frasco de gin”.
Los niños volvieron. Estaban alborotados. Me pedían que soltara las amarras de mis leyendas. No soy marinero, les traté de decir. Sólo pasaba por aquí, qué sé yo del mar y sus misterios.
Un joven apareció y me quedó viendo como un fantasma perdido. Sentí algo de sueño, quizás por el gemir de las olas bajo el muelle. Busqué dónde descansar y me senté en un cable. Sin darme cuenta, entre mis dedos humeaba una pipa, y me quedé pensando en las playas y también en aquel poeta de un vago, lejano, brumoso país.
12 de julio de 2004