Cultural

Edgar Allan Poe o el delirium de la escritura

“Cuando un loco parece completamente sensato es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza”.

Hablar de Edgar Allan Poe (1809 -1849) está de más; es hablar no sólo del creador de la novela policíaca o del precursor de la novela de ficción científica. Poe, un maestro del relato corto que se sume en los más oscuros y recónditos rincones macabros de su mente, de donde alguna vez salieron expulsados, entre aullidos delirantes, fantasmas, cuervos y diabólicos gatos negros, fue y sigue siendo un caso excepcional para psicoanalistas que intentan develar los misterios de su atormentada personalidad, junto a los funestos personajes de sus relatos.
La muerte es el elemento principal, latente y palpitante en casi todos los escritos de Poe, ya que se vio familiarizado con ella desde temprana edad, al morir sus padres en un corto periodo de tiempo. El pequeño Poe es adoptado por un rico comerciante de Richmond, Virginia, en cuya familia encontró tolerancia a sus futuros y arraigados vicios y adicciones a los narcóticos, sin embargo, los bienes y negocios de la familia Allan se ven amenazados con insistencia por la guerra independentista en Norteamérica y se trasladan a Liverpool, en Inglaterra, donde Edgar Allan Poe cursará estudios en diferentes ciudades, enriqueciendo sus conocimientos lingüísticos y literarios, y creando, a través del paisaje gótico y sombrío de las ciudades europeas de la época, el ambiente macabro para sus futuros trabajos literarios una vez que regresara a Estados Unidos.
Casi en todos los casos, la producción literaria de Poe se interpreta retomando los elementos de su propia vida; sus relatos son una eterna búsqueda por una madre perdida a temprana edad, por un complejo de Edipo, afirman algunos, nunca llevado a término: el incesto está presente de forma implícita en su obra, pero de manera explícita en su vida, al mantener una relación amorosa con su enfermiza y aún adolescente prima hermana, que moriría a los 25 años de edad, tiempo después de su matrimonio con Poe.
María Bonaparte, una de las principales discípulas del movimiento Psicoanalista de Freud, vio en la vida de Edgar Poe un sinnúmero de impulsos sádicos, necrofílicos e incestuosos, afirmando que el escritor buscaba la imagen de su madre muerta en todas las mujeres que alguna vez amó.
La vida del autor siempre fue marcada por la tragedia. Fue expulsado de diferentes universidades, renunció a la academia militar en dos ocasiones y su lazo íntimo y poético con la muerte se vio más forzado por el fallecimiento de dos esposas; sufrió toda su vida adulta de escasez económica, la que en ocasiones le obligaba a escribir para sobrevivir, como fue el caso de su única novela de carácter aventuresco.
Las aventuras de Arthur Gordon Pym, escrita meramente por razones económicas. Poe, sin embargo, salió victorioso tras su muerte, como la típica figura del genio que tras una vida de quebrantos y miseria consigue una fama inmortal.
Sin embrago, muchos adjudican la genialidad creadora de Poe a su excesivo abuso del alcohol y del opio, a un constante sueño y alucinaciones, a un mundo de carácter narcótico creado en la cabeza del escritor. “Las realidades del mundo me afectaban como visiones, y como visiones solamente, en tanto que las locas ideas del país de los sueños llegaban a ser, en cambio, no la materia de mi existencia de todos los días, sino en verdad mi única y entera existencia”, escribe el mismo Poe en uno de sus relatos.
Muchas de esas visiones y figuras creadas y descritas por Poe en sus textos son frecuentes en los casos de alcoholismo extremo y de Delirium Tremens causados por el abuso de la etílica sustancia o, posiblemente, por el permanente uso, controlado en Poe, de láudano en medidas moderadas, al que, según se tiene conocimiento, Edgar fue un gran adepto. Aunque algunos especialistas en opiomanía afirman que es poco creíble que el autor fuese un opiómano y afirman que sus visiones del mundo fantástico pueden haber sido causadas únicamente por el alcohol en dosis excesivas.
Los meritos de Poe, sin embargo, no fueron reconocidos en su época, en la cual se le consideró como un escritor vulgar y morboso. Su tiempo llegó hasta que los estudios de Sigmund Freud sobre la mentalidad de los psicópatas y psociópatas revelaron la verdadera genialidad de sus escritos, y fundamentaron cómo Edgar Allan Poe se había compenetrado como nadie en la mente criminal y había hecho a los lectores ver a través de los ojos de asesinos y criminales.
Poe sin duda ejerció una influencia de gran escala en la literatura simbolista francesa. Baudelaire, el gran maldito, quien se denominó discípulo de Poe y tradujo su obra al francés, supo ver como nadie su talento excepcional, declarando que “ ningún hombre ha narrado con más magia que Poe las excepciones de la vida humana y de la naturaleza; la alucinación, dejando al principio lugar a la duda..., el absurdo instalándose en la inteligencia y gobernándola con una espantable lógica..., la contradicción establecida entre los nervios y el espíritu, y el hombre desacordado hasta el punto de expresar el dolor por la risa”
El 3 de octubre de 1849 se le encontró inconciente en un parque, frente a una taberna en Baltimore. Su estado era crítico, temblaba y deliraba, sus monstruos lo acechaban en medio de sus delirios etílicos, ya no escribiría los tormentos de esas visiones, fue trasladado al hospital de Baltimore, donde murió unos días después, el 7 de octubre de ese año. Varias leyendas nacieron alrededor de su muerte, Julio Cortázar, en el prólogo de las traducciones que hizo de la obra de Poe, afirma que en sus últimos momentos de vida el escritor estadounidense invocaba a un explorador del polo norte de nombre Reynolds, que era uno de los personajes de su única novela. El genial poeta se convertía entonces en uno más de sus sombríos y atormentados personajes.

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