Cultural

Joseph Conrad


En el imaginario colectivo, la figura de Joseph Conrad se vincula solamente al plano de las narraciones de aventuras, y esos lectores tienen toda la razón, aunque, más allá de plantear las angustias y aconteceres extraordinarios de seres llevados a acciones extremas en situaciones de riesgo, más allá de enmarcar sus acciones en un contexto paisajístico pletórico de exotismos, la preocupación de Teodor Jozéf Konrad Nalecz Korzeniowski, mejor conocido como Joseph Conrad, apunta, además, a los padecimientos internos de sus personajes mientras se debaten con esforzada actitud para ir afirmando su espacio en el mundo.
La sola experiencia vivencial de Conrad es una magnífica empresa de obstáculos superados, lo cual sustenta su personalísima forma de contar, convirtiendo los hechos padecidos en una literatura cuyo valor estriba precisamente en ese maridaje que establece entre su visión de trasterrado, penosamente abandonado, desde su juventud en el territorio marítimo, con las manifestaciones y expresiones del hombre que emerge desde el corazón mismo de las tinieblas.
Conrad cumple años cada tres de diciembre, para este 2006 llega, como todo buen conservado y estupendo creador de historias inolvidables, a los 149. De padres polacos, viene al mundo en un país sufrido: Berdicev, Ucrania, el año de 1857, su nombre completo, escasamente consignado en notas biográficas, es Teodor Jozéf Konrad Nalecz Korseniowski. Ciudadano de una patria partida, nos dice Carlos Fuentes: “Portó la cruz de su país escindido, nación sacrificada mil veces, no es sino natural que Teodor Jozéf Konrad, al cabo, partiese también. De su nombre. De su lengua. Este emigrante de la palabra, aristócrata de nacimiento, huérfano temprano, viajero al exilio familiar en Rusia, donde su madre murió de tisis, y el padre, traductor de Shakespeare, la siguió muy pronto, el joven Conrad quedó en manos de un tío benévolo que le permitió abandonar los estudios y hacerse, a los diecisiete años, a la mar”.
Se enrola en la marina mercante francesa y posteriormente en un navío de carga inglés. Durante largas temporadas se hace a la mar, navega así por los mares de Oriente y África, conoce los otros universos reales de la naturaleza, que ocupará de manera magistral en sus textos, ya lo decíamos, es esta experiencia de vida y el conocimiento del océano lo que acrecenta su bagaje, su carga de marino avezado, los replanteamientos morales que él, desde la perspectiva de capturador de imágenes y acontecimientos ofrecidos por los territorios descubiertos, atesora. Y cómo no plasmarlos en narraciones, si los escenarios naturales, las acciones realizadas en las incursiones, él los ha vivido personalmente. El ejemplo clásico es la penetración por el río al Congo Belga trasvasada a la novela “El corazón de las tinieblas”, donde Conrad, ahora súbdito inglés por su cambio de nacionalidad a la edad de 29 años, reconoce la angustia, el enigma y el horror, mediante esa relación con el fúnebre personaje encarnado en Kurtz.
Carlos Fuentes, quien al igual que Borges tienen en Conrad un magisterio imprescindible, nos recuerda más de los títulos creados por el inefable escritor: “Joseph establece su reputación literaria en 1895 con la aparición de “La locura de Almayer”, teniendo en cuenta que vivió hasta 1924, no fue honrado con el Premio Nobel, a pesar de que este amante de mapas fue autor de una obra novelesca coherente, sostenida, original y trágica. Proust y Joyce levantan catedrales en tierra firme. Conrad se embarca en un barco azotado por los huracanes del corazón humano”.
Dentro de su acervo creativo encontramos: “ El negro Narcissus” (1898), que se constituye como una indagación psicológica del miedo a la muerte, y por otra parte funciona cual reflexión somera de la discriminación racial; “Tifón” (1902), para la cual acudió a su experiencia de las borrascas pasadas en la isla de Java; la ya citada “El corazón de las tinieblas” (1902); “Situación límite” (también traducida con el título de “La soga al cuello”) (1902); “Juventud” (1903); Nostromo” (1904); “El agente secreto” (1907), en la que pueden verse atisbos de un punto de vista acerca del fenómeno de la violencia, cual factor de perturbación social; “Alma rusa” y “Bajo la mirada de occidente” (1911); “Victoria” (1915); “Lord Jim” (1915), historia del aristócrata inglés quien se siente singularmente dotado para realizar toda clase de hechos heroicos, más cuando tiene la ocasión de demostrarlo, al estar al mando de una tripulación en el barco Patua, lo abandona presa de pánico por lo cual es juzgado bajo el cargo de cobardía, Lord Jim busca la redención y él piensa lograrla en una ciudad malaya donde se gana el respeto y la admiración de sus habitantes, pero esta ilusión es fugaz, porque al igual que en el barco Patua su prestigio desaparece con ocasión de un asalto de piratas a dicha ciudad. Desalentado renuncia a luchar nuevamente y después de despedirse de su mujer se deja matar.
Otras narraciones de Conrad son: “En la línea de la sombra” (1917); “Accidente”; “El espejo del mar”; “La flecha de oro” (1919); “El rescate” (1920); “Un vagabundo en las islas” (1923).
Situada entre las más importantes de la narrativa universal, la obra de Conrad conserva ese halo de aventura y descubrimiento que caracteriza a los escritos de valor sustancial, el concepto de Carlos Fuentes acerca de él lo reafirma: “un autor que, acaso, sea el más complejo moralista de la novela moderna.

Puebla, México.