Cultural

La visita al vate Coronel


--“Poeta, poetae...” ¿Ha perpetrado usted, joven, algún libro? Porque pareciera que los nicaragüenses tenemos el deber de ser poetas. Y el día en que el gobierno use la poesía como instrumento de poder, acaso nuestra historia adquiera un sentido creador y no destructor; pero a costa del peligro mortal de que llegue a imponerse la poesía por decreto. Todo dependerá de la idea que los políticos puedan tener de nosotros, los poetas, o tal vez de su idea sobre la idea que los poetas tengamos entonces de nosotros mismos.
Así hablaba el vate Coronel al joven Bifronte y Ahumada, cuando éste decidió enseñarle sus primeros versos. El vate tenía merecida fama de maestro en implacable guía de la juventud genial literaria en la Granada de los años cuarenta y solía elaborar frases de la misma manera que un artesano indígena teje canastos. Eran las suyas frases poliédricas y, por supuesto, sibilinas. Y en ese instante, tocándose, excitado, la punta rojiza de su nariz con el índice y el pulgar, se dirigía a Bifronte y Ahumada --entonces un desbordado versificador, perteneciente al círculo de hechicero de aquel mito que ya iba siendo Coronel.
A éste le encantaba hablar en clave de humor. Porque él, polemista de sí mismo, era sobre todo un “genio burlón”. Su mirada de ardilla y de complicidad negaba cualquier candidez, y sólo era cándido en el vestir, con trajes de lino blanco, aunque llevara sin planchar la raya del pantalón.
¿Pero existe o ha existido alguna vez el poeta Coronel? No era un maestro, en sentido riguroso, sino un magisterio sostenido, y, más que un escritor, una tertulia literaria; o sea, una entelequia. Bifronte y Ahumada lo trataba desde muy pronto, a sus quince años, en casa del poeta Quico Fernández, en la calle Real de la Granada lacustre. A su vez, Quico era un bendito, pero a la manera de los poetas malditos, y, en aquel tiempo, aún no tenía la condición del sibarita venido a menos. Sin embargo, añoraba la “aparición” de Coronel, que ya vivía en la calle Estrada “salía” o se aparecía como la luna y los fantasmas.
Quizás, entonces, la única realidad era que Bifronte visitaba al poeta Coronel en su casa, cuya acera tenía la altura de una cátedra. Bifronte había publicado sus rimas en el “Rincón Poético” del diario Flecha, de Managua, y tuvo la debilidad de contárselo a su iluminado conductor de poetas perplejos. Rapidísimo, Coronel disparó desde su leyenda una primera respuesta de fogueo:
--Poeta, no se meta en los “rincones”. Salga a plena luz.
Coronel hablaba torrencialmente como una lluvia tropical. Y hablaba silbando las eses, hasta parecer que llamaba a un gato perdido sin remedio, o acaso irreal; mientras oscilaba nerviosamente su dedo índice, como la aguja de un sismógrafo (un índice que no le servía para indicar, sino para inquietar). Coronel, en efecto, “brujulea” cuando hablaba, pero también embrujaba. Su propio saber era para iniciados. Y además, las tertulias artechianas eran conciliábulos de verdad, o quizá no tan verdaderos.
Lo cierto es que Bifronte le entregó a Coronel, una por una, las hojas mecanografiadas en renglones cortos que había llevado para someterlas, no exactamente al juicio, sino a la benevolencia de aquel sumo sacerdote, que daba la impresión de haberse inventado a sí mismo.
En ésas se hallaban cuando Bifronte descubrió un error de máquina y, dispuesto a corregirlo, le pidió prestado a su corifeo mayor uno de los lápices “Faber” que éste siempre tenía, con la punta hacia abajo, asomando en el bolsillo de su camisa blanca, de manga larga, y alguno de los cuales se colocaba, a veces, encima de la oreja, al modo de los chupatintas y los carpinteros. O, Brifronte, que en esas fechas se consideraba veterano en los ritos de Coronel, pensó que no era buen augurio el silencio del vate al cederle uno de sus lápices personales, intransferibles y a punto de parecer que su dueño los encargaba ex profeso a la fábrica, como otros encargan los cigarros puros.
El poeta Coronel, después de leer todas las cuartillas con cara de no haber roto nunca un plato (aunque había hecho añicos la vajilla entera, y no sólo literariamente), soltó de golpe --sin perder su compostura de persona educadísima-- esta detonación casi fantástica:
--Sus poemas, joven, son una mierda. Y excúseme la comparación, que es la única adecuada, porque la mierda es la esencia de lo malo.
No voy a decir cómo se quedó Bifronte y Ahumada. Pero sí que resolvió despedirse en el acto, tal vez para consolarse. Antes de marcharse, se dio cuenta que aún tenía consigo el lápiz artesanal y pontifical; un lápiz con la contera de goma y hasta con vitola, por poco; el mismo lápiz que, en ese momento, devolvía al pontífice, disculpándose por haberlo retenido tanto.
El poeta Coronel le contestó, sonriendo astutamente y con los ojos más vivo que de costumbre:
--No joven; quédese con mi lápiz, ya sin ninguna frustración, puesto que usted, en el subconsciente, deseaba quedarse con él.