Cultural

Los cuarenta años de Paradiso


En 1966 fue publicado uno de los libros más alucinantes en la historia de la literatura hispanoamericana. Aunque muchas fueron las deudas del autor con sus antecesores, es de los pocos que, con su tradición heredada, creó su propia legislación, su propia voz o, mejor aún, un nuevo lenguaje, inimitable, con el que dio nombre a todas y cada una de las cosas del mundo.
El argumento de “Paradiso”, publicado por primera vez hace 40 años, es de una terrible simplicidad: todos los textos (conexos e inconexos, como refiere Julio Cortázar) giran en torno a la vida de José Cemí. Pero el argumento esencial de “Paradiso”, más que la vida de un protagonista, es la manera de narrarlo. Con la narración el autor construye un continente verbal de riqueza increíble, con vida propia, donde la historia o las historias son accesorias, telón de fondo.
No creo exagerar: darle nombre a los elementos del mundo, como si fuera la primera vez, no es un arte menor: en las palabras se escuchan y se vislumbra aún el rumor y el contorno de las cosas.
Sólo encuentro en el “Ulises” de Joyce una apuesta literaria semejante a “Paradiso”, aunque absolutamente distinta. Si el escritor irlandés crea atmósferas valiéndose de nuevas palabras, con una especie de metalenguaje, José Lezama Lima recurre, más que a palabras, a imágenes.
Con las imágenes, con las metáforas, Lezama invoca al mundo o, mejor, como escribí arriba, lo nombra como si fuera la primera vez. Las arquitecturas verbales, los torrentes de signos, los laberintos de imágenes se multiplican, por su cercanía, y crean imágenes nunca vistas. Imágenes que se metamorfosean con el tiempo, que cambian de lectura en lectura, sólo para refrendar la sorpresa ante un mundo hecho de imágenes en permanente cambio.
El lenguaje poético de “Paradiso”, como el de buena parte de la obra del escritor cubano, tiene varios ejes referenciales: el deseo, Eros y Tanatos, el caos inicial del origen del mundo, los sueños, los sentidos, la carne que palpita de mil formas, tibia, húmeda, avasallante, la vida que se abre paso de cualquier manera.
Por eso las palabras y, sobre todo, las imágenes tienen volumen y peso. Y es así porque Lezama Lima creía que la metáfora restituía “el cien pies de la urdimbre” donde las palabras terminan hundiéndose en las semejanzas.
La metáfora nos regala el conocimiento sin asombro, “nos obliga a creer en la primera existencia del pétalo del jacinto, antes que el tejo coralino de Céfiro descendiese al Hades con el gracioso Jacinto y levantase el plañido de las excepcionales flautas apolíneas”.
Hasta 1985, cuando se publicó la poesía completa, en la que se incluían varios poemas inéditos y algunos borradores, se pensó que no había nada que agregar a la obra lezamaniana. Pero en 1988 la revista de la Biblioteca Nacional José Martí publicó “Para mis dos hermanas, que me regalaron un par de zapatos”.
El poema fue encontrado por el crítico Emilio de Armas, en la casa del poeta. Al margen de ese afortunado descubrimiento creo que siempre seguiremos encontrando poemas nuevos, nuevas imágenes en los mismos poemas de José Lezama Lima que conocemos.
Lezama Lima creía que los verdaderos poetas debían manejar las fuerzas que parecían destruirlos: que tenían que destruir el lenguaje y crear el lenguaje, vivir los días como si no tuvieran pasado y las noches como si fueran milenarios. Cuando murió su madre, Lezama Lima escribió algo que podríamos decirle a él, a 30 años de su deceso: “Con ella (él) la muerte fue anterior y efímera, y la vida prevalece”. Y prevalece por la vitalidad misma de su obra, por la poesía, por el “caracol nocturno” que encierra.