Cultural

El Reino Animal


La angustia es la angustia, la angoscia no distingue motivos, tu rostro igual que el de Mónica Bellucci pudo verse como la Magdalena del film acompañando “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson por las calles tortuosas que conducen al Gólgota. Más pálida que nube de verano te pusiste cuando en la banda no aparecieron tus perros manifestados como maletas. Las placas de acero pasaban sus segmentos transportando toda suerte de equipajes, ansiosa veías el desfile de objetos variopintos sin vislumbrar la caja perforada que guardaba a tus mascotas.
Te quedaste esperando el último bulto, la imagen de la pista vacía detenida bajo la cortina inmóvil de franjas de vinyl te pegó la desazón más fuerte de tus años recientes.
¿Doug, qué los hicieron?, ¿a dónde los mandaron?, ¿confundirían el país?, ¿los etiquetaron a otro destino?, tal vez los remitieron al Perú porque esta pinche aerolínea no vuela más allá. Cálmate y deja de llorar, vamos a preguntar al counter.
Recorriste los cincuenta metros del área de salida al mostrador respirando agitada, tus perros presentían algo, porque llegando al aeropuerto no pararon de ladrar y la inquietud de Mandy moviendo la cola con la lengua de fuera entre su jadeo incesante te puso de nuevo en Bogotá, en la acera transitada donde lo recogiste temblando de frío, Droopy tiene historia común de perra comprada con certificado sanitario, vacunas y desparasitado incluido.
Pobrecitos, ¿dónde estarán? Señora, hubo un error, los enviaron por carga. Pero en Managua la Señorita me aseguró que vendrían junto con mi equipaje, ella me dijo que estaba todo arreglado, que no me preocupara. Señora, cambiaron los tickets, los verdes son de envío y los rojos de las valijas. Imbécil, voy a mover cielo y tierra para que corran a esa mujer si algo malo le pasa a mis perritos, quiero que me los entreguen ya. Es imposible Señora, están en el galpón de la aduana y por ser fin de semana lo abrirán el lunes. Se me van a morir de hambre y sed, son muy mimados, no aguantarán tanto. Cálmese Señora. Esta compañía es una mierda, son unos estúpidos, no saben trabajar, pongan a gente más competente. Discúlpenos Señora, el lunes los tendrá.
Nunca había llegado a una ciudad desconocida con tanta rabia y tristeza, no me distraía de mi pena el vocerío de los mulatos ágiles ofreciendo servicios de acarreo con su marcado acento caribeño, ni los cláxones de los taxis y las busetas que iban al Centro. Doug, para variar, distinguía entre la profusión de ruidos el sonido de las aves que debía clasificar, miraba al cielo y a los árboles del boulevard tratando de identificar las especies que enriquecerían El Catálogo del Apure, el Orinoco y Los Llanos Orientales, su trabajo de ornitólogo consumado. Yo no podía pensar en pájaros sin mis perros, mi amor por el reino animal no paraba en alas ni plumas, se limitaba a mis dos cánidos de cuatro patas encerrados y sufriendo ahora en un hangar, me sequé las lágrimas y tomamos un taxi.
El moreno conducía muy contento, como si se tratara de un guía turístico entrenado para agradar a sus pasajeros, pasamos por un parquecito lleno de curiosos que contemplaban el cadáver de un hombre recién baleado por robo, tirado en plena calle, eso le dijeron a nuestro chofer cuando tuvo que parar a causa del gentío.
Maturin es de tamaño medio, como cualquier ciudad latinoamericana, con rótulos de “Adidas” y “Coca Cola”, lo singular son los enormes anuncios de “La Revolución Bolivariana” divulgando campañas de salud y educación o la dotación de máquinas de coser para que se ganen el pan las mujeres más pobres, esas lindas imágenes reivindicativas me devolvieron la esperanza de encontrar bien a mis mascotas.

Nos hospedamos en un hotel de octava, porque íbamos de paso, el cansancio y la pena me doblegaron, pero tuve una pesadilla horrible, soñé que mis chuchos eran de China y estaban en cuarentena, ya que procedían de un lugar donde habían detectado un brote de gripe canina y que el presidente Hugo Chávez los vio y decidió apartarlos para regalárselos a Fidel. Desolada como ánima en pena enrumbé a Caracas al Palacio Presidencial y le rogué al Comandante que me los devolviera, a cambio le pintaría bellísimos cuadros de perros, tan buenos como los que pintaron Goya y Velásquez en su mejor época. Desperté sobresaltada, desayunamos y descansamos todo el domingo, el lunes a primera hora corrimos a desaduanarlos al hangar, demás está decir que al vernos lanzaron los ladridos más felices que oí en mi vida.