Cultural

La identidad del nicaragüense en Rubén Darío y Pablo Antonio Cuadra

Para Manuel Martínez, el “ser nicaragüense” de un Darío librepensador, progresista, anticlerical, cosmopolita, difiere por razones objetivas de El Nicaragüense, de Pablo Antonio Cuadra. Incluso afirma que casi es su antítesis

Darío retorna a la Patria en 1906, consagrado, con el aura de líder del Modernismo. La vivencia de este regreso lo narra en su crónica: Viaje a Nicaragua: Intermezzo tropical. A mi criterio, Darío, consciente del oficio de poeta y de su rol renovador de la lengua, testimonia el esfuerzo del camino abierto en poesía y la literatura de habla española, con sus trabajos en defensa de su estética, de su arte, contra aquellos que lo adversaron. Ejemplo de esta posición son los textos/manifiestos: Esplendor de los colores, Palabras l
Liminares, de Prosas Profanas, el prólogo a Cantos de Vida y Esperanza. Pero el leit- motiv del Intermezzo tropical, en apariencia, es la emoción del retorno: “los sufrimientos de la ausencia”.
Enseguida que el poeta se impregna del olor a la tierra y a sus gentes hurga en la historia del país donde nació, trata de entender los eventos o fenómenos sociológicos y antropológicos que marcan el destino del ser y de la nación nicaragüense: “ante la revisión de valores universales, demostrar que, aparte de población o de influjo comercial, se es alguien en el mundo”. Y parte de esta desazón por el derrotero que el viaje le depara, a la toma conciencia de otro, ese otro viaje interior, que es la propia realidad del Intermezzo: La búsqueda de su propia identidad como razón de ser, de ese “ser alguien”, al margen de si él mismo es estimado como poeta en toda América o en España.
A través de Oviedo y Gómara descubre o se reencuentra no sólo con la identidad convencional, circunstancial, cuyas marcas él reconoce en sí mismo y las vive y las sufre desde el exilio en las patrias adoptivas: “supe de nuestra tierra antigua y de sus encantos originales”. Rememora la infancia, la vieja casona leonesa, las procesiones solemnes, el sabor de las comidas y las muchachas mestizas e indígenas de sus lares.
El Intermezzo se torna reflexión, introspección, indagación y propuestas: su reflexión urge por encontrar ciertos asideros que le den sustento al desarraigo, y esta necesidad no sólo intelectual, humana, religiosa, telúrica de Darío, lo obliga a adentrarse en lo recóndito del ser nicaragüense. Y trata de identificar rasgos y características que por herencia, atavismo, experiencia, tradición y aprendizaje, definen su ser mismo, que es a su vez, la misma identidad del nicaragüense. “El nicaragüense se distingue en toda la América Central por condiciones de talento y de valor. A la levadura primitiva se agregaron elementos coloniales”. Transido de esperanza, dice: “Yo deseo que la juventud de mi país se compenetre de la idea fundamental de que, por pequeño que sea el pedazo de tierra en que a uno le toca nacer, él puede dar un Homero, si es Grecia…”.
Por primera vez, el ser nicaragüense es pensado por una mente propia: sin renegar de las raíces precolombinas, latinas e hispánicas. Y esa zambullida intelectual de Darío: sociológica, etnográfica, histórica y ontológica, se sirve de conceptos, visiones y valoraciones de los cronistas de Indias, de notas de viajeros, textos de naturalistas e historiadores. Otros nos han visto, nos han sentido y nos han pensado con otros ojos, con otros sentimientos, con sus propias ideas y valores de otros contextos y latitudes, otras culturas, como Fernández de Oviedo, Gomara, Las Casas, Squier y otros, además de los aciertos e inquietudes los historiadores como Gámez y Ayón.
Darío delinea, prefigura, configura, los rasgos de la nacionalidad y del ser nicaragüense, y funda, crea, las ideas del imaginario colectivo, que de alguna manera serán asumidos por los nicaragüenses: “Tienen las naciones su representación y personalidad que da trascendencia a las leyes de su destino”. Define la noción de “destino común compartido” que tanto anhela para Nicaragua, conocedor de las disensiones y reyertas continuas a que vive sometido el país, por las pugnas de mezquinos intereses partidarios y provincianos. Pero volviendo a su propia búsqueda se identifica con la generación de su época, “que representa el espíritu de nuestra tierra”. “El nicaragüense es emprendedor, y no falta en él el deseo de los viajes y cierto anhelo de aventura y de voluntario esfuerzo fuera de los límites de la patria”. Y se muestra orgulloso de su ser.
Si bien es cierto que Darío se sirve de las ideas que circulan en su época, ideas hoy superadas: el Positivismo Spenciariano, el Maltusianismo, el climatismo y su influencia en el progreso de los pueblos, y ciertas ideas americanistas; la intuición del genio de Darío sobrepasa esas limitaciones de pensamiento, gracias al soporte de las ideas liberales y a las corrientes socialistas que tienen curso de libre circulación en Europa, y de las cuales él se nutre y ratifica en su retorno a una Nicaragua en proceso de cambios y transformaciones, del período la revolución liberal de José Santos Zelaya.
La identidad del nicaragüense en Darío nace del crisol del mestizaje. Un lugar aparte, especial, ocupa la mujer en sus ideas: “…hay en ella algo especial que las distingue”: y eso será: “el valor, la voluntad de sacrificio, la abnegación, son cualidades que allá se admiran en la mujer”… Y que él las mira como “floración de una Andalucía complicada del ancestral ensueño y voluptuosidades indígenas”.
El retorno se torna “tan sentimental, tan mental y tan divino”. El pueblo de su nación es “vibrante, fuerte, apasionado, altivo”. Y la vivencia del Viaje a Nicaragua, Darío las canta en sus poemas: Nicaragua está hecha de vigor y de gloria /Nicaragua está hecha para la libertad.
El ser nicaragüense de un Darío librepensador, progresista, anticlerical, cosmopolita y nacionalista, por razones objetivas diferirá de El Nicaragüense, de Pablo Antonio Cuadra. Casi será su antítesis. Aunque una de las fuentes, no la única, de El Nicaragüense de PAC, nace de los afluentes del Intermezzo de Darío, ese nicaragüense de un Pablo Antonio Cuadra conservador, católico, tradicionalista, folclórico, representa la oposición de las ideas del ser nicaragüense de Darío. Las características, rasgos, formas, observadas o quizás idealizadas por Darío, son contrarias al modelo estereotipado del nicaragüense que configuran las ideas de PAC. Quizás podría pensarse que el nicaragüense de PAC es un aporte complementario al de Darío: la otra cara del ser, la máscara, el otro rostro que asoma en su doblez humana, porque quizás hay que partir de que Darío ideó su propia identidad para encontrar sustento en sus raíces.
La crónica del Viaje a Nicaragua se torna punto de partida para PAC, pero éste, aunque no niega la figura del nicaragüense asumida por el Padre del Modernismo, es otro ser nicaragüense el que PAC encuentra, de él nos dice: “era un ser dual con dos mitades dialogantes y beligerantes”. La tesis de PAC se sustenta en el concepto existencial dicotómico que marca toda la historia de la cultura Occidental. Y aunque él trata de curarse en salud, señalando que se trata de apuntes y bocetos: “angustiosamente provisional”, por distintas razones dejaron de ser trabajos periodísticos y se convirtieron en referentes canónicos, dada la influencia y trascendencia literaria del mismo PAC.
Sin embargo, al hacer un análisis de los textos del libro en mención, encontramos que están plagados de generalizaciones que bien pueden valer para cualesquiera otros pueblos del planeta de la cultura Occidental, o por lo menos de los pueblos sometidos a la conquista española: dualidad o ambigüedad, imaginativos, transitorios y aventureros, inestabilidad, etc. Es lo que PAC denomina la “ironía y el drama de ser nicaragüense”. Para Darío, este drama es consecuencia natural “de las fiebres del desarrollo”. “¿Y en qué pueblos en formación no las ha habido?”, se refiere a las revoluciones y luchas intestinas. Y agrega: “Ellas han sido precisas muchas veces”. Y aunque lamenta las disensiones políticas y la desunión, señala “que provienen desde la Colonia”, integra y asume el riesgo que implica el poder y la influencia de los Estados Unidos de América, en el destino de la nación, como otro peligro de neocolonización.
Para PAC “El nicaragüense es un tipo imaginativo, fantasioso, que con mucha frecuencia llega a la extravagancia barroca o a la fanfarronería”. Encuentra también que ese ser nicaragüense es, “un desenraizado, vagabundo y poco tradicionalista”. La raíz, la esencia del nicaragüense de PAC deviene casi en su totalidad del Güegüense o de libros de notas de viajeros, como Squier, Bovalius, Levy, Mark Twain, Gage, PAC funciona como arqueólogo o etnógrafo, valora objetos: tiestos, tinajas, piedra de moler, sonajeros, camastro y otros, y mide y compara colores, detalles estéticos e infiere rasgos y matices de un nicaragüense yoquepierdista, valeverguista, guatusero, a tal grado que llega a plasmar la idea que la guatusa, y no el escudo, es el emblema de la Patria.
La configuración de la identidad del nicaragüense es modificada por PAC, y del sujeto inteligente, creador, emprendedor, viajero de Darío se asumen los rasgos: güatusero, medio real, dicharachero, haragán y mentiroso y a mí qué me importa. La influencia del Güegüense vino a marcar cierta manera de pensarnos a nosotros mismos, pero pienso que no se ha destacado con suficiencia los rasgos propios de esta comedia bailete, la actitud de resistencia del mestizo en contra del colonizador, del sujeto dominado en contra del sujeto hegemónico. Esta apreciación la planteó y desarrolló Jaime Wheelock Román en un trabajo sobre la obra poética de Leonel Rugama, editada por el Ministerio de Cultura en 1981, contraponiéndola a la tesis sostenida por PAC. PAC no toma en cuenta en su estudio del nicaragüense aspectos como la tenencia de la tierra (la mayoría o casi todos los campesinos observados por PAC en las zonas rurales de Chontales y Boaco no son propietarios del lote de terreno donde edifican sus ranchos o sus “casas negras”), la escolaridad (la mayoría de los campesinos eran o son analfabetas), la historia (450 años de ser sojuzgados, sometidos y condenados a asumir una actitud de dependencia o de impotencia aprendida, pero aún más, en rebeldía fratricida o suicida. PAC parafrasea en sus versos que el nicaragüense cuando quiere libertad se mata, y cuando tiene libertad se muere, la economía (reproducción simple, desempleo), carencia de políticas sociales (integración social, falta de proyectos de viviendas populares), la cultura (mecanismos de pérdida de la cultura indígena y baja apropiación de la cultura española, dominación ideológica). Aunque PAC concluye, “No se trata sólo de simplicidad, sobriedad, sino de miseria”, que contrasta con este sujeto nicara - güegüense, un criterio apreciado por el poeta Juan Carlos Vílchez En fin, PAC no considera diferentes elementos esenciales necesarios para un análisis estructural y no sólo superficial.