Cultural

TRÓPICO DE CÁNCER. (1934)


— Por Francisco Javier SANCHO MAS —

Esta es la crónica de una resistencia. No he tenido disputas tan arduas con ni uno solo de los libros que he incluido en la sección como con este de Trópico de Cáncer. Con los libros se puede discutir y yo lo he hecho con afán con la obra y con su autor mientras le fui prestando mi mejor intención página a página. Como ya he reiterado en ocasiones, los criterios que rigen la inclusión o no en las Cien Novelas Para Siempre de un libro son puramente personales, subjetivos, arbitrarios. Esto no quiere decir que mi percepción de lo mejor de la literatura del siglo XX no haya sido influida de forma muy evidente por otros criterios académicos y clásicos que han ido formando esa selección en mi consciente. No me atrevería a defender que uno conforma su gusto enteramente, sino que más bien creo que somos inducidos a conformar nuestro gusto en cierta medida con el de los otros. La proporción de nuestra propia libertad y su ejercicio es algo que dejo a los psicólogos. Pero en esto, Trópico de Cáncer ha sido para mí una especie de terapia. Las veces que había querido hincarle el diente a la novela, terminé abandonándola por causas ajenas a mi voluntad (tal vez un espacio inapropiado, la hora menos clemente, una situación personal, qué sé yo). Sin embargo me la seguía encontrando en todas las antologías y los textos de lo mejor de la Literatura del siglo XX, cosa que todavía me parece increíble.;


Una tarde de estas me dije: “qué diantre, si esta novela está considerada así por tantos, debe tener algo bueno”. Y sin ser partidario de que la mayoría siempre tiene la razón, lo cierto es que volví al estante donde me esperaba Trópico de Cáncer a que yo le diese una nueva oportunidad. Abrí el libro y le confesé que esta vez lo había buscado porque estaba dispuesto a dejarme convencer de verdad por su calidad. Tenía dos ejemplares, uno de la Editorial Planeta, impecablemente empastado en cuero color marrón con vetas más claras, el papel sepia, duro y rugoso y el olor de la madera, una verdadera delicia. Sin embargo, escogí el de Bruguera, traducido por Carlos Manzano, más parecido a una colección para jóvenes, de color verde, el lomo gastado y las hojas enclenques. Empecé leyendo como tantas otras veces aquello de: “Vivo en la Villa Borghese...Aquí estamos todos solos y estamos muertos.” Y seguí leyendo para descubrir algo que antes me había sido ocultado, y es que en Trópico de Cáncer las palabras no están para contarnos nada, sino para que nosotros nos metamos dentro de ellas y fluyan en nuestro interior como dichas por nosotros. Estilísticamente este libro o es una fortuna enorme del autor, una suerte entre un millón, o es un prodigio hecho a conciencia con un esfuerzo gigantesco. Veamos qué nos dice el mismo narrador, que inevitablemente identificamos con el autor: “He hecho un pacto táctico conmigo mismo: no cambiar ni una línea de lo que escribo. No me interesa cambiar ni mis pensamientos ni mis acciones... Es el triunfo del individuo sobre el arte” Se ha querido ver en esta afirmación una broma del autor en cuanto a su forma de escritura, pero en realidad Miller habla de no cambiar “lo que escribo”, no de “como lo escribo”. Creo que Trópico de Cáncer está muy trabajada a nivel estilístico para que las palabras surjan como un río sin prisa pero sin pausa. La voz que narra es la de un escritor norteamericano sin un centavo para sobrevivir y dejándose adentrar en los mundos más sórdidos de París en los ańos 30. Entonces, París todavía le disputaba a New York ser la capital cultural del mundo occidental y en ella había espacio para los ambientes más nobles y también para los más marginales, aunque en primavera “nadie podía evitar la sensación de estar viviendo en el mismo paraíso” París antes de que Hitler preguntara si ya ardía y los tanques alemanes se adueńaran de sus calles, que no de su espíritu, era un centro de atracción, un paso obligado para los artistas norteamericanos y yo diría también latinoamericanos. La voz y el tiempo de la narración coinciden por entero con la estadía en la capital francesa del mismo Henry Miller que en los ańos de la quiebra en Wall Street se fue allá donde desarrolló su propia vocación de escritor. De hecho en Trópico de Cáncer, París termina pasando de ser el fondo, el contexto espacial, a ser casi el protagonista, convertida en una ciudad ideal donde se da cabida a lo mejor y lo peor del ser humano.;


Pero cuidado, el tiempo y el contexto se vuelven demasiado importantes en la lectura de Trópico de Cáncer, porque si no los tomamos en cuenta, la novela nos podría parecer insulsa. Y es que hoy venimos ya de vuelta de ciertos tópicos y tabúes como el sexo en el arte. Trópico habla del sexo de una forma tan descarnada que busca la provocación estética, cultural, religiosa y de todo orden a campo abierto. La intención, es clara: desnudar al sexo de los matices artísticos hipócritas y revelar la animalidad que subyace en el mismo, y en lo que lo hemos convertido en muchas ocasiones. Sí, así de directo y ofensivo para una sociedad, la de aquel tiempo, que no estaba acostumbrada a que les dijeran con palabras lo que les decía su pensamiento cohibido tantas veces. El placer fácil como sucedáneo de la vida, las palabras más soeces, las vulgaridades y la carnalidad no son más que pinceladas de un mundo sin sentido que iba a vomitar una segunda guerra mundial desoladora. Pero al lado, el libro contiene pasajes de pura poesía, donde el pensamiento de la voz narradora se contagia de la belleza de un París que siempre da esperanza y fluye como el Sena, silencioso, discreto, pero siempre fluyendo. Hay de todo lo que podía haber: simbolismo, expresionismo, tremendismo. Pero igualmente les advierto que hay páginas totalmente prescindibles y pasajes que se escapan del resto de un conjunto demasiado largo para que siempre consiga mantener la intensidad de su fluidez. Si una mujer va a leer el libro, tendrá que aguantarse las ganas de tirarlo al fuego pues en el mismo, la mujer cuando no es prostituta es casi un objeto: “Cuando encendemos la luz, hay una mujer en la cama esperando a Carl. –Me había olvidado completamente de ella- dice Carl- la echamos a la calle y...” Pero todo este cuadro no es más que la pintura que denuncia el subconsciente de una cultura machista que llega a límites inquietantes.;


Alguien dijo que era imposible que un hombre casado con cinco mujeres fuera un buen escritor (demasiada ajetreo para un oficio solitario). Henry Miller era un todo un personaje, eso es verdad y sus obras más destacadas como Trópico de Capricornio siguen conquistando a través del tiempo su espacio entre lo mejor de la Literatura del siglo XX. A veces me sigue pareciendo increíble que Miller sea tan destacado, quizá él abrió una puerta que luego siguieron Mailer, Bukowsky y tantos otros. Descubro que quizá fue la novela misma la que me dio la oportunidad de leerla con otros ojos. No lo sé, pero aún más increíble me parece que a pesar de mi mismo, me haya terminado venciendo y la tenga ahora aquí ante ustedes. He sido derrotado.;
franciscosancho@hotmail.com;