Cultural

La IRENE LOPEZ


— Fernando Silva —

Este primero de febrero que acaba de pasar, asistimos al Teatro “Rubén Darío” a ver la representación teatral de “Una recreación basada en la historia de El Güegüence”, de IRENE LOPEZ.;


Esta pieza teatral, que más que una “recreación” es en la realidad una versión graciosa, libre y comedida de lo argumental que se ha tomado del teatro popular “El Güegüence”, consiste en un juego original de danza puesta en escena, -de libreto imaginario- que con toda naturalidad se va siguiendo sin apartarse del sentido propio del “bailete”, que es como un modito suyo que tiene nuestro pueblo, que baila con pasos que van al ritmo del son que siguen con los pies y los hombros y la cintura, casi como si se tratara de una expresión verbal simulada. Ese es, a mi modo de ver, el primer acierto de una directora de danza: poder comunicar la realidad con los pasos que hace en el baile. ;


No se me quita todavía del ánimo el sabor sabroso que me dejó esta obra, y eso me obliga a poner por escrito y con la formalidad que se merece, algunas observaciones como sigue: ;


Esta feliz pieza de teatro de Irene López coloca a su autora encima de cualquier otra consideración que no sea la admiración merecida por este gran acierto, tan difícil, porque no se trata así nomás de una “recreación” -como ya lo dije-, sino que es en su orden correcto: una versión original, popular, auténtica con las referencias salidas de la obra “El Güegüence o Macho Ratón”; pero... Ąaquí mete su propia mano IRENE...! delineando en su proyección escenográfica las cosas del arte vivo que se hallan en lo popular, propiamente dicho, en la calle y hasta en la cotidiana vida doméstica. Irene López hace que resulte una temática reanimada en el espacio de un vecindario que se dibuja en el escenario. Sin duda que es un acierto de Irene, simple y espontáneo que logra seguir con el “baile”, en todo el entorno histórico de lo mestizo, que dicho de paso, nada tiene que ver con lo folclórico, que eso es otra cosa. Aquí hay un juego simple que viene empezando por el pie que baila al ritmo pequeńo del “bailete”.;


Hay dos cosas que yo quiero dejar bien claras: la primera es seńalar que en esta pieza, por primera vez, se ha logrado la recuperación, o creación en el original teatro callejero “El Güegüence o Macho Ratón” de lo bailable, cuando con lo que se contaba antes eran con los sones que estaban nada más que agregados, porque originalmente en El Güegüence sólo aparecía el pito y el tambor. Todas las danzas se fueron poniendo como adorno, nada más, apareciendo únicamente “el zapateado” y el “San Martín”, como verificables.;


Irene López recoge todas las danzas, las que ella averigua y las que ella ha creado en el juego de su temática y mete la escena en un sólo bailerío, adonde ella, que en ese momento estaba como apuntadora, entra en el baile y dirige el movimiento personalmente, como incluida en el elenco; curioso y original modo de dar así la forma viva, actualizada, animando desde adentro las burlas que se dan con los desplantes, las mańas, picardías y demás que se argumentan en El Güegüence, desarrollándolo mejor todavía, bailando abierta, descuidada, y libremente; remolineándose risible, al compás ambientado con lo que se va diciendo, poniéndole además, una risa nueva al sentido equívoco y malicioso del argumento que no se altera del modelo de El Güegüence, que por ahí andaba dormido y seco en el texto.;


La otra cosa que hay que decir también es que en esta obra no se tiene en cuenta ningún rigor textual, porque no lleva más pretensión que lo que el mismo baile desarrolla como tal. ;


Los pasajes y presencias de los personajes: El Güegüence, el Gobernador Tastuane, el Alguacil, etc, juegan su papel y nada más, porque lo que se figura en la escena es a través de la danza y la gracia del original, que tampoco se pierde; y que sí, mejor se luce bailando. También deja de ser necesario remarcar lo del ridículo en la conducta y las sinvergüenzadas que se reconocen por ahí repetidas en nuestra medio actual, en lo político, social, cultural, etc. ;


Falta saber que en el mismo texto, ese elemento risible de los amańamientos no es una aptitud, sino un comportamiento, por eso no vale el querer definir a El Güegüence con epítetos textuales, como decirle cuecuenche (sinvergüenza), cuando la obra se llama “El Güegüence o Macho Ratón”, y que el gran sinvergüenza no es El Güegüence (ese es su papel nada más), sino la figura bailada, burlada, ridiculizada, figurando al otro lado de la máscara de las autoridades mestizas entregadas, que con esa burla, Irene López pone a bailar a los mismos principales. No se niega, tampoco, que El Güegüence sea tomado ya como un arquetipo del nicaragüense y por eso se apunta la güegüenzada, que seńala la presencia de “El Güegüence”; pero lo que es en la danza de Irene, lo que vale es la gracia de la danza... y eso no se discute.;


Algunos que se han bachillerado enhebrando cabeceńas sobre El Güegüence en lo que es la letra del texto, ahora van a ver que todo empieza y acaba en la lingua franca que así hablaba la gente y que dio después lugar a tratar de encerrar nuestra lengua ya caracterizada - lingua franca- nahualizándola, o mexicanizándola; pero que ahora, Irene López deja a la vista los gestos que viene siendo el lenguaje nuestro primigenio, que en el baile se recupera; y así se alza un nuevo argumento, con la pieza misma puesta en escena de un “El Güegüence o Macho Ratón”, que puede a estas alturas agrupar alegres a la gente, con la gracia popular que se les nota en sus caras cuando bailan.