Cultural

Sin un punto donde reposar el alma


— Eugenio Tenrón —

Enero 2002 San Antonio, Nicaragua;


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Ańo 1985. Managua. Salí de aquel edificio sede de un capítulo de conspiración, con los ojos tiesos y redondos como chorchas. Entumido el cerebro, apurado caminé por el andén. Esa mańana recuerdo bien, estaba fresca, esplendorosa; recién bańada por el frío de la madrugada. Allá en lo alto volaban nueve gaviotas preciosas como espumosas olas en un celeste mar. Eran las seis en Altamira, apuré el paso.;


Bandadas de zanates en un solo jolgorio, alegres correteaban jugando por la calle en una algarabía de escolares; era un domingo, no circulaba carro, ni gente, ni portón abierto, ni ruido, ni perro, ni gato. Avanzando hacia mi izquierda al otro lado de la calle, vi a un hombre quieto mirando al suelo extrańamente; parecía un monje tibetano en una rara pose de meditación, reposando en un punto, escarbaba sin prisa el húmedo suelo engramado con un sentido rítmico apacible.;


Desgajado sobre él mismo y derramado en su mirada, parecía descansar de sus espasmos, insistiendo ya sin fuerzas en su errante exploración. ;


En la acera de su casa, afuera, con los pies guindados, estando tan cerca se miraba tan lejos, observando un hallazgo o atrapado en él, pensé entonces en una larga noche de suplicios. Seguí caminando sin dejar de verle. Las bandadas de zanates con sus trinos vocingleros parecían interesados en él, invitándole a la vida.;


Detrás de aquel hombre fatigado como telón de fondo de una escena bufa, se asomaban rojas hortancias en largos varejones aprendiendo a volar con sus chotes y flores, y trinitarias con sus tupidas cańas trepadoras de chirriones pescuezudos y vistosos colores, estirando sus cuellos floridos sobre los altos muros de las casas; como emplumados garrobos de alguna tierra encantada.;


Conforme caminaba observaba a aquel hombre, congelado en sus pesares, atrapado en sus empeńos; parecía regresar de un largo viaje y bajado en un destino equivocado.;


Aquella mańana estaba limpia, la calle despejada y las casas con revivido color; todo se veía como en el Edén. Pensé entonces, en que aquel hombre era el creador magnífico de aquella obra, reposando en el séptimo día en una acera de los cielos.;


El sol calentaba generosamente la sustancia y la idea. Viendo a los felices zanates, pensé ahora, que el hombre era un zanate golpeado con una piedra en la cabeza y confuso, dolido, sospechando de un hechor, pensaba tal vez en si morirse o no. Al final de la calle, volví la vista atrás, y sentí su vida enfrascada en una lucha que el tiempo mismo parecía haber detenido.;


En esos días Nicaragua se debatía en una guerra con los yanquis y todo el mundo estaba implicado, unos a favor y otros en contra.;


Carlos Martínez Rivas era aquel hombre, era el poeta, ańos después lo supe, librando su propia guerra de silencios en un jolgorio de zanates encantados que lo tenían seguramente sordo.;


Cuando pasé de regreso por la misma calle ya no estaba el poeta, se había internado en la espesura de su casa que le servía de selva, base de operaciones, refugio y pozo tirador en su guerra secreta de amores y fantasmas en una insurrección solitaria cuya victoria final, su obra, hoy es orgullo, gozo y gloria para Nicaragua.;


La otra guerra en la que estuvimos todos, nadie supo cuándo terminó, quedándonos perdidos, congelados en lo que cada vez parece un gran engańo y sin un punto donde reposar el alma.;


Allá en lo alto, vuela una bandada de zopilotes como una niebla oscura en el atardecer saciados, buscando dónde picar. La gente se santigua y se pone a rezar.