Cultural

Managua, estación central de rápido tránsito


— Danilo Torres —

Cortamos transversal, en zigzag, intrincadamente, entre lo ancho y lo largo de Managua, unas calles que atraviesan la ciudad. Nuestra calurosa capital de Nicaragua persiste asentada precariamente sobre peligrosas fallas geológicas, persiste extendida a la orilla de las pervertidas aguas del lago Xolotlán, cuya imagen, sin embargo, cuando la contemplamos desde lejos, se antoja o se sueńa invictamente bella.;


Las calles de la ciudad, el raudo paisaje, los quebrados trazos de su arquitectura baja, se reducen apresuradamente de proporciones para caber en la pantalla rectangular de nuestro espejo retrovisor. En unos lances fugaces se escalan en una ojeada: el Momotombo en el fondo, azulado, estoico, sordamente ronco y anciano, cercenado a media cintura por una punta peninsular metida en el Xolotlán. Mientras mucho más cerca, se escapan por un inconstante primer plano: un elevado flamear de palmeras, un perfil de construcciones inconclusas, un bosque de anuncios comerciales.;


Managua ha tenido una vida muy sufrida, atormentada, trágica. Sacudida desde siempre por brutales terremotos, castigada en los secos veranos por inclementes tormentas de polvo, inundada en invierno por diluviales correntadas, por aluviones que se desatan y azotan sin control alguno desde las laderas de las cuchillas aledańas, arrastrando consigo toneladas de ripios de talleres, de viejos neumáticos, de maderas de desecho, de papeles, plásticos, vidrios, muros, ladrillos, hasta casas, hasta asentamientos precaristas enteros.;


Para no hablar de las malas pasadas que Managua ha sufrido, golpeada, atropellada o asolada por los virajes súbitos de esa turbulencia fácil, indiscriminada, revanchista e imprevisible que solemos llamar Historia de nuestro país. ;


Con un diseńo original hecho con ingenuidad y modorra, luego brutalmente destruido por la naturaleza volcánica, y luego vuelto a reconstruir parcialmente varias veces, Managua ha venido persistiendo en un lento resurgir, asentada en caóticas hectáreas de tierra alrededor de donde se apretujan en sartas las chozas forradas con cartones, las casuchas de tablas costoneras, junto con champas forradas y techadas con plástico negro, escombros precoces, anticipadas ruinas. Éstos son los anillos de miseria, que como un nudo de anacondas perezosas constrińen a la ciudad, éstos son sus excesos de asimilación, éstos son los frutos de sus siete pecados capitales, éstas son las fuentes orgánicas de sus congestiones sociales. ;


Sin embargo, a nuestro paso veloz, Managua cambia varias veces de traje, de apariencia, muda de estilo, de época, de actitud en el lapso de unos cuantos cientos de metros. En algunas esquinas se despeja, se desinfecta, se acicala y se maquilla. Logra aparecer juvenil, ultra moderna, ensaya un incipiente acento cosmopolita. ;


Forman islotes, archipiélagos a veces, los repartos de clase media, hileras monótonas de casas simétricas, de diseńo simple y escueto, sin mayor ingenio. Cines transformados en iglesias, iglesias que luego se transforman en supermercados, dependiendo de las alzas y bajas de los valores religiosos o comerciales en la bolsa local.;


En las intersecciones, nos detienen los semáforos, la luz roja nos sugiere insistente que es necesario, que es urgente detener esta situación que propicia estas esquinas atestadas de mendigos, de nińos vendedores de cualquier cosa, de mujeres indigentes, de seres humanos mal nutridos y degradados. Viviendo unas vidas esqueléticas, fantasmales, unas vidas de angustia y agonía, de pesadilla cotidiana en medio del sopor, del sudor, del mal humor. Y en donde campea la violencia extrema de las pandillas callejeras. Todo entre una embrutecedora masa de anuncios comerciales enclavados sobre inmensos predios ociosos, abiertos donde antes del terremoto del 72 hervía de actividad comercial la antigua ciudad. ;


Cuando nos acogemos al amparo del aire acondicionado, al velo piadoso de los vidrios polarizados, nos resignamos a no ver Managua desnuda bajo el sol, mientras viajamos por su apresurado sistema circulatorio. No tiene caso. Ya que no puede afirmarse elegante, ni hermosa, ni culta, mucho menos compasiva, Managua se afirma comercial, mercantil, con ostensible arrogancia, en términos colosales, en proporción a la menguada capacidad de compra que parecen prometer sus pobladores masivos. ;


Uno que otro edificio sobresale, destaca su perfil ascendente entre los escombros, con el rostro maquillado con unos lujos forasteros. Hoteles de fría geometría, como sus ejecutivos, como sus contratistas constructores, como sus invisibles propietarios, hoteles construidos a imagen y semejanza del South Beach, de los Everglades de Miami, islotes de lujo, rodeados de bulevares congestionados de vehículos, taxis y buses de servicio público, conducidos todos por desalmados choferes que lanzan impunes sus chatarras, como bólidos homicidas sobre los peatones, sobre la inerme y asustada ciudadanía pedestre. ;


Pero Managua nos reserva también el rostro amable de las locatarias de los mercados populares, atestados de cuentos y de fábulas, de rudimentarios mitos y de leyendas crudas. Las frutas de temporada, jugosas, carnosas, coloridas, exuberantes legumbres, en cuyos nombres resiste y sobrevive la lengua mestiza, el chispeante ingenio colectivo, en cuyos laberintos atisban los rostros mesoamericanos, donde se puede apreciar en todo su esplendor el gesto en vivo de las esculturas ancestrales, llenas de calor y de solidaridad humana, sus aires mágicos, animistas, forjados por una cultura muy antigua.;


La mezcla de razas entrelazadas, entre las del norte y las del sur del continente americano, cuyo pregón coral mangue-chorotega de miles de gargantas empuja la ciudad hacia el sur, donde siguen creciendo uniformes, plásticos, estereotipados los centros comerciales, al empuje de los vientos de la globalización que soplan incontenibles. Zonas comerciales en las que uno se pasea como si estuviera en la Florida o en el Orange County, en California, contemplando los lujosos escaparates donde no crece una flor, ni un poema, ni se escucha una canción de cuna.;


Deben abrigar las entrańas recónditas de Managua sentimientos altruistas, orgullos autóctonos, pasiones generosas, cordialidad, fraternidad, deferencia, sosiego, paz compartida. Pero perdidos en la ansiedad, en las prisas del tráfico, en la digestión haragana de los trámites burocráticos, uno no los advierte. A veces duda de su existencia. Durante la jornada laboral Managua corre de un lado para otro, demasiado ajetreada, demasiado urgida, atrapada, atenazada como un mosquito entre la prisa de las agujas del reloj. Y al final, Managua abre y cierra sus diafragmas sensitivos con el mismo ritmo que abre y cierra las cortinas metálicas de sus tiendas, bancos, ferreterías y supermercados, con el mismo gesto que franquea o niega el acceso a las puertas de las oficinas públicas y privadas.;


A partir del anochecer, Managua desnuda otras intenciones, delata otras vertientes vitales, abre unos caminos de diversión, o de perversión y abyección, que en muchos casos comienzan con idénticos pasos. O se repliega Managua hacia un mundo de puertas cerradas, de televisión doméstica, de olvido nacional, de embrutecimiento internacional, de nirvanas grupales, de enajenación masiva y selectiva, por vía satélite. ;


;


(Septiembre de 2003)