Cultural

LA NAUSEA (La Nausée 1938)


— Por Francisco Javier SANCHO MAS —

Jean Paul Sartre (Francia 1905-1980);


“Estoy solo pero camino como un ejército que irrumpiera en una ciudad. En este momento hay navíos resonantes de música en el mar, se encienden luces en todas la ciudades de Europa; nazis y comunistas se tirotean en las calles de Berlín; obreros sin trabajo callejean en Nueva York, mujeres delante del espejo, en habitaciones caldeadas se ponen cosmético en las pestańas. Y yo estoy aquí en esta calle desierta, y cada tiro que parte de una ventana de Neukölln, cada vómito de sangre de los heridos, cada ademán preciso y menudo de las mujeres que se engalanan responde a cada uno de mis pasos, a cada latido de mi corazón”.;


Después de pasar un domingo en una ciudad de provincias observando la gente que paseaba y que fingía vivir, así se permite hablar el narrador de esta novela (a la que Unamuno llamaría nivola), y que acaba de tener la revelación de su propio existir. Sé que será del agrado de algunos lectores que me reprochaban su tardanza encontrarse ya con Jean Paul Sartre, un filósofo y escritor con el que se puede estar de acuerdo o no, pero con el que no se puede dejar de maravillarse. Ante él, hay que rendir el sombrero como agradecimiento a la coherencia y al compromiso por la vida. Todo ello entendido a su manera. Les presento aquí también al compańero de Simone de Beauvoir. Es curioso que con el andar del tiempo y de la gente, ahora a Sartre casi se le conozca más como el compańero sentimental y cómplice de la Beauvoir cuando antes era al revés. Sin duda dedicaremos también un capítulo de esta travesía de las Cien Novelas Para Siempre a una de las banderas más lúcidas de lo que se dio en llamar feminismo. Pero hablando de La Náusea...;


No es fácil. Sirva como advertencia al lector que espere encontrar en este libro los elementos comunes de una novela. En cierto modo sí pudiera serlo, pero la acción de la misma es casi nula. Entonces, puede resultar aburrida. La literatura francesa de este siglo nos tiene mal acostumbrados a ciertas dosis de aburrimiento parecido a un domingo por la tarde. Sin embargo puede ser que el aburrimiento venga en parte por nuestra incapacidad de adaptación y de degustación de aquello que no buscábamos en principio. Sin embargo, si uno se deja llevar por la invitación de Antoine de Roquentine (el narrador inventado por Sartre) a penetrar en su reflexión, veremos que junto a él, e inevitablemente, nos estamos desmadejando desde nuestro propio embrollo existencial hasta el descubrimiento de la Nada o la Casi Nada del Presente y del Existir. Pero al final, no es difícil, se los aseguro, dejarse llevar por este narrador al que hay que reconocerle la valentía de ponerse delante de su vida y tratar de sacarle su partido. ¿Es Sartre el Roquentine de la novela? Yo diría que en parte sí. Puede que el Roquentine sea Sartre, al menos en la primera parte de la vida del escritor francés, pero también podemos observar a Sartre en el “Autodidacta”, uno de los personajes con los que nuestro héroe (o antihéroe) conversa en la novela, y que ha hecho sus propias opciones. La novela no es larga, pero les aviso que si Sartre fue valiente para escribirla, también hay que ser valiente para leerla.;


Los contextos cambian mucho las situaciones. En La Náusea, título que viene por un mal que empieza a aquejar al protagonista, se observa la precariedad de la sinceridad y la autenticidad en una sociedad occidental tan tremendamente atorada y anudada por las ataduras de la tradición, la historia, la cultura y esas cosas, que da miedo, el estrecho margen que se le deja al hombre (y la mujer, reclamaría Beauvoir) para su propia realización. Ya decíamos en el capítulo anterior dedicado a Camus y a La Peste, que el Existencialismo se pregunta por el sentido global de la existencia humana, y según qué autor da su propia salida al enigma sin respuesta. En el caso de Sartre, es bien conocida su apuesta por el Socialismo, no a ciegas como aprobación de un sistema que sirva para la salvación del hombre y la mujer, pero sí como un camino hacia el otro, es decir, como un compromiso con la vida, como una lucha por los demás, escapando así del absurdo de una vida para sí mismo. ¿Y Dios? Ni Camus ni Sartre en sus obras lo eligieron. En cualquier caso parece que Dios no es para ellos más que la motivación para otra salida, otra solución al enigma.;


Roquentine ve en la vida sólo lo absurdo. Éste es un auténtico problema. Por ejemplo, cuando observa a una pareja cortejándose dice: “Acabarán acostándose. Lo saben...Pero como son jóvenes, castos y decentes,...como el amor es una gran cosa poética que es preciso no espantar, van varias veces por semana a los bailes...Después de todo hay que matar el tiempo...Cuando se hayan acostado juntos, habrá que buscar otra cosa para ocultar el enorme absurdo de la existencia. Con todo...¿es absolutamente necesario engańarse?”. Como pueden ustedes entender estaría mal que yo les animara a leer esta novela sin saber el abismo que se van a encontrar, el de la incógnita vertiginosa de nuestra propia existencia. Estas novelas y quienes las escribieron no conviene olvidarlos, porque nos rescatan de nuestra propia desidia de buscar lo que somos, de nuestro propio olvido de saber que somos peregrinos ligeros de equipaje en una tierra extrańa. Releyendo La Náusea no dejaba de acordarme de aquel profesor de Filosofía que tuve en La Secundaria, que tenía una lucidez asombrosa y aunque sus encantos físicos eran el opuesto absoluto de sus dotes para despertar conciencias, conseguía no dejarnos para nada indiferentes. Y lo recuerdo porque después de un receso en el que el tipo se fumó un cigarrillo de marihuana, vino con ojos de haber visto visiones y nos espetó a los pobres jóvenes estudiantes una elección total y terrible: “Ustedes van a ver que desde los primeros tiempos del pensamiento del hombre hasta hoy, al final, la historia de la filosofía lo único que nos plantea es esto: Dios o El absurdo. Algunos hemos preferido el Absurdo”, dijo. Se pueden imaginar los enfrentamientos que tuvo este profesor con padres más sensibles a los temblores intelectuales de sus hijos. Creo que la elección de ese absurdo ha tenido manifestaciones muy válidas. Pero también están los que creen que después de todo, la vida es un viaje de vuelta a la casa de un Dios Madre, o Padre (según) que nos enfrenta de nuevo a otra preguntas y pruebas no aptas para cobardes. En cualquier caso, dejarse adormilar por la Nada es lo peor que podemos hacer, pues en esa nada, otros se aprovechan de nuestra falta de voluntad. En los tiempos que corremos, esto está más que presente, si no que nos expliquen cómo nos hemos visto abocados a un mundo permanentemente en guerra por decisión de uno o de dos o de tres en contra de una protesta global.;


Sartre era partidario de que las ideas hay que vivirlas y su compromiso social y político queda patente en muchas actividades: formó parte del Tribunal Russell, en el que participó nuestro Cortázar también, un tribunal formado para juzgar moralmente los abusos de las tiranías del mundo; estuvo integrado en el Mayo del 68 en París y tomó partido a favor de la causa de la Primavera de Praga. Además uno de sus gestos más sorprendentes tuvo lugar en 1964. Imagínense que a nuestro hombre le otorgan el premio Nobel, y éste por coherencia con sus ideas y su compromiso con la posibilidad de un mundo nuevo, decide declinar y ni siquiera se dignó a ir a recibirlo. Un gesto más contra las apariencias que envuelven las luces de un mundo que no deja ver. Semejante gesto lo repitió un escritor ruso, Boris Pasternak, y si la memoria no me falla, Bertolt Brecht lo rechazó de antemano, aunque acogió gustoso el premio creado por Stalin. Fue una época difícil, después de tanga guerra. La obra novelística de Sartre El Muro y Los Caminos de la Libertad , aparte de su obra dramática (de la que destacamos La Puta Respetuosa) tiene cicatrices de guerra, pero demuestra una fe en el ser humano inquebrantable. Hoy en día, se pueden leer las bellas cartas de Sartre a Beauvoir, a la que él apodaba amorosamente “mi Castor”. La Náusea, a pesar de sus divagaciones, nunca excesivas, y a pesar de sus otros defectos, es un ejercicio muy saludable de ponernos delante de une espejo. Sólo hay que dejarse llevar por su lectura. ;


Atrévanse. Atrévanse.;


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franciscosancho@hotmail.com;