Cultural

Poesía es libertad

Artículo de CESARE PAVESE fechado 31 de diciembre – 8 de enero de 1949, publicado en la revista “Il Sentiero dell´Arte” de Pesaro, el 15 de marzo del mismo ańo. Traducción de Michele Mimmo

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Pero el peligro de abandonarse a costumbres y complacencias, fingir asimismo inspiración y virginidad, tomar el atajo de un estilo dado —ver misterio donde misterio ya no hay— es tanto más inmediato para el auténtico poeta cuanto mayor es el número por él conocido de caminos abiertos, ya recorridos, y cuanto más dificultoso y singular se le presenta el camino de lo desconocido, de lo informe, de lo inexpresado.;


Es obvio que también los literatos hacen obras útiles, y nada es tan insignificante como la romántica cruzada dirigida a exterminarlos y humillarlos. Y no solamente porque los poetas mayores hunden sus raíces en el suelo y en el abono de la literatura, que es su autoalimento, sino que los literatos constituyen la columna del público que escucha a los poetas y dan una voz y un sentido a las aspiraciones y respuestas de ese público ingenuo.;


Lo que ha sido visto y reducido a claridad por el poeta, sus presas en el territorio descubierto, se parece a esa fauna de la jungla que el cazador ha capturado y que transporta al pueblo civilizado. Estas criaturas extrańas, rodeadas aún de un orgulloso y primordial asombro, van enjauladas, exhibidas, explicadas a vivir entre nosotros. Si fuera posible, multiplicando y aislando entre nosotros las grandes obras de arte poética, hacer callar cualquier otra voz, cualquier comentario, toda vulgarización, habríamos hecho un trabajo parecido al de quien llena las encrucijadas con fieras sombrías y feroces, y destina las jaulas a cárcel de los domadores y guardianes. A la vez, desaparecería la vida civilizada y las fieras, o si se prefiere, se asistiría a una nueva partida de caza con derroche de vidas y de tiempo, y con la indignación de los propios cazadores. Mejor admitir que mientras el mundo produce poesía —mientras que nos llegan de lo ignoto encantadores o atroces monstruos— la tarea del hombre civilizado es poblar con ellos el zoológico y darles un nombre y una jaula, volviéndolos literatura.;


Pero que sean monstruos verdaderos, mitos encarnados, descubrimientos. No perritos o pavos. El mundo está lleno de quimeras y de sorpresas, sin embargo, sólo las auténticas interesan al poeta, y solamente cuando éste haya logrado obligarlas a revelar su nombre es cuando nos interesan a nosotros. Ahora bien, no todos se dan cuenta de lo importante que es esta cuestión.;


Una cosa de nada. El poeta, como tal, trabaja y descubre en soledad, se separa del mundo, no conoce más deber que su lúcida y furiosa voluntad de claridad, de demolición del mito vislumbrado, de reducción de lo que era único e inefable a la normal medida humana. El éxtasis o marańa donde se clavan sus miradas debe estar totalmente en su corazón, filtrada a través de un imperceptible proceso que remonta por lo menos a su adolescencia. Nada de preexistente, ninguna autoridad exterior, práctica, puede ayudarlo o guiarlo en el descubrimiento de nuevos horizontes. Esto es algo ya tan carnalmente interno a él como lo es el feto al útero. Si él está verdaderamente reduciendo a claridad un nuevo tema, un nuevo mundo (y poeta es sólo quien haga esto), por definición ningún otro puede estar al tanto sobre ese tema, sobre ese mundo en gestación, sino él que es el árbitro. Inevitablemente, los consejos y los llamados que les llegarán del exterior, saldrán de una experiencia ya descontada, reflejarán un tema y un gusto ya existentes, es decir, insistirán para que el poeta siga cosechando en el huerto conocido, finja asimismo de no saber lo que ya sabe. En síntesis, las intervenciones doctrinales, prácticas —sean expresiones de consenso de los más competentes colegas, de los mejores intencionados lectores o de los padres más reverentes— no harían más que empujar al poeta en la literatura, impidiéndole desarrollar su tarea específica de conquistador de tierras desconocidas. La constricción ideológica ejercitada sobre el acto poético, sin duda transforma a los leopardos y las águilas en corderos y pavos. Dicho de otra manera, instaura la Arcadia.;


Aquí es donde se ve la importancia de la cultura del poeta, ese imperativo por el cual, en su vida cotidiana, él debe tratar de volverse en el más culto de los contemporáneos. Si el poeta busca de verdad claridad y exorciza sus mitos transformándolos en figuras, se podrá decir que lo habrá logrado solamente cuando esa claridad sea claridad para todos, o sea, un bien común en el que toda la cultura de su tiempo sabrá reconocerse. ¿Y qué significa esto sino que el estilo, el tono, el territorio por él descubierto se incorporarán naturalmente en el histórico panorama de su generación y contribuirán a componer el nuevo horizonte, fruto de un auténtico estupor, con la conciencia de haber resuelto en humano lenguaje los más adelantados y desprejuiciados medios de investigación? Pero cuidado porque auténtico estupor significa estupor auténtico, o sea, no falaz, es decir, ese residuo irracional que permanece tal a la luz de la más científica teoría de la época. Antes de ser poetas somos hombres, es decir, conciencias que tienen el deber de darse, sumergiendose en la escuela social de la experiencia, el máximo conocimiento posible. En cambio, todos aquellos consejos, aquellos llamados que los indecentes, como son los consejos que un tiempo la madre usaba dar a su hija a la víspera del matrimonio. El verdadero poeta ya se los ha dirigido asimismo y los ha resuelto haciéndose culto. Mejor sería exhortar con vigor a la cultura y al conocimiento a los candidatos a la vida social —los jóvenes literatos, ingenieros, seminaristas— e inculca en ellos la idea que la dirección de la vida interior es una y una sola, la incansable demolición de los mitos, la reducción de toda perplejidad de estupor a claridad. Y luego, si alguno de ellos dirá que es poeta y ofrece razonables esperanzas, dejarlo que se hunda en el remolino de su inquietud y quedarse a ver las consecuencias. Sólo él puede hallar el justo camino puesto que él sólo conoce la meta.;