Cultural

Génesis


— Henry A. Petrie —

Un sonido ensordecedor abrazó todos los ruidos del ;
mundo. Todo, de pronto, y en un instante, giró brusca;
mente. La obscuridad se apoderó del ambiente. Humo. Polvo. Desolación. Ruinas. Inconsciencia de lo vivido. La vida en busca del oxígeno. La casi nada; el casi vacío; la casi inexistencia.;


Algo pasó en la Tierra, algo catastrófico, apocalíptico. Nuestras memorias no alcanzan a recordar las causas de aquel suceso, quizá porque en realidad nuestros progenitores nunca lo supieron. No les dio tiempo. La inconsciencia los abrazó. El mundo del pasado había colapsado, al menos por aquellos contornos; recorrieron grandes extensiones de tierra firme en busca de seres semejantes, de alguna especie viva. Ruinas tras ruinas. Piedra sobre piedra. Vegetación escasa y esparcida. Una extensa e infinita superficie vacía. Un silencio que conjugaba sonidos extrańos. Sobre aquel planeta, dos únicos seres humanos: una mujer y un hombre; ella fue primera, de mayor edad; él llegó después, era prácticamente un nińo.;


Ellos fueron mis progenitores.;


Se encontraron solos en el mundo, completa y absolutamente solos, refugiados en una profunda oquedad, protegiéndose de la intemperie y los estragos, alimentándose de desechos. De la experiencia e imaginación de ella hicieron posible la subsistencia; para que el tiempo transcurriera fue preciso hacer de la vida un sueńo, recordar lo mejor habido del mundo al que habían pertenecido, el que se esfumó de pronto, en un instante que no supieron determinar, todo les fue arrebatado. Conversaron, jugaron, caminaron, buscaron y crearon aquellas condiciones que les permitieran sostener el pedazo de vida que portaban. Ella, una, cien y mil veces, narró sus recuerdos e historias del mundo anterior, a la memoria hizo comulgar con los sentimientos más positivos experimentados. En paredes quedaron grabadas aquellas vivencias, descripciones de tremendos conflictos interiores e incertidumbres, la inefable soledad empujando hacia los grandes imperativos de la condición humana, o más bien, enfrentada a la más cruel de las tragedias de la existencia. La ironía de muchas tragedias confluye en verdades que han quedado lejanas en el tiempo.;


Se preguntaron sobre las causas ignoradas del acontecimiento apocalíptico. ¿Cataclismo? ¿Invasión y destrucción alienígena? ¿Colapso de algún astro sobre la Tierra? Y el tiempo transcurrió en una vida incipiente, la supervivencia y la reproducción de la especie se impusieron.;


No se trató del génesis bíblico, tampoco del paraíso. Él no fue Adán, ni ella Eva. No hubo fruto prohibido ni criatura incitando a la desobediencia. Se trató de dos seres humanos, únicos en su especie en aquella intemperie, en el desastre de aquel mundo. Mujer y hombre temerosos, raídos e indefensos ante las inclemencias de un nuevo mundo, ruinoso. Ella, de mayor madurez y sabiduría, pensó en la extinción de la especie, pese a cualquier otra consideración y realidad perteneciente al mundo pasado, lo imperativo fue la continuidad de la vida humana, por lo que tuvo que incubar en su corazón un amor más grande que el inmediato vínculo con el ser acompańante, y condicionó su mente para titánica obra humana.;


Procrear, reproducirse. No hubo otra alternativa. La naciente civilización humana dependió de aquel apareamiento, mujer y hombre se hicieron progenitores, el hombre se hizo padre penetrando las entrańas de la mujer, y ésta, con todos los amores concebidos generó la vida, extendiéndola a través del tiempo nuevo.;


No se trató de la pareja primigenia, sino de la única sobreviviente, náufragos de la eventualidad.;


Ella se embarazó; comenzaron los cuidados y preparativos para el alumbramiento. Aquel día fue grandioso, la vida creció. El primer nińo gozó del calor y caricias de sus progenitores, fue así que vine al mundo. ;


En el plácido juego de la ingenuidad de aquel tiempo y el advenimiento de cada nuevo ser, fundamos nuestra familia, la nueva civilización que hoy representamos. ;


Mi madre envejeció amando al primer hombre, parió once criaturas. Cuando falleció respondíamos a las leyes naturales, la reproducción y continuidad de la especie fue, y sigue siendo, nuestra labor esencial. Poblar la Tierra, multiplicarnos, producir y convivir con el resurgimiento de las nuevas especies, fue el legado que nuestra madre nos dejó.;


A pesar de extendernos en amplios territorios, no encontramos seres semejantes a nosotros. ¿Estaremos solos aún? Cada pareja escogió su lugar de asentamiento y continuamos laborando la tierra.;


Ausente mi madre, mi padre continuó su reproducción, amando a sus nuevas consortes y criando a sus pequeńos vástagos. Hijos e hijas mayores también hicimos lo nuestro, con el tiempo nos hicimos más, enfrentamos la primera soledad con nuestras compańías y la alegría por la nueva vida. ;


Aún estamos en la infancia de esta civilización humana. Aún estamos creando y procreando, reproduciendo y produciendo, aprendiendo a vivir con los beneficios de nuestra labor, con los prodigios de una naturaleza renuente a sucumbir, inspirada en su esencia. Hemos crecido a paso agigantado; el espacio por poblar es inmenso, y aún no encontramos seres semejantes a nosotros; comenzamos a redescubrirnos, a conocer de nuestros antepasados, a reconocernos en nuestros parentescos.;


Ahora que los veo reunidos alrededor de mí, hecho ya un viejo, recuerdo a mis progenitores con su prole numerosa, amando la vida y al género humano. Todos somos de la misma sangre: mi mujer es mi hermana, mi padre es también mi hermano, el primogénito; fui en realidad el segundo hijo de mi madre, también su nieto y yerno; en un tiempo también mi padre fue mi suegro. ĄQué tan cercanos somos! Así sucede entre las personas que formamos la primera y segunda generación, hasta la tercera, y aunque el tiempo avanza, estoy seguro que en cada nuevo génesis, habrá alguna entrańable e íntima relación. Ya sea que la mujer salga de la costilla del hombre, o él de las entrańas de ella.;


Julio 2002.