Cultural

Recordando a Juan al mes de su partida


— Juan Aburto —

Hace pocos días volví a leer el cuento que Juan quiso compartir conmigo, que él llamo FABULA DEL SIGLO XXII, aquel que se le había perdido en el archivo de su computadora pero que pudo recuperar y me lo envió apenas el “desastre fuera superado”. Es la última e inédita versión la que hoy pongo en conocimiento de todos como un sincero homenaje a su recuerdo.;


Sé que quienes lo conocimos y disfrutamos con él, de su peculiar forma de compartir los momentos, que disfrutamos de su ingenio, de sus amplios conocimientos, de su vasta cultura, de su sentido del humor, de su trato fino y cortes, realmente fuera de este mundo y lugar; hoy nos cuestionamos de lo que pudimos o no pudimos hacer por él, por él que no sabia pedir nada.;


Amigo, hasta con tu partida me enseńaste a no asombrarme, a darle a los seres queridos lo mejor de mí cuando ellos lo pueden recibir. ;


Deseo que tu próxima vida te sea mejor.;


Septiembre 17 de septiembre de 2002;
Amelia Vogl Montealegre;


Estimada Amelia:;


Quise escribirte desde ayer mismo, pero hubo un pequeńo problema con el computador servidor y me destruyó el cuento de que conversamos. Afortunadamente tengo una copia impresa, a partir del cual lo armé de nuevo, lo que aproveché para hacerle algunas correcciones. Helo aquí espero que lo disfrutes.;


Espero tener noticias tuyas muy pronto!;


Con un beso,;


Juan Aburto;


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Fábula del Siglo XXII;


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Había una vez un pueblito perdido en la inmensa geografía de un país de cuyo nombre no quiero acordarme. Más que un pueblito era un caserío, donde todos los vecinos se conocen. Como en todos los pueblitos, tenía sus personajes infaltables: autoridades civiles y del orden público; agricultores, trabajadores, el banquero, tendero, barbero; un;
pequeńo bar y restaurante donde los vecinos pasaban sus ratos de ocio, después de la jornada laboral.;
No faltaba el pleitisto, el matón: un tipo fornido, siempre malencarado que pretendía imponer su voluntad por la fuerza. Todos sus problemas y diferencias los resolvía a golpes, cuando no con amenazas y gestos agresivos. Los vecinos le temían.;
Un día de tantos –como siempre– iba muy tranquilo y confiado por la calle, que lucía más bien desierta. El sol brillaba en todo su esplendor. De pronto, sin saber de donde, una piedra cruzó el aire y fue a golpear su pecho. El acto fue tan repentino que no tuvo oportunidad de averiguar el origen del proyectil ni la identidad de su lanzador.;
El impacto fue tan fuerte que le provocó un dolor agudo y punzante: cayó al suelo. Aquello era sencillamente inaudito.;
Temerosos, los pocos vecinos que presenciaron el hecho, se acercaron a ver en qué podían ayudar al lesionado, que tardaba en volver en sí.;
Cuando recobró el conocimiento dejó escapar un agudo y;
profundo quejido; mientras se incorporaba, tensó el cuerpo, crispó sus manos y frunció el ceńo: había que averiguar quién fue el causante.;
Todos conocían el mal genio del matón aquel, de manera que la primera intención –después del pánico provocado por la certeza de los efectos de su cólera– fue poner los pies en polvorosa. Pero nadie se movió: quien pusiera distancia podría ser sospechoso de la agresión.;
Afortunadamente para los curiosos que rodearon al forzudo, sus contadísimas neuronas, después de un plus - esfuerzo, llegaron a esa misma conclusión, de manera que se contuvo en su intención de empezar a tirar golpes a diestra y siniestra con todas las extremidades.;
Estudió cuidadosamente la expresión facial de quienes lo rodeaban, con la intención de descubrir el más mínimo gesto que delatara al responsable, de la misma forma que examinaba a sus compańeros de mesa cuando jugaba al póker.;
No descubrió nada. Aquellos curiosos parecían inocentes: nada los delataba; de manera que ensayó otra estrategia: comenzó a vociferar y a gesticular rabiosamente. Era un espectáculo impresionante, ver a aquel gigantón fuera de sí, bufando. ;
Fue más que suficiente: la calle quedó desierta en menos de lo que se quita una brasa.;
En medio de sus ideas, medio pensamientos, urdió un plan para descubrir al infeliz que había osado agredirlo. Mentalmente repasó cada casa del pueblito para evaluar a sus habitantes, uno por uno; determinar el grado de culpabilidad que podría caberles. Después visitaría a quienes obtuvieran las mayores;
puntuaciones...;
En el centro del caserío no pudo determinar con certeza a ningún vecino que pensara agredirlo, mucho menos llegar a perpetrar semejante acción. Quien más se acercaba a sospechoso era el anciano vendedor de azúcar que vivía al fondo del callejón: siempre hubo enemistad entre ellos porque el azucarero no toleraba sus “libertades”: jamás había podido entrar en aquella pequeńa tienda a poner en su sitio al impertinente majadero que se resistía a sus bravuconadas.;
En la otra cuadra, en la gasolinera, había un vecino nuevo, con quien no pudo congeniar ni desde el primer momento. Este vecino se pavoneaba orondo mientras surtía combustible a los vehículos sin prestarle la más mínima atención.;
Pensó... y pensó. Al mucho rato, su rostro se iluminó con una mueca de satisfacción: había dado con el pillo que buscaba.;
Más allá de los límites del caserío, una antigua casita ruinosa mostraba que tal vez en algún momento tuvo sus ańos dorados; que –si el propietario se lo proponía– regresarían sus días de gloria.;
Sus habitantes no podían calificarse de humildes: les cabía demasiado grande el calificativo. Las carencias y necesidades que sufrían eran de tal magnitud que tal vez desposeídos era lo que más se acercaba a la descripción de su situación: el agua potable era su mayor tesoro. Simplemente supervivían.;
Pues el fanfarrón concluyó que la pedrada que lo había;
derribado provenía de las manos de alguien que pertenecía al círculo de aquellas humildes personas.;
Montó en cólera al comprobar la plena certeza de su elucubración e, inyectados los ojos de sangre, bufando, se dirigió a aquella mísera residencia.;
La... ¿casa? aquella conmovía de lástima, sólo al verla: los cimientos –si es que algo remotamente parecido tuvo alguna vez– eran un promontorio de tierra cubierto de algo que parece que en algún momento quiso ser hierba; las... paredes, perforadas cuando no descascaradas, simulaban dar un simulacro de delimitación a aquella “vivienda”; seguramente hubo pintura alguna vez sobre aquellas tristes superficies,;
aunque hace mucho que era imposible determinar su color. Ventanas... no, no lo eran aquellos huecos rectangulares, cubiertos con toda clase de tablas, cartones, plásticos: en el mejor de los casos, algunos restos de cristales rotos que desafiaban a la ley de la gravedad, opacos de sucios, daba una ligerísima pista de que alguna vez los hubo, en aquello que daba la impresión de haber sido marcos de madera para;
cristales: a lo sumo eran despreciables astillas carcomidas.;
Techo... las pocas vigas que asomaban por la parte superior tenían el aspecto de la sonrisa de un desdentado: con dificultad se podía adivinar que en algún momento hubo algo sobre ellas.;
El matón se detuvo desafiante frente a aquellas ruinas, los brazos en jarras y empezó a vociferar: “ĄQuiero que ahora mismo me entreguen a quien me agredió!”; “ĄO me lo entregan en este instante o...!”;
“ĄEsto no se va a quedar así...!”;
Una débil voz sonó en el interior: “ĄAquí nadie ha agredido a nadie!” “ĄNo tenemos a nadie a quien entregar...!”;
Para qué contestaron. Si venía furioso, aquella respuesta lo enloqueció. Se dirigió resuelto a la puerta, que cedió convirtiéndose en mil astillas a su primer golpe. Las paredes parecían ser de madera de balsa, tal era la inconsistencia que mostraban a los puńetazos del energúmeno. Las columnas del porche se pulverizaron a la furia de los puntapiés del;
enloquecido furibundo.;
En aras de la brevedad, no quedó piedra sobre piedra.;
Jamás vio la cara de ninguno de los moradores de aquella ruina; no se retiró –satisfecho– hasta que dejó de escuchar los llantos, gritos y lamentos.;
Aunque tampoco vio la piedra –más grande que la primera– que silbaba rauda en ruta hacia su corazón.;


Noviembre 2001