Cultural

Atrapado en el tiempo


— Carlos Vanegas —

Don Abelardo Roldán no era un coleccionista de altura pero tampoco era un coleccionista ordinario. Tenía una pasión casi poética por los objetos antiguos, sabía muy bien que éstos eran los únicos que en alguna forma le devolvían el pasado, lo llenaban de recuerdos agradables, recuerdos de un tiempo perdido que jamás volvería.;


Así, ver películas clásicas, escuchar música de siempre y leer libros y revistas de mucha antigüedad, construían un mundo tan disímil como único. Por eso, el día que le llevaron las casi doscientas revistas de Selecciones del ;
Reader’s Digest el corazón le saltó del pecho de pura alegría. Eran números muy antiguos con artículos muy interesantes, con una presentación sencilla pero con el tradicional índice en la portada.;


Se puso a hojearlas entusiasmado. Para el cuidado de sus ojos no hay nada mejor que Murine, úselo. Miró la botellita, tantas veces comprada por él en las farmacias hacía veinte o treinta ańos; en la página siguiente estaba el anuncio de Nixoderm. ŤNo cubra los problemas de la piel elimínelos con Nixodermť, y mas adelante estaba un artículo sobre Venecia y otro sobre Jack El Destripador. Se sintió invadido por la sensación especial que él tenía de saborear imaginariamente las peculiaridades propias del lugar la época y el personaje de cualquier historia.;


Abrió completamente las páginas de la revista. Las calles lúgubres y semioscuras del Londres de la era Victoriana se recrearon en su mente con todo el misterio que la lectura lo invitaba a disfrutar. Sin perder tiempo empezó a leer con avidez el artículo. Solo en ese día leyó mas de una decena de revistas. Como vivía solo,la concentración de la lectura era total e intensa, nadie lo interrumpía; su única hija lo llegaba a visitar los fines de semana acompańada de su nieto, variante que combinaba con las salidas que hacía para visitar a algún amigo, ir a escuchar música del recuerdo al Club que él mismo había improvisado, o ver alguna película buena de las pocas que exhibían.;


Con la lectura de las revistas Selecciones se sumergió en una especie de vorágine. Comía tarde, pasaba días enteros sin asearse y leía hasta altas horas de la noche. Ańoraba tanto el pasado que en su cuarto el tiempo parecía haberse detenido. Pegados en las paredes habían afiches de películas antiguas y calendarios de negocios ya desaparecidos como Casa Sengelman y Paya Soza, junto a retratos amarillentos de su familia que abajo decían Foto Lumington, además de cientos de revistas y libros que estaban apilados por todas partes. Colgado en forma exclusiva de la pared y enmarcado con vidrio, estaba uno de los primeros números del Hombre Arańa, por el que había pagado mil pesos.;


Ya llevaba un mes leyendo las Selecciones, cuando una noche, observando un anuncio de Glostora en la página de una las revistas, miró que el dibujo del hombre que hacia el anuncio se descomponía, se deshacía como el humo; sintió un repentino mareo, vio los objetos del cuarto ondular como en un río mientras escuchaba un sonido como de arpa, y después se desvaneció suavemente en la nada.;


El fin de semana siguiente su hija llegó a visitarlo como de costumbre. ;


Aburrida de golper la puerta preguntó al vecino, preguntó a los amigos, después de informarse que no estaba por ningún lado forzaron la puerta y entraron. No lo encontraron. Su cuarto estaba en orden, como solía mantenerlo, la lámpara de noche con la que acostumbraba leer aún estaba encendida sobre la mesa, y a un lado estaban varias revistas de Selecciones.;


La búsqueda fue infructuosa nunca supieron de él. Los libros y revistas fueron vendidos y regalados. Varios ańos después cuando don Abelardo Roldán todavía no había sido olvidado, un amigo suyo se llevó la mayor sorpresa de su vida. El hombre estaba sentado en una barbería esperando, a que lo afeitaran cuando asombrado, reconoció que el que anunciaba la Glostora en la página de una revista Selecciones de hacía más de cuarenta ańos, era don Abelardo Roldán.;


Corinto, agosto del dos mil dos.;