Cultural

El fascismo y la cultura


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En la cultura italiana el fascismo introdujo el miedo al mańana. No de aquel mańana material que consiste en comodidad y alimentos, sino del posible catastrófico mańana que llevaría el estallido de la guerra, la derrota o la victoria, el cataclismo.;


Durante estos veinte ańos, la cultura italiana estuvo a punto de gritar: Basta. Estŕ bien asě. Detente fascismo, pero, estuvo siempre dispuesta a aceptar la situaciňn incomoda, cobijándose con el autoconvenci-miento que las cosas no empeorarěan. Pero la naturaleza del fascismo, como de todos los vicios, era precisamente la de caer cuesta abajo como una avalancha, escapando también al control de sus jefes. En ese contexto, la cultura italiana vivió de la ilusión, perennemente renovada, que fuese posible cavarse una cueva y ahí acurrucarse mirando únicamente sus cosas, como quien se queja del mal tiempo, y lo acepta y se consuela con la idea que, al fin y al cabo, hace bien a la campińa. Conocí un antifascista, profesor y matemático que, en febrero de 1938, caěda Madrid, me dijo: “Si, estoy contento. Ya no lograba ni pensar ni trabajar. Ahora, el remordimiento de no estar en Espańa para combatir a Franco, no lo sentiré más.;


Afortunadamente el fascismo era más endiablado de como se lo pintaba de vez en vez la inteligencia italiana; y finalizada una aventura, comenzaba otra, consumida una ley, sacaba una peor, derrotando un adversario agredía al sucesivo. “Muchos enemigos, muchos honores”. Se corría hacia el cataclismo y el mundo de la cultura lo sabía, lo había siempre sabido. Hablo de toda la cultura, también de aquella que se llamaba “fascista”, también de la Academia de Italia. Todos deseaban que por un relámpago de agudeza, o de magnanimidad, o de sentido común, el Hombre de la Providencia abriera los ojos y dejara de arriesgarse. Luego, se decía: las cosas se arreglarán por sí solas; pero, no se arreglaron. ;


Mientras tanto, el estado de pánico con el que vivieron las mejores inteligencias italianas, la contínua conciencia de no tener salida, contribuyeron a dar a nuestra cultura ese carácter sombrío, neurótico, futil o desesperado que le caracterizó durante veinte ańos. Si queremos ser justos, está en este carácter la causa de algun buen exito suyo (Moravia, el primer Vittorini, Ungaretti, Scipione, Guttuso, etc.), pero, es de ahí mismo que vienen también muchas indigestas verguenzas. Val la pena nombrarlas?;


Cuanto a los de corazón contento, los entregados al régimen, los cineastas, los “proletarios y fascista”, ellos fueron demasiado estúpidos. Sin embargo, se puede afirmar que los mejores de nosotros, sombríos y desesperados como eran, se han a menudo imaginado que solamente una cosa habría podido salvarlos: un bańo en la multitud, una calentura improvisa de experiencias y de intereses proletarios y campesinos. Algo como ir hacěa el pueblo, es lo que se pensaba. Ir “hacia el pueblo” como una avalancha. Y, en fin, no eramos también nosotros pueblo? No es la cosa más neurótica sentir la necesidad de salir de sí mismo? Tienen estos perjuicios, estas falsas creencias, los que de verdad son del pueblo? ;


De hecho, ahora que ha finalizado, nos parece claro que solamente a través del angosto camino de sangre y dolor, era posible liberarnos de la angustía. La fractura, la crisis, se dio. Era preciso y es preciso vencer el miedo. También y sobretodo el miedo de sentirse excluidos, privilegiados, solos. Si la nuestra es de verdad una realidad proletaria y campesina, no deberíamos ostentarla como un problema o una distinción. Bastará con vivirla. ;