Cultural

Octavio Robleto


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Claro de Luna;


El claro de luna ha sido un tema de admiración y asombro en numerosas manifestaciones artísticas del género humano. También lo ha sido en diferentes culturas, orientales, helénicas, aztecas, por dar cita a solamente tres de las más representativas, porque reconocemos que aparece en la totalidad de las mismas. Y es razonable. ¿Quién, por escasa sensibilidad que posea, no queda extasiado ante una noche iluminada por este satélite inseparable de la tierra? Imagino lo que puede sentir un nómada atravesando desiertos de arena frente a una luna en cuarto creciente o en su plenitud de luna llena con trasfondo de palmeras. Este sentimiento de asombro y placer es compartido igualmente por aquel que lo goza desde una terraza local o del que se encuentra en el patio de su rancho a la orilla de una ceiba en desarrollo. Enamorados y poetas, en el fondo, todos somos lunáticos, con excepción del que se encierra entre cuatro paredes con aire acondicionado. Individuos así mejor que no pertenezcan al gremio.;


Recientemente yo gocé de este fulgor insospechado contemplándola desde las orillas de la laguna de Masaya, una noche de Abril, en compańía de mi amigo Julio Valle-Castillo y cada uno, a su vez, recordando y comentando versos de los poetas que se han ocupado de esta maravilla. Después de los comentarios hubo copas de vino blanco.;


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WHISKY EN LA MANO;


A Octavio Rocha, in memoriam.-;


Sirvo un trago de whisky en el vaso cilíndrico. Le ańado cubitos de hielo tintineante. Lo pruebo y se desliza por mi esófago hasta el fondo. De inmediato me recorre un calorcito por el cuerpo. Mi mente se despeja y me dan ánimos para todo ejercicio. Algo hago, cualquier cosa y a los cuarenta y cinco minutos repito el ritual. Lo saludable.-;


HOJAS AL SOL;


Las hojas del bejuco de la enredadera son un pubis verde y con obstinación a la pared del muro se adhiere. Hay una gran variedad de tonos verdes, desde el verde tierno del retońo, hasta el verde oscuro vespertino. Y el follaje es tupido. Las asociaciones sensuales se acumulan, a cualquier hora, porque el vigor que da la clorofila es el mismo que burbujea en nuestra sangre. Sube y baja por los tubos misteriosos. Sol y oxígeno. Luz que se transforma en minerales sabrosos; la lengua sabe de estos misterios, de las hojas no sabemos nada, pero ellas, agradecidas, dan su brillo al sol y allí radica su mensaje.-;


ALETAZOS DE LA LLUVIA;


Los aletazos de la lluvia pegan contra la copa de los árboles y las ramas se mueven, verde gris, como cabelleras locas. Se confunden los ruidos, el golpeteo del agua cayendo y el ventarrón girando de izquierda a derecha. La zozobra invade al llano y relámpagos y truenos hacen crecer los miedos. Los bovinos buscan refugios con los testuces agachados, mientras los equinos se encogen. Los pájaros han desaparecido. No hay humo en los ranchos y apenas se divisan las colinas.-;


BUENOS DIAS MAŃANERO;


A las cinco de la mańana empieza el canto de la paloma alas blanca la mensajera de los bosques sonoros, cuando los rayos del sol matinal se desparraman para calentar la hierba rastrera o las copas de los grandes árboles. Los jardines cobran vida; las abejas revolotean entre flores. Los güises entonan la bienvenida al día. La ducha tibia enardece a mi cuerpo y me dispongo a lo que sea, a lo que deparen las circunstancias. Buenos días, día.-;


RUMOR DEL AGUA CORRIENDO;


En una de las primeras visitas que realicé a la heredad de la que algún tiempo después sería dueńo, acompańado de mi padre, me impresionó profundamente el rumor constante producido por la corriente de agua al chocar con el lecho pedregoso de la quebrada de Ostapa en el Departamento de Chontales. Quedaba cerca del rancho donde dormíamos, a escasos sesenta metros descendiendo una suave pendiente. Los árboles alrededor eran de madrońo y agüegüe, con su rumor propio cuando los agitaba el viento. Todo lo percibía desde la seguridad ventral de mi hamaca. Había otros sonidos, pero el del agua corriendo era constante. Apenas calentaba el sol me reconfortaba con una ducha matinal.;
También recuerdo con agrado unos días y noches en el Hotel El Castillo, frente al Desaguadero del Río San Juan. Era un raudal ancho y yo, desde mi dormitorio en un segundo piso, gozaba la noche oyendo el chocar del agua contra las piedras. En las márgenes del río garzas blancas, hieráticas. Al fondo los potreros verdes y mansas vacas pastando. El Castillo en sí es imponente, con la imagen de la nińa Rafaela Herrera dando órdenes de disparar los cańones, pero hasta sus interiores no llega el rumor del agua, por ese motivo prefiero las márgenes de las corrientes desde donde hay mucho que admirar y oír. Nińo, joven o viejo, aquí la edad no cuenta.;