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Pochomil y Masachapa con pocos veraneantes


A la Semana Santa le llegó el fin. Con ella se fueron las fiestas veraneras, las procesiones de los fervientes católicos y el resguardo policial que evitó los excesos de los conductores.
Vuelve el ajetreo a las ciudades, que quedaron en completa melancolía por el éxodo de sus habitantes. Empieza ahora la ardua tarea de limpieza de las playas más visitadas.
A pesar de la soledad de las ciudades, las playas no estuvieron tan concurridas como en años anteriores, al parecer, la alerta de tsunami dejó a muchos en sus casas.
El “rompe, rompe, rompe...”, melodía de un cantante de reggaetón, sincronizaba el cuerpo de los jóvenes que esperaban la corriente más pequeña del mar para mojar sus pies.
Algunos degustaban licor, otros se adentraban en el mar, muchos improvisaban casas playeras, pero todos parecían disfrutar de los últimos días de la ansiada Semana Santa, para muchos no tan santa. Tanto fue el disfrute que muchos dejaban olvidados a los niños en la playa.
Vuelven los bikinis al ropero. Y las y los “boteritos”, como expresó un socorrista en alusión a las esculturas gordas de Fernando Botero, regresan al trabajo diario con la piel quemada y algunos, hasta picados de rayas.