Buena Onda

Mi novia “La Chela”

La primera vez que la vi fue en un cyber café, el de la Casa de Los Tres Mundos. Llegó con sus amigos cheles a revisar el correo electrónico

En una calle de Granada la conocí. Ella era francesa (o austriaca o sueca o alemana), pero todos le decían “La Chela”. Estábamos seguros de que era europea, hablaba mal el español, no le gustaba que le hablaran en inglés, y tenía ese olorcito a pacuzo que me volvía loco.
La primera vez que la vi fue en un cyber café, el de la Casa de Los Tres Mundos. Llegó con sus amigos cheles a revisar el correo electrónico. Yo estaba en una computadora al lado de ella. No la había notado, pero de pronto ella me habló y dijo: “Disculpe, ¿qué hora tiene usted?”, con ese acento de turista que apenas empieza a hablar nuestro idioma. Cuando miré sus ojos “verdes gatos” me quedé helado. Tartamudeando le dije: “Sí, son las tres y cuarto”, y seguí escribiendo en mi computadora, buscando cómo no delatar que me había llamado la atención. Pero no podía evitarlo; siempre que podía le echaba una mirada, así de reojo. Vestía de falda larga color blanco hueso, sandalias de cuero, usaba como 25 pulseras de todo tipo en un brazo (ya no le alcanzaban en la muñeca), una camiseta de tirantes, cabello rubio que caía sobre sus hombros, con detallitos de trencitas tejidas con su propio pelo, muchos lunares y tres aretes en forma de pequeños diamantes bordeando la figura de su oreja. No era tan alta, pero la ropa suelta le dibujaba una bonita figura, y con la luz que entraba todos los rizos sueltos de su pelo brillaban según les diera la luz.
Cuando el tiempo de mi computadora se acabó (era un cyber de ésos que tienen código para controlar el tiempo) me tuve que ir, no iba a estar sentado haciendo nada al lado de ella. Tomé mis cosas con calma, dejé la silla y me dirigí hacia la salida. Cuando llegué a la calle me detuve y pensé: “Nada pierdo con ir a preguntarle el nombre, ella se ve que es buena gente”, pero dudé y seguí caminando… pero sólo un poco más. Antes de llegar a la esquina me decidí a volver a preguntar por su nombre, no sé, quizá la pegaba. Entré al cyber procurando aparentar que iba caminando, no vaya a ser que piense que venía desesperado a preguntarle. Me calmo, entro pues, la busco en su silla, pero ella ya no estaba. Me porté lento y se me fue. Ni modo.
Los días siguientes no estuve en Granada, sino en León. Andaba de gira donde unos broderes y les conté la historia de mi novia chela, que ni el nombre le sé pero ella es mi novia, así les dije yo. Uno de los chavalos me quedó viendo feo y me dijo: “Nada tenés que estarle viendo a esas chelas, las mujeres nicas son más lindas que esas chelas sin gracia que apenas las ponés al sol se les pone roja toda la piel”. Y agregó: “… pero es peor cuando vienen con sus amiguitos cheles, los majes sin bañarse turisteando y para colmo nos quitan las chavalas, ¡eso no, eh!”. Incluso, me dijo de un tal hotel en Granada que por culpa de tantos cheles no aceptan a nicas como huéspedes.
El debate se puso acalorado en ese cuento de que si hay o no hay muchos cheles en nuestras ciudades, de que somos malinchistas o racistas, o simplemente nos hacemos los suecos. La verdad es que yo todavía sigo esperando a mi novia chela y que se dé cuenta de que tiene su novio acá esperándola.