Buena Onda

La boda

Había vino para tirar, pero no faltó un salvaje que metiera infiltrada una botellita de roncito ‘baratieri’

Suave, que no soy yo el que se casa. El día que eso pase me pongo a “taxear” para sacar los riales y mantener a mi nueva familia.
Quien se casa en esta ocasión es la mejor amiga de mi novia. Como muchas y muchos, no se casó exactamente por amor, sino porque se sacó la lotería, al quedar embarazada (y tan baratos que son los condones ahora). Bueno, la familia de la novia fue a buscar al novio y lo casaron a huevo, y para que no quedara fuera de la tradición, alquilaron el salón de un pequeño hotel de acá en Managua, con ceremonia por la iglesia y todo.
Primero lo primero
La boda era el sábado y según mi novia debía ir de saco y corbata. La invitación nos llegó el lunes. Más o menos, como a las cuatro de la tarde del sábado, después de pasar todo el día haciendo nada, viendo fútbol por la televisión por cable, me voy acordando de la tal fiesta de la boda. “Mire papá, ¿no tendrá un saco y una corbata que me preste?” Me canta foul, me dice que busque mi propio traje.
En el último rincón de mi ropero mi madre había guardado el trajecito de mi primera comunión, pero ya hace mucho que no me quedaba.
Después de dos horas pegando llamadas, cuatro tarjetas de celular gastadas, de andar molestando como a 15 vecinos y de probarme todo tipo de sacos prestados (el estilo Miami Vice, el hawaiano, el estilo James Bond cuatro tallas más grande), me enganché un saco marca ‘Pakistán’, más o menos decente, más o menos planchado, con una corbata negra que combinaba bien.
Después de lustrar mis zapatos de cuero, por primera vez desde que los compré, y de comer algo ligero para no irme a morir de hambre a la boda esperando el bufete, fui a buscar a mi novia. Ella estaba desde temprano en el salón arreglándose el cabello.
Novia histérica
Le quedó lindo de verdad, pero ella se puso toda histérica cuando la pasé recogiendo. Que había llegado tarde, que la boda ya había empezado, que el saco estaba horrible, que no le tocara el pelo, que no podíamos salir porque si brisaba se le dañaba el peinado, que cómo era posible que ella estuviera todavía en la casa si era de las damas de honor, bla, bla, bla. Cuando se calmó y la convencí de que no habría lluvia, salimos.
Llegamos a la parte más bonita de la boda, la parte que en las películas todo es bonito, cuando él dice que ‘Sí’ y ella dice que ‘Sí’. Mi novia se emocionó todita, me abrazó fuerte y me dijo al oído: “Ojalá mi boda fuera así de bonita”. Para qué les digo, si se me fue el alma por el galillo al escuchar semejantes proposiciones. Si apenas tengo 21 años. Y ni tanto tiempo llevo jalando, apenitas seis años.
La fiesta continúo en el hotel. Había vino para tirar, pero no faltó un salvaje que metiera infiltrada una botellita de roncito ‘baratieri’. Las dos familias en matrimonio se habían repartido todas las mesas y la casada apenas invióo a un puñado de sus amistades, nosotros incluidos. Como toda boda, no falto el tío que se emboló temprano, la abuelita que todo el mundo atendía, la banda estilo Radio Pachanguera que nadie soportaba oír más, los primitos platicando de Nintendo en su propia mesa, y el pleito por el ramo de rosas al final de la fiesta.
Pero, ¡ay!, cómo es el destino. Esa noche no la olvidaré jamás. Mi novia se ganó el ramo de rosas, y en el momento de tenerlo seguro en sus manos, saltando de alegría, me volvió a ver, y… ay Dios, parece que ella realmente estaba pensando en matrimonio… ¿Ahora, cómo me salvo de ésta?