Buena Onda

Me fui de mochilero

Al día siguiente todo apuntaba a un aburrido y eterno día de espera por las fiestas de la noche, rastreamos la zona, y el objetivo era buscar cómo llegar a Poneloya esa noche

Hace como dos semanas hubo un fin de semana laaargo, riiiiico para irse al mar a pasar vacaciones a todo dar. Ni ver estudios, ni novia, ni nada, sólo pura “jodedera” en la playa, pero regularmente visitamos los mismos lugares.
Así, este año el bacanal fue distinto. En vez de irnos a San Juan del Sur, la gira fue a Poneloya, y en vez de ir en el carro de mi papá, nos fuimos en bus. En ves de irnos a la playa privada, llegamos a un hotel de Poneloya, uno que reservamos por teléfono unos días antes; y todo esto porque éste no era un viaje normal, era un viaje a lo mochilero.
La realidad de la mochila
Las razones para un viaje así son muchos. Podríamos decir que estábamos aburridos de San Juan del Sur, o que deseamos hacer turismo alternativo. La verdad de las cosas, y que quede aquí entre nos, es que la plata no nos daba, por lo que probamos la opción económica, la opción “pacuzo”.
Uno dice que eso de viajar así debe ser fácil. Ahí en Granada o Masaya hasta que aburre ver tanto chele que de esa forma anda viajando. Alistamos la mochila, ropa fresca pero elegante para las fiestas por la noche, los pocos riales y todo lo necesario pa’l bacanal, o eso creíamos.
El bus nos tocó agarrarlo en el Israel Lewites. Nos montamos en el expreso “semi-ruteado” a Poneloya. Conforme nos alejábamos de la ciudad, nos dimos cuenta de que poquito a poquito la señal de nuestros celulares iba bajando hasta morirse y dejar a los celulares como ‘nintenditos’ con función agregada de calculadora y ‘mp3 player’.
Llegando a nuestro destino, después de mil zangoloteadas, buscamos por nuestro hospedaje. El que reservó el hotel, según dice y jura, lo hizo para un hotel en Poneloya, pero después de tres horas por buscar el estero, nos dimos cuenta que el hotel estaba en el estero… pero de Las Peñitas.
En la trampa
Al final de la tarde encontramos una camioneta de acarreo que nos llevó a nuestra ‘suitel’. No era un mal lugar, para nada, las camas de resortes salidos eran cómodas, si cerrabas bien la puerta no se oía tanto a la gente de la cantina de al lado del hotel, y el baño (‘pom pom’) estaba bien ventilado para las necesidades. Ya esa misma noche nos habíamos dado cuenta de la trampa mortal en que habíamos caído: éramos cuatro citadinos completamente perdidos.
Superando el trauma de habernos embarcado, bajamos ‘la calor’ con unas cervezas al atardecer. Entre la vista del sol que caía y las caricias de los mosquitos, disfrutamos uno de los mejores atardeceres de nuestras vidas. En ese momento creí sentir vibrar mi celular en la bolsa, lo saqué, pero era sólo la costumbre. Le abrí la tapita para ver si tenía mensajes de texto, y con un último suspiro el celular se me apagó en la mano. Ése era doble clavo, porque al volver al cuarto y desempacar mi mochila me di cuenta que había dejado el cargador (apenas era miércoles de fin de semana largo). Esa noche nos pasamos la cena a punta de tortilla y latas de atún que compramos en Managua. Una fogata y una guitarra desafinada terminó de hacer memorable la noche.
Al día siguiente todo apuntaba a un aburrido y eterno día de espera por las fiestas de la noche. Rastreamos la zona, y el objetivo era buscar cómo llegar a Poneloya esa noche, so pena de tener que amanecer durmiendo en la playa para poder sobrevivir al ‘party’. El plan lo elaboramos en un ranchito al calor de una media de roncito.
Lo malo fue que ninguno comprobó que la botella no tuviera el sello roto. Tres pencazos después de haber empezado ya se nos había subido el licor. Acabamos la botella y regresamos al hospedaje a descansar un ratito nomás.
Un dolorcito de cabeza se fue viniendo al suave, como un punzón por dentro, “aaaay” un dolorcito, hasta que nos dormimos. La verdad no sé cuánto tiempo dormimos, pero al despertar teníamos sondas por todos lados, suero inyectado, un cuarto color verde limoncito con telas blancas.
Confundido llamo por alguien, y aparece una enfermera. Todavía sin comprender qué había pasado, la enfermera me revisa los ojos, el pulso, la temperatura, cambia la bolsita de suero, y me pregunta: “¿Estuvo rico el metanol?”.