Buena Onda

El desvelo profesional

El desvelo se dibuja en la cara como hermosas ojeras grises. Apenas había logrado dormir un par de horas, y la sábana ya me había dejado señas en la cara, como si fuera ‘cara cortada’

En los tiempos de la universidad, el desvelo de domingos por la noche era frecuente. No es que hubiera bacanales ese día ni nada parecido, el mismo ritmo de bacanal de miércoles a sábado me atrasaba todos los trabajos de clase, y esas noches de domingo eran las únicas en que verdaderamente nadie me sacaba y obligaba a seguirlos a discos o bares. No, las noches de domingo son para estudiar y terminar los trabajos atrasados de la semana, los que toca entregar el lunes.
El lunes en la mañana, el desvelo se dibuja en la cara como hermosas ojeras grises. Apenas había logrado dormir un par de horas, y la sábana ya me había dejado señas en la cara, como si fuera ‘cara cortada’. No era raro que en la prisa por llegar al ciber de la U me fuera sin bañar, y llegara a dejar el trabajo final de curso todavía con las chinelas Rolter.
Los desvelos de domingos por la noche se convirtieron en toda una institución en sí misma. Era el primero en ver salir el sol en la cuadra, y por supuesto, siempre tenía esa cara de desvelo acumulado que se delataba en el pelo mal peinado o la cara mal lavada de las mañanas, y por supuesto, en el hablar cansado de estudiante desvelado. Aunque el café del cafetín de la universidad era espantoso, sentía que era lo único que me mantenía con vida al terminar la noche y poder, en parte, empezar el día.
Dando el salto
Cuando salí de la universidad y conseguí mi primer pegue yo estaba súper alegre.
Había logrado saltar ese paso de tener el título y quedarme desempleado. Era un trabajo en una oficina en la que tenía que preparar informes de avances en proyectos, sumar números, hacer pequeños análisis, comparar resultados, cosas de cajón. La verdad era un pegue súper aburrido, pero al menos resolvía. Me daba por llegar tarde, retrasarme un poquito cada mañana, igual sólo eran informes, y no tenía que vérmelas con clientes.
Pero esas atrasaditas al principio del día se me acumulaban. Mentira, era que me quedaba en horas extras para terminar. A las cinco jalaba para la casa. Pero “¡ay!” cuando llegaba el final de mes. Sólo recibía un llamado de mi jefe preguntando por los informes.
- “¿Están listos los informes?” – me preguntaba mi jefe.
- Casi listos jefecito, les estoy corrigiendo la ortografía en Word ahorita.
- Ok, los espero mañana en mi escritorio – me decía mi jefecito, y me dejaba ir.
Pero era mentira, ni la mitad había terminado, y me pasaba lo mismo todos los meses. La cuestión era resolver en el momento.
Me compraba mis 16 bolsitas de café instantáneo para mantenerme despierto y la pasaba en vela toda la noche sumando numeritos y haciendo que los informes cuadraran.
De 6 a 8
Con el último suspiro de fuerza lograba terminar el trabajo, imprimirlo y dejarlo en la mesa de la secretaria de mi jefe. Salía de las oficinas, buscaba un taxi a las seis de la mañana y sólo llegaba a dormir a la casa, directo a la cama y sin quitarme la ropa del día anterior.
A las 8 am sonaba el despertador, me levantaba de la cama, me ponía los zapatos, me lavaba la cara, desayunaba una taza de café en la casa y arrancaba de vuelta pa’l trabajo. Vida para ser eterna.