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COSMÓPOLIS: La derrota premeditada

Por Moisés Elías Fuentes

 
Hacia finales de los 1920 y principios de los 1930, John Dos Passos, uno de los escritores icono de la llamada Generación perdida, escribió y publicó Manhattan Transfer y la Trilogía USA, frescos amargos, multitudinarios, ambiguos y asimétricos sobre el crecimiento del joven capitalismo estadounidense en las primeras décadas del siglo XX. En ambas obras, los dioses financieros del ambicioso Estados Unidos se abocaban, en un espectáculo grotesco y trágico, a construir las bases del triunfo monetario, sin prever que a la vez eran las bases de la derrota total. Jimmy Herf, único protagonista reconocible de Manhattan Transfer, termina en la carretera pidiendo un aventón, vencido por sus escrúpulos que lo imposibilitan moralmente para incorporarse al mundo de la especulación financiera. Los últimos personajes de la Trilogía USA son campesinos que emigran de sus tierras, arruinadas por la erosión y por la sobreproducción impuesta por las leyes de la oferta y la demanda. En ambos casos, la gente huye de un presente incierto hacia una nueva realidad, no menos incierta y angustiante. El capitalismo en las novelas de Dos Passos es un monstruo que crece hasta la desproporción y que acaba devorándose a sí mismo para sobrevivir.

Como Manhattan Transfer, Cosmópolis se ubica y desenvuelve en Nueva York, y al igual que el Jimmy Herf de la novela de Dos Passos, el Eric Packer de Cosmópolis avanza inexorablemente hacia la derrota total. Sin embargo, mientras Herf se subleva a un sistema implacable y autocaníbal, Packer le ha encontrado una teoría y una praxis al sistema, y sigue sus pautas sin miramientos, incluso contra sí mismo. En un sistema que ha aprendido a vivir del autocanibalismo, Packer ha previsto las causas y los alcances de su ineludible caída individual.

El protagonista de Cosmópolis (Biblioteca Formentor, Editorial Seix Barral, México, 2003. Traducción de Miguel Martínez-Lage) no es un héroe romántico ni un rebelde maldito, no es un ángel caído ni un resabio del decadentismo, seres que han hallado un sino de perdición y ostracismo emocional y social en abundantes novelas, debido a la condición excéntrica de su carácter. Eric Packer es un dios del capitalismo del final del siglo XX, el capitalismo del libre comercio, la informática, la supertecnología y las inversiones de alto riesgo; es céntrico y conoce y analiza el paso de los minutos, de los segundos, y los cambios que produce este paso tanto en sí mismo como en el mercado. Packer entiende que su divinidad es efímera, y está condenada a un proceso de degradación al que se entrega sin titubeos.

Maestro del retrato individual, el novelista estadounidense Don De Lillo (1936) ha trazado en Cosmópolis las últimas horas de Eric Packer, multimillonario especulador bursátil de 28 años que ha llegado a la cima tan rápido e inexplicablemente como ha de caer. La historia de la novela se ubica “en el año 2000, un día de abril”, en que diversos hechos ocurren en Nueva York –la visita del presidente, los funerales de un rapero, una marcha antiglobalización, la filmación de un desnudo colectivo-, hechos que, en su aspiración de movilidad, inmovilizan a la ciudad.

Dueño de una prosa perspicaz, dúctil y calibradamente analítica, Don De Lillo tiene un sentido único del equilibrio narrativo para sumergirse, y sumergirnos, en el mundo emocional de los personajes. Sin embargo, en Cosmópolis el autor ha dejado fuera al lector, y él mismo se ha quedado fuera, de cualquier sentimiento o respuesta emotiva de los protagonistas. Hay un sesgo, una división infranqueable entre el mundo de la novela y el yo del lector, que los recursos técnicos –el narrador omnisciente en tercera persona, los diálogos abundantes, el monólogo interior, el relato en primera persona- no hacen sino remarcar, de un modo irónico y provocativo.

La audacia de concebir una trama que responde a una sucesión de clímax y anticlímax breves y tenazmente distantes, habría orillado al aburrimiento y a la redundancia a otro escritor menos experimentado. Pero a De Lillo esta sucesión le da las bases para desarrollar una obra minimalista, que despliega un logocentrismo feroz y agresivo que recuerda que una de las contradicciones del capitalismo consiste, precisamente, en haber nacido como producto del intelectualismo renacentista y enciclopedista y, con todo, lanzarse febrilmente a sentar las columnas de su crecimiento en el azar, lo imprevisible, pero sobre todo en la presencia de un racionalismo anquilosado y estéril. El libre comercio de Cosmópolis, al pretender imponerle un valor bursátil al erotismo, la felicidad o al conocimiento, los ha limitado a tipos de consumo, lo que los ha vuelto caducos e inmediatos, con lo que, por otra parte, se ha negado a sí mismo la posibilidad de una existencia perdurable y de una evolución factible.

Cosmópolis es, de hecho, una novela altamente erotizada, pero su erotismo es excluyente y deriva monomaníacamente en actos estériles. Es más producto de la filosofía que de la espontaneidad, más consecuencia del estudio del poder que de la exploración de la sensualidad. Hay algo de Sade en las relaciones de Packer con las mujeres con quienes comparte la sexualidad –incluida su esposa-, así como algo de Helmut Newton –la búsqueda de equilibrio entre goce y subyugación que deja entrever De Lillo, remite a los desnudos fotográficos de Newton, signados por la imaginería de la coerción y del sometimiento cotidianizado y glamurizado-. En Cosmópolis el encuentro sexual subraya la desaparición del individuo, y aun en la rebeldía amorosa se adivina algo impostado, instantáneo, de puesta en escena –Packer descubre que se ha enamorado de su esposa después de que le hace el amor en las locaciones de un filme inconcluso-.

Todo debe morir para repetirse, que no renovarse, en Cosmópolis, lo que impide cualquier atisbo de utopía, de porvenir, y el futuro mismo es inalcanzable porque el precio de su realidad es la irrealización del presente, obligado a trocarse en pasado, y más que en pasado, en anacronismo. “Por eso fracasa el futuro. Siempre fracasa. Nunca podrá ser ese lugar cruelmente feliz en que aspiramos a convertirlo”, dice la teórica Vija Kinski a Packer. Y es cierto. Lo único que podemos hacer es anularnos, desperdigarnos para que otros repitan nuestros actos en una representación cada vez más miope y estática.

“La rata deviene moneda de curso legal” gritan los manifestantes globalifóbicos que Packer observa en los monitores de su limosina extralarga, e intuye la frase como algo ya conocido, algo nuevo que, de algún modo, pertenece al pasado. La vida como un dejá vu perpetuo en el que la propia muerte ha sido vislumbrada. Packer enfrenta a su ex-empleado Benno Levin, quien no ha conseguido un nuevo sitio en la cosmópolis de las altas finanzas y los sistemas informáticos, y que toma, sin entenderlo del todo, el papel de ángel exterminador, caricaturesco por lo demás, pues él mismo ha sido eliminado de antemano. Packer se despoja de todo lo que representa su poder –escoltas, mujeres, penthouse, acciones bursátiles, limosina- hasta quedar en apariencia desnudo ante Levin, pero este enemigo también era parte del poderío de Packer, es decir, el victimario es también una creación de la víctima.

Si el capitalismo de Dos Passos corría desaforado hacia la incertidumbre, el de De Lillo camina con paso seguro hacia la petrificación y la autodestrucción que le garantizan la pervivencia. De Lillo ha creado, con un prosa rasposa y despojada que no excluye la profundidad reflexiva, una brillante novela que explora, con rigor y claridad, las paradojas de un individualismo capitalista que ha creído descubrir en la autoinmolación y la repetición –el libre comercio se corroe a favor del neoimperialismo- las bases de la persistencia, en un acto baldío y necrófilo. Una novela sobre la muerte de un siglo, que prolonga su corrupción y degradación improductiva en el siguiente.


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